Un señor compró un coche que tenía muchos adelantos técnicos. Una voz metálica le avisaba si no tenía puesto el cinturón de seguridad, si se pasaba en la media de gasolina, etc. Un domingo por la tarde, al disponerse a volver del campo a la ciudad se le estropeó un indicador que, una vez sentado, empezó a decirle: "Lleva mal cerrada la puerta". Cerró bien la puerta y se disponía a arrancar cuando la misma voz le repitió: "Lleva mal cerrada la puerta". Se había estropeado ese indicador y ¿qué podía hacer allí en medio del campo? Aguantarse. El viaje duró tres horas, y cada quince segundos escuchaba la misma cantinela: "Lleva mal cerrada la puerta". "¡Ya lo sé!", le contestaba airado. Al llegar al destino lo primero que hizo fue avisar a su mecánico. Pensaba decirle que destruyera definitivamente el indicador, pero por fin le dijo que arreglara aquel maldito mecanismo que todavía seguía repitiendo: "Lleva mal cerrada la puerta".
Si uno tiene duda en el alma, si tiene una especie de run-run que no le deja tranquilo, lo que debe hacer es ir al sacerdote para aclarar la conciencia, porque puede ser una de estas dos cosas: que haya un pecado que no se desea reconocer, y lo que hay que hacer es extirparlo, o puede que no sea nada. Ir a la luz, a Dios, para aclarar la conciencia. Lo que no debemos es quedarnos con esa herida dentro porque si no uno se complica, sufre y hasta se le puede ocurrir que lo mejor es atrofiar la conciencia. Para aclararnos ahora un poco vamos a ver algunas cuestiones.
¿Besarse es pecado? Se entiende que es entre hombre y mujer, no casados, y no un beso en la mano como los saludos que se hacen al llegar a una representación de la Opera. Hay que decir que, en principio, el beso no es pecado. Recuerdo unas imágenes por televisión en las que el presidente de Rusia bajó de un avión y estampó en la boca del primer ministro de otro país un beso, y a nadie se le ocurrió esbozar la mínima sonrisa. Sin embargo, en esta parte del hemisferio norte, darse un beso en los labios conlleva algo distinto. Y ese algo distinto es lo que tenemos que valorar. Si a uno le afecta a la sensualidad o puede ser ocasión de que a otro le afecte, ya se da uno cuenta que, junto a lo que puede ser muestra de cariño, se mezcla una carga de egoísmo personal. Y en esa medida en que uno busca ese placer hay pecado.
¿Y bailar? Pues tampoco es pecado; porque si bailar una jota es pecado vamos apañados, igual que bailar sueltos. Otra cosa es bailar agarrados en plan tango. La misma razón que para el beso se puede decir para esto. En la medida en que a uno se le pone el cuerpo bravo o puede incitar a otro, hay que evitarlo. Para no caer en la casuística, puede servirnos como norma el tener en cuenta lo siguiente. ¿Si estuviera en la presencia de mis padres bailaría así? Te repito que, de suyo, el bailar no es algo malo, pero puede cambiar la moralidad de una situación en cuestión de segundos. Hemos de ser sinceros. ¿Por qué en la discoteca se apagan las luces y se pone una música dulce...? ¿A qué va uno allí? Y aunque uno no vaya con malicia, ¿es lugar apropiado para estar en presencia de Dios? Es importante no engañarnos.
¿Qué pasa con la minifalda? Pues que quien lleva la falda muy corta, al igual que quien lleva la ropa muy ceñida al cuerpo o que se trasparenta va vestida de mujer fatal; a lo mejor no lo es, y entonces es tonta, porque se viste de lo que no es. La cuestión es, como decíamos antes, que desde Adán y Eva las personas tenemos que cubrir el cuerpo con decoro para que los demás nos miren a la cara y vean en nosotros personas. En la medida en que uno se malviste y provoca la mirada procaz en los demás, efectivamente es mirado por los otros, pero ya no como una persona, sino como algo, como un objeto de placer. No vivir el pudor y la modestia en el vestir y en las posturas es un engaño y puede ser ocasión de pecado para los demás. Y quien escandaliza a los otros, no lo olvidemos, se carga con los pecados ajenos.
Pensamientos impuros. Podemos imaginarlos como moscardones negros y peludos que van volando y que quieren aterrizar en la cabeza. ¿Qué hacer? Pues como se hace en el tenis: agarrar la raqueta y soltar un buen golpe de bolea. El moscardón cae al suelo y si todavía se mueve, se le remata. Lo importante en los pensamientos impuros -al igual que los pensamientos contra la fe o la caridad- es rechazarlos enseguida para que no aniden en el corazón. Los pensamientos y los deseos impuros se deben evitar, y provocarlos voluntariamente o no rechazarlos si son involuntarios es pecado grave.
Hay que distinguir entre sentir y consentir. A uno se le puede ocurrir todo tipo de tonterías porque nuestra cabeza -hablando en comparación- es como un ordenador personal en el que se pueden cruzar los cables y aparecer en la pantalla imágenes que no deseamos. Lo que se ha de hacer es pensar en otra cosa y ya está. Lo mejor es tener una reacción sobrenatural, es decir, rezar algo, aunque también será bueno ponerse a leer o despistarse de otra manera. Si la imagen se repite pero no se quiere -es decir, que se procura rechazar- no hay pecado. Porque para que haya un pecado grave hace falta que concurran materia grave, plena advertencia y pleno consentimiento.
En cuestiones de pureza la materia siempre es grave -bien por sí misma, bien porque lleve directamente a la lujuria-; si la advertencia no es plena, por ejemplo, porque uno está adormilado, o si el consentimiento no es pleno, no hay pecado. Ahora bien, puede suceder que uno no corte con rapidez, que tarde en rechazarlo, o bien que se repitan las escenas en la imaginación porque se corta pero con un quiero y no quiero. Si entra la duda, convendrá aclarar la conciencia hablando en la dirección espiritual para no complicarse.
Sensaciones corporales. Como el uso de la facultad generativa fuera del orden
establecido por Dios es siempre grave, provocar voluntariamente la excitación placentera sin esa finalidad , siempre es pecado grave. La razón es que Dios ha puesto el placer venéreo para facilitar el fin del matrimonio, y aprovechar ese placer sin ese fin es un desorden intrínsecamente perverso. Sin embargo, puede ser que involuntariamente se desencadene el placer de la carne; mientras no se consiente no hay que inquietarse. Pero hay que tener en cuenta que este no quererlo ha de ser procurando evitarlo, es decir, que habrá que procurar salir de esa situación - cambiando de postura, dejando de leer, etc.-. Si puestos los medios para evitarlo, no se logra salir de ella, no hay que inquietarse, porque más que admitir la tentación, se padece.
El problema de la duda surge normalmente por no saber hasta qué punto uno ha admitido la tentación. Por eso es muy importante rechazar de plano las tentaciones, para evitar complicaciones, obsesiones y para que la tentación no tome cuerpo. Hemos de tener en cuenta, además, que cuando se encienden las pasiones -la ira o la sensualidad- es como cuando se enciende una cerilla que se tiene entre los dedos; si no se procura apagar, uno se acaba quemando. Una cerilla es fácilmente controlable, pero si se enciende la hierba y luego el bosque...¡vaya usted a apagarlo! Es decir, que las pasiones de los instintos si no se cortan de raíz, tienden a más y uno acaba haciendo lo que no deseaba en un principio.
Vistos algunos temas concretos, uno tiene que examinarse y ver si hay algo que no está claro en su alma. Lo que no debemos hacer cuando la conciencia nos recrimina algo es querer tapar, como si no hubiera pasado nada, porque sería tan absurdo como aquel que se hace una herida y la oculta con un papel, porque las heridas mal curadas se infectan, duelen y si no se terminan por curar bien acaban por arruinar a la persona. En cuestiones de pureza, si hay algo que escuece y no se desea reconocer se pierde en primer lugar la alegría, se tienen malos modales, se agria el carácter, uno se vuelve más egoísta,... No intentemos autoconvencernos pensando que no pasa nada cuando en realidad sí ha pasado, porque a Dios nadie le engaña.
"Lleva mal cerrada la puerta"... Dios nos ha puesto la conciencia para que nos avise. La tenemos precisamente para eso, para que apruebe el bien que hacemos o que repruebe las equivocaciones. La solución es reconocer con humildad que nos hemos equivocado e ir, también con humildad, a quien nos puede curar la herida.