(a Nietzsche)
No podías dejar de quererle,
la muerte te ha dado la respuesta.
Que descanse tu pasión, y en paz tu pena.
Viviste al revés, místico joven;
los años te hurtaron
el poso que deja a los demás, el sosiego
de Dios en lo alto del Carmelo.
Tus alas, precozmente nacidas, tu inquieto
corazón de Agustín y de Juan
de Yepes, la luz y la fuente. El fuego
te devoró.
¿Quién podría embridar esa explosión
de vida irracional?
El amor requiere tiempo y esa espera
era el velo
de Dios que no aguantaste. Querer mirar
de un golpe como ángel.
Pasión amante, dolor alzado en llama,
no te conformaste con ser hombre,
con ser nube,
dorada por el sol, tan alumbrada,
anhelando poseer, fundirte ya en abrazo
dionisíaco, sin esperar la primavera.
Entonces se rompió tu entendimiento
al no querer
someterlo al ritmo del amor y de la tierra.
¡Dios, Dios, Dios!, tu médula y tú música,
tus alas, tu luz, tu viento.
¡Sin él!,
y la noria de las horas con sus dientes.
No podías no amar a quien te daba,
odiando sin poder olvidarle ni en el sueño,
ni borrar su nombre
que obstinadamente te crecía.
Tener que convivir tan cerca,
tan dentro, piel de la conciencia,
como una voz que tras la puerta
siempre amando, sintiéndole rival.
¿Quién era Dios? Dímelo, Nietzsche;
¿eras acaso tú, el hombre nuevo?
que no supiste aguantar en tanto vuelo,
queriendo arrebatar en la cumbre, la gloria
de transmutar tu misma esencia.
Polvo herido por la luz, quedaste ciego.
Nadie osa luchar contra el Amor
sin riesgo de quebrarse en lo más íntimo.
Y no podía dejar de quererle...
... solitario.
El místico roto,
el vino derramado,
el fuego introvertido.
La amaba tanto..., y llora
Dios, Amor incomprendido,
por su nube descarriada,
alma bella, apolínea
mientras habitaba en el Olimpo.