Allí estabas tú
Jesús Martínez García - Ed. Palabra. Madrid, 1995

Adán..., ¿dónde estás?
Gen 4,9
Carlos, Manuel, Javier, Fernando...
Maite, Isabel, Carmen, Pilar, Ana...
¿dónde estás?
Índice


Aquí estoy, Señor










Libro: Allí estabas tú
Introducción
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


INTRODUCCIÓN

1. Todo será diferente


Aquella mañana era domingo. Era el primer domingo de la historia, el que iba a marcar todas las semanas posteriores.

Ha amanecido hace un rato. Como todas las mañanas de los domingos de todas las ciudades, la ciudad de Jerusalén duerme esa mañana.

No se ve a nadie circular por las calles, todo está en calma.

Parece que todos duermen, pero esa mañana todo el mundo está en pie. Hay mucha tensión contenida. Detrás de las ventanas cerradas de las casas, los corazones de la muchedumbre que abarrota Jerusalén laten con fuerza. También los fariseos están inquietos, aunque tienen guardias por toda la ciudad por si acaso.

Y es que los ojos del más de un millón de personas venidas para las fiestas están pendientes de un sepulcro, el de Jesús de Nazaret, ajusticiado el viernes pasado, porque había dicho que resucitaría al tercer día.

Nadie duerme allí, ¡como para dormirse esa noche! Todo el mundo está a la espera de las noticias. Pero nadie se mueve, como quien espera el inminente estallido del volcán cercano, o la señal para comenzar la revolución popular todo un pueblo que ha sido oprimido durante decenios.

Pero nadie hace un gesto que pueda delatarle. Todo el mundo está a la espera. Las calles siguen en calma aunque el sol ha comenzado a elevarse.

De pronto se escuchan unos pasos desacompasados que suben por una estrecha calle empedrada. Un curioso no puede aguantarse y abre unos centímetros una ventana de madera. Por la rendija entra la luz amarilla.

- Es una mujer -dice a los de dentro- que sube jadeando. Lleva el pelo suelto y parece que tiene prisa. Con una mano se agarra la falda para no tropezar.

Ella sigue subiendo y desaparece del campo de visión del curioso de la ventana, que se apresura a cerrarla. Se siguen escuchando sus pasos, cada vez más lejanos, y de nuevo el silencio.

Por fin la mujer se detiene frente a una casa. Llama a la puerta. Dentro, en penumbra, están varios hombres sentados en corro, como esperando. Al oír los golpes se sobresaltan.

- ¿Será la policía? ¿Quién será?

Uno se acerca a la puerta y con voz seca pregunta:

- ¿Quién es?

- Soy yo, María Magdalena.

Un inmenso chorro de luz entra por el hueco de la puerta abierta. A contraluz les dice:

- No está en el sepulcro.

Como si de una contraseña se tratara, Pedro y Juan salen corriendo hacia las afueras de la ciudad.

Juan llegó antes al sepulcro, pero se quedó a la puerta y no entró. Cuando Pedro hubo entrado en él, Juan miró hacia dentro. "Y vio y creyó"(Jn 20,8), dice él en su Evangelio.

¿Qué es lo que vio Juan? Vio que el sudario, una tela que se colocaba sobre la cara de los difuntos, estaba doblado aparte (señal de que no había habido ladrones, pues suelen dejar todo revuelto), y los lienzos -unas cintas grandes que envolvían una gran sábana- estaban "caídos". Juan se da cuenta de que están ¡caídos! No tirados en el suelo de cualquier manera. Están exactamente en el mismo lugar y posición en que los dejaron, pero sin cuerpo dentro.

Nadie los ha desenvuelto para sacar el bulto y volver a enrollar las cintas. No; son como un globo deshinchado. Y no hay agujeros. ¿Por dónde ha salido? ¡Se ha evaporado, se ha ido! No, no se lo han llevado... ¡Ha resucitado, según predijo!

Pedro sale despacio de dentro con cara perpleja, mira a Juan con cara seria y, a cámara lenta, a ambos les va cambiando la cara, como cuando a uno le dan la noticia de que ha aprobado todo el curso... ¡después de tanto sacrificio!; como cuando a una madre le comunican que su hijo que estaba en la guerra y no volvió en el tren con los supervivientes, le dicen que su hijo está ahí afuera...

Las caras de Pedro y de Juan se han iluminado. La sorpresa ha dado paso a la alegría; ¡Ha resucitado! ¡Jesús ha resucitado!

A partir de ahora todo será distinto. Ha comenzado la mayor revolución –de paz– que jamás ha existido: el cristianismo.






Libro: Allí estabas tú
Introducción
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


2. Sé tú el protagonista


Es absolutamente cierto que Cristo ha resucitado. Los que le vieron y hablaron con Él después de la resurrección no sólo lo propagaron con sus palabras, sino que dieron su vida por ello.

Pero si esto es verdad, la historia debería dividirse en dos: antes de Cristo y después de Él. Ya ningún hombre debería pasar por la tierra sin conocer a ese Hombre llamado Jesús y tener noticia de lo que dijo.

Bueno será conocer las cuatro biografías que nos dejaron de Él los que Le conocieron y los que oyeron hablar de Él a sus Apóstoles. Bueno será leer despacio los Evangelios para conocer su vida y sus palabras y, sobre todo, el momento, la hora, a la que apuntaba toda su existencia: su Pasión y Muerte.

La Resurrección es la prueba clave, la demostración de que Jesús decía la verdad. Pero antes del Domingo de Resurrección Jesús tenía que pasar por el Viernes Santo. Te invito, pues, en estas próximas páginas a considerar la Pasión del Señor.

Pero no seas un frío testigo de aquellos tremendos sucesos. Intenta considerarlos como lo que fueron: un drama cruel, una injusticia, si se ve desde un ángulo humano; momentos de salvación, si se ven desde el ángulo de Dios.

Porque, efectivamente, allí estabas tú; virtualmente, en tu realidad, con tus pecados. Porque esta es la realidad: en Adán pecamos todos, y nacemos en pecado. El pecado es una realidad en el mundo, en nuestra propia historia.

Allí en Jerusalén, en la Pascua del año treinta y tres después de Cristo, allí estaban Adán y todos los hijos de Adán.

Jesús murió por ti. Considera la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo como lo que fueron: los momentos más trascendentales de la historia de la Humanidad, y los más importantes de tu propia historia.

Meditar esos momentos es algo que hemos de hacer de vez en cuando.

"¡Cuánto agrada a Jesucristo nuestro recuerdo frecuente de su pasión y cuánto siente que lo echemos en olvido! Si uno hubiera padecido por su amigo injurias, golpes y cárceles, ¡qué pena le embargaría al saber que el favorecido no hace nada por recordar tales padecimientos, de los que ni siquiera quiere oír hablar!"1 .

Una vez que hubo resucitado, Jesús habló con sus discípulos. "Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les dijo: Que así estaba escrito, que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos, y que se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados"(Lc 24, 46-47).

Pido a Dios que también a nosotros nos abra la inteligencia para que entendamos nuestra presencia en la Pasión, la necesidad de pedir perdón por nuestros pecados y no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Aquél que por nosotros murió y resucitó (Cf. 2 Co 5,15).

Hablemos, pues, en primer lugar de los dos grandes protagonistas de la Pasión -Jesús y yo-, para después mirar a otros testigos de esos momentos y sacar consecuencias.

1San Alfonso Mª de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo, cap IV.






Libro: Allí estabas tú
I. Jesús
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


I. JESÚS

3. ¿Qué dice la gente?


En el Credo decimos los católicos que Jesucristo "padeció bajo el poder de Poncio Pilato". La verdad es que uno se pregunta: ¿Pero qué pinta Pilato en el Credo? Sin embargo, la respuesta es de la mayor importancia, pues estamos diciendo que Jesucristo vivió y murió en un lugar concreto y en un tiempo determinado. Precisamente en el que los romanos dominaban Palestina, bajo el mandato del gobernador Pilato, puesto por el emperador.

¿Y quién fue -quién es- Jesucristo? Importa mucho saberlo, porque, según el cristianismo, éste es el camino para ir al Cielo.

En cierta ocasión Jesús hizo una especie de encuesta entre sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías u otro de los profetas. Y El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,13-16).

Quizá Jesús se sonreiría escuchando lo que se decía de El. Si hiciera hoy la misma pregunta, ¿qué oiría? Quizá escuchara con un poco de pena las tonterías que se dicen. Sí, Señor, se dicen tantas cosas hoy de Ti. Que si eres el primer hippie, un rebelde ante las estructuras sociales, el que va a resolver el problema de la pobreza y del hambre en el mundo,...

Después de todo lo que nos explicó sobre la salvación, después de tantos siglos asistiendo al Magisterio de la Iglesia que nos dice Quién es, después de tantas locuciones a tantos santos...; todavía hay gente que no sabe que Dios ha estado entre los hombres.






Libro: Allí estabas tú
I. Jesús
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


4. ¿Quién es Jesucristo?


Todos los Viernes Santos se lee en los Oficios la Pasión según San Juan. La Pasión de un hombre con un cuerpo de más de un metro ochenta de altura, que tenía cabellos, manos, ojos; es decir, un verdadero cuerpo. Y que tenía sentimientos: era capaz de amar y de sentir pena, como atestiguan los que le conocieron. Jesús sufrió en su alma y en su cuerpo.

Sufrió el desprecio como nos sucede a nosotros cuando nos desprecian y humillan. Y sufrió en todo su cuerpo: en sus espaldas, en los pies, en la cabeza, en las manos... Tuvo dolor de cabeza, y sed, y sueño. Cuando le descolgaron de la cruz, quedó en el suelo como un saco de tierra, inerte. La cara llena de sangre reseca, los músculos de los brazos y del cuello tensos; la piel amoratada, sucia, abierta por mil rotos. La cara como la de un boxeador después de perder un combate donde el contrario se ha ensañado: hinchada, irreconocible.

Jesús, nacido en Belén y criado en Nazaret, no es una leyenda; es alguien de carne y hueso. Era -es- un hombre con su historia, sus amigos, sus recuerdos... y con enemigos que lograron el linchamiento hasta matarle.

Y ese Hombre era -es- Dios.

La Pasión del Viernes Santo la cuenta San Juan que estuvo allí viéndolo.

Pero también cuenta otras cosas.

El Evangelio de San Juan tiene una estructura distinta de la que tienen los otros tres Evangelios. No pretende narrar paso a paso la vida de Jesús. Lo que quiere explicar, continuamente, es que ese Jesús al que él conoció ¡es Dios!

Y comienza diciendo: "Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios (...). Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,1-14). Enseguida pasa a narrar varios milagros que ponen en claro Quién es: después de la multiplicación de los panes la gente le quiere hacer rey, la samaritana se da cuenta que está en presencia del Mesías, y Marta confiesa, antes de la resurrección de su hermano: "Yo sé que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Jn 11,27).

Luego cuenta la Pasión tal y como él la vio y el hecho asombroso de la Resurrección. Al final de su Evangelio dice que "Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn 20,30-31).

La Historia se divide en dos, antes y después de Cristo. Y el mundo se divide en dos, los que creen en Cristo y le siguen -los cristianos-, y los que no lo son. Los mundanos y los que han vencido al mundo. Y ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Jn 5,5). La Fe en Jesús nos lleva a la conversión, a renacer por el agua y la sangre (1 Jn 5,6): a seguir un modo nuevo de vida, a ser cristiano.






Libro: Allí estabas tú
I. Jesús
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


5. Encontrar a Cristo


¿Y tú qué dices? Para ti, ¿quién es Jesús? ¿Quién está siendo para ti hasta el día de hoy? ¿Qué deberías hacer en el futuro? Mira que es necesario, imprescindible, descubrirle, conocerle, tratarle y amarle. Mira que nos va mucho en esto: nos va la vida.

Pero conocerle de oídas no basta. Hemos oído hablar de mucha gente en los periódicos y en la televisión, pero realmente no les conocemos, porque no nos los han presentado y no les tratamos. En el fondo, como no son nuestros amigos, nos da igual qué es lo que hagan.

Algo semejante nos sucede con los personajes históricos -Velázquez, Colón, Napoleón-. Interesante, decimos, pero no influyen en nuestra vida si no es por alguna pequeña anécdota o alguna frase que anotamos. Yo vivo mi vida y aquellos personajes me caen muy lejos.

Triste cosa sería que Jesucristo nos cayera lejos, algo así como a veinte siglos de distancia. O que hayas oído hablar de Él en el colegio y en la iglesia y le conozcas de oídas. Porque Jesucristo vivió hace siglos pero sigue viviendo: "Jesucristo ayer, y hoy y siempre"(Heb 13,8). No es alguien que pasó y ha quedado en el recuerdo de los cristianos. No; ha sido la vida para mucha gente. Y por Él muchos han dado y dan su vida. Porque ser cristiano consiste precisamente en esto: en seguirle a Él.

Seguir a Cristo, este es el secreto.

Ser cristiano es tener un trato personal con Cristo para luego ir pareciéndose más y más a Él.

- Pues no Le conozco.

- ¡Búscale!

- No sé, ¿cómo?

- Vete junto al Sagrario, porque allí está, y lee el Evangelio.

Sí, lee el Evangelio, conoce su vida, y te harás preguntas. En los Evangelios descubrirás cosas sorprendentes: no sólo encontrarás que no tienen contradicciones, que hablan de una Persona amable que no rechaza a nadie, que dice la palabra más acertada que cada persona necesita según su circunstancia, que no se contradice, que sólo piensa en los demás... Es que además hace milagros que ve mucha gente y dice cosas que, o estaba loco o... es Dios. Porque dice: "Yo soy la Verdad, el Camino, la Vida, la Resurrección".

La gente que le trataba entonces en aquellas tierras del Mediterráneo, como también los que le han tratado a través de los siglos, no han podido por menos de exclamar: "Señor mío y Dios mío"(Jn 20,28).

Qué manera tan bonita de empezar tu oración.

Sí, haz oración. Aunque tú no Le veas, Él sí te ve. Aunque te parezca que no te escucha, sí te escucha. Aunque te parezca que en el sagrario no está, sí está, como también está detrás de la pared la gente que sí está y tú no ves.

Piensa cómo va tu vida, qué sentido tiene. Todos necesitamos un maestro y Él es el único Maestro -Rabí- autorizado de parte de Dios.

Pregunta, quizá, a un sacerdote, a un representante de Jesucristo para que te hable de Él. Lo que importa es que Le encuentres, para que influya en tu vida.






Libro: Allí estabas tú
II. Aquí estoy yo
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


II. AQUÍ ESTOY YO

6. Yo soy YO


- Hijo de Adán, ¿por qué te empeñas en ser Dios?

- ¿Quién? ¿Yo? Si yo no me creo eso.

- ¿Cómo que no? ¿No han salido de tu pensamiento palabras como: "Yo hago lo que me da la gana, a nadie me organiza la vida, yo pienso que, pues a mí me parece, a mí no se me hace, y mil frases de este estilo, sobre todo cuando estás enfadado?

Sí, no te extrañes; el «yo, mí, me, conmigo» te sale por todas partes, y eso no indica otra cosa que tú, para ti, eres lo más importante. Que juzgas el mundo desde tu punto de vista. Incluso te permites juzgar a los demás, y ya sabes que "el que juzga es el Señor" (1 Co 4,4).

Aunque no nos lo creamos, en el fondo de nosotros hay una oculta soberbia que nos lleva a la exaltación de nuestra libertad, de nuestro YO, por encima de todo, a decir que "Los diez Mandamientos se encierran en dos: amarás al señor tu YO con todas tus fuerzas, y no te meterás con el prójimo para que no te haga daño".

Y ante los Diez Mandamientos que puso Dios se insinúa en nuestro interior: ¿Por qué he de obedecer yo a Dios. ¿Yo? ¿Yo, que tengo mi libertad y mi punto de vista? Me parece bien que Dios dé sus Mandamientos, pero ante ellos Yo pienso, Yo hago...

El pecado, cualquier pecado consiste, en el fondo, en esto: Dios dice..., pero yo prefiero hacer otra cosa. Dios tiene sus normas y yo las mías. Yo no me meto con Dios, que Él no se meta en mi vida.

¿Y por qué tengo que obedecer a mis padres? ¿Y por qué tengo que estudiar o ir a Misa y todas esas cosas que me dicen?

Y por eso me enfado cuando me enfado. Porque, además, siempre tengo la razón.

Y por eso critico y murmuro de los demás. Porque yo soy la objetividad.

Y por eso hago lo que me da la gana. Porque yo siempre hago lo mejor.

Yo no necesito de nadie.

Yo aprendo sólo. Soy autodidacta.

¡Yo soy...YO!

... y mis circunstancias.

(... y tus defectos).

* * *

Era el león el animal más poderoso de la selva por su fuerza y su astucia. Todos le temían, y si alguno refunfuñaba, él daba un grito y todo el mundo callaba. Era el Rey de la Selva.

Un día de calor estaba echado a la sombra y vinieron a decirle, con cuidado, no fuera a molestarse, que había llegado a la selva un animal que se decía era el Rey de la Creación. Enojado, salió corriendo hacia su encuentro. Cuando le vio de lejos pensó que sería mejor ver de quién se trataba y destrozarle con astucia. Se acercó al hombre y le preguntó con voz dulce quién era. El hombre le invitó cortésmente a entrar en su casa para dialogar, a la vez que abría la puerta de una jaula. Entró el león y quedó preso para siempre. En un momento dejó de ser el rey.

Era Luzbel el más perfecto de los ángeles que Dios había creado y se lo creyó, y quiso ser como Dios, y en ese momento fue abatido hasta lo más bajo, al abismo. La soberbia le destrozó.

Eran Adán y Eva los reyes de la creación... La historia ya te la sabes. Apareció el diablo y les dijo que el día que desobedecieran a Dios serían como dioses. Desobedecieron a Dios y perdieron lo más grande que tenían: la Gracia de Dios.

En toda desobediencia a Dios hay un punto de soberbia. Y cuando el hombre es soberbio, en ese mismo instante se enjaula a sí mismo, se pierde a sí mismo, cae en la necedad. El diablo le engaña.






Libro: Allí estabas tú
II. Aquí estoy yo
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


7. Ayúdame, gracias


Para saber quiénes somos, lo mejor que podemos hacer es recordar de dónde venimos. Hace años tú eras un bebé, un niño o una niña. Observar a un bebé enseña muchas cosas: que él no se ha dado la vida a sí mismo. El cuerpo lo ha recibido de sus padres y el alma se la regalado Dios. Y es una vida muy frágil, que si no se tiene un continuo cuidado, se puede morir. Y hay que hacerle todo, no se vale por sí mismo para nada.

Pero, claro, ¿quién se acuerda de aquello si éramos muy pequeños? Sucedió hace tantísimos años... hace dieciséis o veinte, que ya nos hemos olvidado.

Este es un eterno problema de la persona humana, que tiene una capacidad rapidísima de olvidar. ¿Pero no te das cuenta de que si Dios mirara hacia otro lugar y se olvidara de ti, dejarías de existir? ¿Pero tan pronto te olvidas de lo que han hecho tus padres por ti, tantas noches, tantos días, tantos años?

Tan pagados estamos de nosotros mismos, que sólo hablamos de nuestros "derechos" y nos olvidamos de ayudar a los demás, que tantas veces nos han ayudado.

¿Alguien te preguntó al nacer si querías estar en la existencia? ¿Si querías ser persona humana o un animal de cualquiera de las otras especies, o si querías nacer en el siglo veinte o en un país desarrollado?

¿No te das cuenta que todo lo que sabes es porque otras personas te lo han enseñado y hasta el bolígrafo o el ordenador que utilizas alguien lo ha diseñado, otro fabricó el material, otro lo confeccionó, otro lo ha transportado...

Si algo es verdaderamente humano es la humildad. Y si algo produce pena es la falta de agradecimiento por los dones recibidos. Esto lo saben muy bien quienes están en las camas de los hospitales.

¿Quién soy yo? Alguien que vale muchísimo a los ojos de Dios. Pero no precisamente por lo que el soberbio se cree (que es más listo, más guapo y más alto que los demás), sino por algo que el mismo Dios nos da: la gracia divina.

Todo lo que tenemos es recibido, es don gratuito. Entonces, ¿de qué gloriarse?

Y, además, tenemos una misión que cumplir en la tierra, también puesta por Dios: vivir como hijos de Dios, cumpliendo Su voluntad. La grandeza del hombre consiste en su humildad, en procurar hacer no su voluntad -la del YO-, sino la de Dios: en obedecer a Dios.

Por eso el humilde cumple los Mandamientos.

No habla de sí mismo.

No se cree lo que hace.

No se asombra de sus errores.

Huye del peligro.

Escucha y aprende.

Ayuda a los demás y es amable (es querido).

Agradece a Dios y a los demás.

Pide ayuda.

Reza.

Sí, el humilde reza, acude a Dios, porque sabe que sin Él no sabe nada, no tiene nada, no puede nada, no es nada. Se ve a sí mismo como un niño, que todo lo necesita de su Padre Dios. Por eso existe en los libros de ascética un capítulo dedicado a la infancia espiritual.

La vida sobrenatural, la vida de la gracia es algo que sólo Dios da. Hemos de entender que la santidad es un don gratuito; que nosotros no nos hacemos santos a nosotros mismos, sino que nos hace santos Él, que es el tres veces Santo.

"Dios resiste a los soberbios, y a los humildes da su gracia" (Sant 4,6); enaltece a los humildes, a los hambrientos de santidad los colma de bienes, y a los ricos, a los llenos de sí mismos, los despide vacíos (Cf. Lc 1,52-53).

El humilde sabe que toda la eficacia sobrenatural viene de Dios, y que lo que uno debe de hacer es poner todos sus talentos y ponerse a sí mismo -su libertad- al servicio de Dios. Obedecer, ser instrumento, dejarse llevar por el Espíritu Santo, esta es la grandeza del hombre.






Libro: Allí estabas tú
II. Aquí estoy yo
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


8. Yo, pecador


Pero el pecado es una realidad en el mundo. Es un hecho que nosotros cometemos pecados. Aquí es donde entramos nosotros. Cada uno es el otro protagonista de aquellos sucesos que ocurrieron en Jerusalén hace dos mil años. Si nosotros no hubiéramos pecado, la Pasión no hubiera tenido lugar.

"Que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo..., padeció bajo el poder de Poncio Pilato", afirmamos en el Credo. Jesús vino a esta tierra a cambiar las cosas: Él, siendo Dios, se hizo hombre para que el hombre no se crea dios, y a la vez se divinice. Para esto vino, para redimirnos del pecado y darnos ejemplo de vida, para que nosotros sepamos cómo vivir: con El y como El.

"¿Qué es el hombre, Señor, para que te acuerdes de él?", dice el Salmo 9. Cada uno en particular debemos ser muy importantes para Dios. Ya deberíamos saber que nuestra grandeza -tal como Dios la valora- no consiste precisamente en la valoración que hace el propio orgullo.

Sí, la importancia nuestra consiste en que Dios nos quiere. Nos quiere a cada uno más que a todos los millones de estrellas y de pájaros y de puestas de sol. Para Dios cada uno somos muy importantes. Y por eso nos creó, y nos creó tal como somos, y nos ha dado muchos otros dones sobrenaturales, porque tenemos la capacidad de ser y de vivir como hijos suyos, aquí en la tierra y, después, eternamente en el Cielo.

Sí, tú vales más de lo que te crees.

Pero tenemos la libertad. Y la realidad es que nacemos en pecado y cometemos pecados. Son hechos de nuestra propia historia. Nuestra soberbia nos inclina a pensar que somos Dios, porque tenemos la libertad, la capacidad de autodeterminarnos. Y la tentación es fuerte: si quito a Dios de mi vista, yo soy Dios para mí.

Cuesta reconocer que yo no soy Dios. Que Otro me haya puesto unas normas -Mandamientos- para que yo actúe ordenadamente, sin amor propio.

Porque la moral, no lo olvides, no es otra cosa que el recto orden del amor.

Sí, nosotros estamos hechos para amar a Dios y a los demás, y a veces se mete el amor propio. Y, entonces hacemos lo que nos da la gana en beneficio propio, no como debemos de actuar. Y eso es el pecado.

Grandes misterios estos: el de nuestra libertad, el del pecado, el del infierno, el de la Pasión del Señor y el del dolor en el mundo. Aunque te parezca difícil de entender, el pecado que hoy se comete, estaba presente aquel primer Viernes Santo en el Gólgota.

Por eso, qué importante es contemplar la Pasión para valorar nuestros pecados y tener verdadero arrepentimiento. "Para el dolor y arrepentimiento de nuestros pecados, nos da grande motivo la Pasión del Salvador, pues es cierto que todo lo que padeció, por los pecados lo padeció (...). De manera que los pecados, así los tuyos como los míos, como los de todo el mundo, fueron los verdugos que le ataron, y le azotaron y le coronaron de espinas, y le pusieron en la Cruz. Por donde verás cuánta razón tienes aquí para sentir la grandeza y malicia de tus pecados, pues realmente ellos fueron la causa de tantos dolores"2

2Fray Luis de León, Vida de Jesucristo, 15.






Libro: Allí estabas tú
III. San Pedro
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


III. SAN PEDRO

9. Historia de un santo


¿Y quién lo iba a decir de ti, Simón, el hijo de Juan?, se pregunta la suegra de Pedro. Yo que conozco a tu madre y a toda tu familia desde toda la vida, que te veía jugar en el pueblo y que ya me preocupé yo de que te casaras con mi hija... ¿Quién te iba a decir a ti, que eras un pescador, que te iban a construir una Basílica en Roma, con una Plaza tan grande y que toda la cristiandad estaría mirando la fumata blanca cada vez que eligieran a un sucesor tuyo?

¿Quién era ese Jesús que ha armado tanto revuelo histórico; y qué era esa Buena Nueva que ha hecho cambiar de esquema al mundo? ¿Y qué tenías tú que no tuvieran los otros del pueblo para que Él se fijara en ti y te hiciera Papa?

La verdad es que mi vida, podría contar Simón, era de lo más normal: yo salía a pescar un día y otro, echaba las redes, las recogía y, luego en el puerto, las extendía para recoger los peces, y después nos íbamos a la taberna...

No sé porqué siempre se me pinta calvo y con barba. Así era yo al final de mi vida, pero cuando hablábamos con Jesús no llegábamos ninguno de los amigos a los treinta años.

Recuerdo cuando Jesús empezó a predicar como Maestro y nos dijo que Le siguiéramos.

Y Le seguimos porque había algo especial en Él. No sólo era muy amable y decía la verdad que cada uno necesitaba -¡era un gran amigo!-, sino que había en Él algo especial, no sé si me entiendes. Jesús era muy humano, pero también muy sobrenatural; infundía como un respeto sagrado. Jesús era, en este sentido, distinto a cualquier otro hombre que había conocido.

Sí, los otros y yo Le seguimos. Entonces empezó una aventura apasionante. Si quieres que te diga la verdad, con Jesús la vida era muy normal, no es que estuviera a todas horas haciendo milagros, pero a veces era desconcertante. Por dos veces sacamos miles de panecillos y de peces de una bolsa, le vimos andar sobre las aguas, y calmar tempestades. No ocurría todos los días, ya te digo, pero tampoco era infrecuente.

Estábamos asombrados. Y lo comentábamos entre nosotros. Sabíamos que con Él estábamos seguros ya fuera ante las inclemencias del tiempo como ante la borrasca de los envidiosos. Porque, asómbrate, los abogados y los sacerdotes de aquel tiempo se pusieron a la contra de Jesús. Incomprensible, porque Él no hacía mal a nadie, y decía unas cosas sobre Dios impresionantes. Por eso también nos empezaron a amenazar a nosotros.

Y Él lo que nos pedía, sobre todo a mí, era que tuviéramos fe. Que nos fiáramos de Él, y que si teníamos fe haríamos las cosas que Él hacía. Una lección que a mí me costó bastante aprender. Una vez, después de una pesca milagrosa tuve que decirle a Jesús "Apártate de mí que soy un pecador" (Lc 5,8).

Porque, a veces, a Jesús yo no le entendía, como os sucede ahora a vosotros; no comprendía que Él fuera a morir en la Cruz. ¿Morir? ¿Jesús? Imposible. ¿Y además en una cruz? "Ni se te ocurra, Señor", vine a decirle. Pero Jesús tenía otros planes.

De verdad, que a veces no le entendíamos: era sorprendente. Y nos equivocábamos, y yo tenía que pedirle perdón: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que yo te amo"(Jn 21,17), como cuando la gente se confiesa.

"¿Y aquella vez en el Tabor? ¿Te acuerdas?", podría recordar Pedro a Santiago y a Andrés. ¡Qué bien se estaba allí! Porque, la verdad, ¡qué bien se estaba con Jesús! ¡Cuántos ratos de tertulia! Jesús...; no habían conocido a nadie como Él.

Sí, pero la verdad es que ya le costó a Jesús enseñar a sus Apóstoles; enseñarles a que hicieran Su voluntad, la voluntad de Dios. Sin embargo, ellos fueron aprendiendo; y entre el amor que le tenían y el sentido sobrenatural que fueron adquiriendo, fueron capaces de decir, como San Pedro: "Daré mi vida por ti" (Jn 13,37).

Y él la dio. Murió crucificado boca abajo por Cristo en el circo de Nerón, y después su cuerpo fue enterrado a pocos metros del circo, ahí en la falda del monte Vaticano.

Él no sabía ser San Pedro, él no hubiera podido serlo, pero fiado en la palabra de Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo, que recibió el día de Pentecostés, fue lo que fue: un santo.






Libro: Allí estabas tú
III. San Pedro
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


10. Todos tenemos vocación


Hay algunas personas que se preguntan si tendrán ellas vocación, y la pregunta está mal hecha, porque todos tenemos una llamada divina.

Lo que sucede es que hay que descubrirla, y luego seguirla. Descubrir lo que Dios propone a cada uno: Dios nos da todo, se nos da Él mismo. Y pide todo, toda la vida. El mensaje que Cristo proponía a los suyos era radical, exigía una dedicación completa. Y esto en todos los estados y condiciones. No sólo a los presbíteros, sino a las amas de casa, a los estudiantes, a los senadores,...

Una nueva manera de vivir. El planteamiento que Dios hace al cristiano es grandioso: le ofrece la santidad.

Pero exige mucho. Ser cristiano supone haber hecho una opción, haber tomado una decisión en la vida de amar a Dios sobre todas las cosas y de servir a los demás.

Meter toda nuestra existencia en esas dos coordenadas. El cristiano vive cada día para amar a Dios y a los demás; todo lo demás que realiza tiene que tener esa connotación del amor y del servicio. Por eso, el final de su vida da como resultado una vida llena, repleta de amor.

La pregunta, por tanto, no es ¿tengo vocación?, sino ¿de qué?

Jesucristo vino a llamar a todos a seguirle, a la santidad, al Cielo. Sería absurdo pensar que entre los bautizados hubiera unos llamados a mayor perfección que otros. Así no pensaban los primeros cristianos. Cuando se convertían, se comprometían a dar la vida por Cristo, a ser cristianos con todas sus fuerzas, incluso estaban dispuestos al martirio. Que hubiera sacerdotes, diáconos y Obispos era otra historia, era porque se necesitaban. Pero todos eran muy importantes.

Algunos de los santos de los primeros tiempos que veneramos en los altares eran sacerdotes o Papas, pero la mayoría eran profesionales o estudiantes. Por poner un ejemplo, Santa Felicidad murió con veintidós años, estaba casada y tenía un crío de meses.

Dios llama a todos a la santidad. "Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Pastor que 'a sus ovejas las llama a cada una por su nombre' (Jn 10, 3)"3 .

Todos estamos llamados a ser santos, a no vivir una existencia meramente humana, sino divina. Y en algún momento de nuestra existencia aparece Cristo que pregunta por nosotros, diciéndonos: ven y sígueme.

Descubrir el sentido vocacional de nuestra existencia, aquello para lo que hemos nacido, es lo más importante de nuestra vida. Simón nació para ser San Pedro, Teresa de Avila para ser carmelita, ser Santa Teresa de Jesús; Ignacio del País Vasco para ser el santo Fundador de los Jesuitas; aquel chico de Barbastro llamado Josemaría Escrivá, para ser el Fundador del Opus Dei. Y todas las personas de todos los tiempos estamos llamados a lo mismo: a ser santos. No a ser fundadores o carmelitas. Pero sí a tener una vida interior no menos intensa que la de ellos.

Lo que hace falta es hacer oración, estar con Jesús, para darse cuenta. Y tener a alguien que nos oriente en esta llamada. Dios pone siempre a nuestro lado alguien que, de parte de Dios, con su palabra o su ejemplo nos llame la atención.

¿Para qué me puso Dios en la existencia? ¿Para qué estoy yo en esta vida? Para algo muy grande que Dios tiene previsto. Es muy importante descubrirlo, y seguirlo... hasta la muerte. Hasta el Cielo. Porque en el Cielo están los santos: esas personas -normales- que le fueron diciendo que sí a Dios.

No, la santidad no es para gente especial, para unos pocos; es para todos. Todos deberíamos llegar al Cielo con una nota de sobresaliente. Si sólo llevamos un aprobado será porque no habremos descubierto nuestra vocación o porque no la habremos vivido bien.

Lo normal en todos los cristianos debería ser la identificación con Cristo, la frecuencia de la Eucaristía y de la Confesión, la devoción a la Virgen, la oración, la mortificación, etc. Es decir, vivir una vida normal, como todos los mortales, pero con un estilo y unas prácticas que los paganos no viven.

Lo que sucede es que, frecuentemente, la vocación cristiana se concreta en una vocación específica; vivir en la Iglesia de un modo determinado, con unas normas y costumbres particulares (Reglas se llaman en algunos sitios). Pero que no suponen algo superior a la llamada bautismal, sino una concreción en el modo de vivirla.

Y uno tiene que ver si Dios le llama a una vocación particular. Decía el Santo Padre: "Me dirijo sobre todo a vosotros, queridísimos chicos y chicas, jóvenes y menos jóvenes, que os halláis en el momento decisivo de vuestra elección. Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de cosas verdaderamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino para la humanidad entera.

Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros: ¿Qué vas a hacer de tu vida? ¿Cuales son tus proyectos? ¿Has pensado en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?"4 .

Como a Pedro, como a los otros Apóstoles y como a todos los hombres y mujeres que a lo largo de la historia han conocido la llamada, también nosotros nos quedamos confundidos. Porque, ¿qué méritos tengo yo?, ¿por qué se ha fijado Dios en mí?

Sin embargo, más que mirarnos a nosotros mismos, a nuestras posibilidades, a si podremos o no podremos, a qué va a pasar, qué van a decir..., lo que hemos de hacer es mirar a Jesús.

Si de El ha partido la idea, será por algo. El ya nos conoce y sabe nuestras pequeñas posibilidades y nuestros defectos. Si, a pesar de todo, nos llama -y nos ha llamado por el hecho de estar bautizados-, lo que hay que hacer es fiarse de El, intentar realizar lo que El tiene previsto.

Será El quien ponga en nosotros lo que nos falte y conducirá todas las cosas para el bien de los que ama. Tú no puedes, tú no vales; pero el Señor sí puede. Puede sacar de un pescador rudo de Galilea un santo: San Pedro.

"La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía"5 .

La vida tiene otro color con Él. Si San Pedro pudiera contarnos cosas de su vida con Jesús, ¡nos contaría tantas cosas! ¡Que bien se está con Él!, podría decirnos como aquella vez en el Tabor. Y ante el asombro de los milagros obrados por Jesús: apártate de mí que soy un pecador. También puede suceder que el recorrido de nuestra vida se nos haga largo y nos sucedan cosas. Posiblemente las mismas que a Simón Pedro. A él se le hacía duro tener que ir con Jesús a la Cruz y, ante las dificultades, ante las voces agoreras del ambiente, se nos ocurra decir: Señor, ayúdanos que perecemos.

Y al comprobar nuestros errores, nuestras faltas de fidelidad, tendremos que decir, muchas veces, cuando acudamos al sacramento del perdón: Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo.

Todo esto es nuestra vida; no pensemos que la vida de los santos era un continuo milagro. Eran personas normales, como nosotros, con una vida muy parecida a la nuestra. Siempre buscando hacer la voluntad de Dios; con tribulaciones y viendo los frutos, con alegrías y con penas. Pero eso sí, siempre con una decisión del corazón radical: Señor, yo daré mi vida por ti.

Y así hasta el último momento de la vida. La muerte, entonces, no es otra cosa que el encuentro con Quien amamos ya aquí. La muerte lo que hará es hacernos santos para siempre. Porque el Cielo es la casa de los santos.

3Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici.
4Juan Pablo II, Audiencia 13-V-84.
5San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 45.






Libro: Allí estabas tú
III. San Pedro
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


11. ¿Quieres ser santo?


Si por parte de Dios no hay impedimento; es decir, que nos ha dado todos los medios –el Espíritu Santo, los Sacramentos, La Santísima Virgen, etc.-, todo depende de nosotros, de que queramos.

Ser santo no es difícil, sin embargo requiere una decisión continuada durante toda la vida, como decía Santa Teresa a sus religiosas: "Los que quieren beber de esta agua de vida y quieren caminar hasta llegar hasta la misma fuente, cómo han de comenzar, y digo que importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo"6 .

Si Cristo te preguntara si quieres ir a Cielo, contestarías sin vacilar que sí, lógicamente. Pero si te mirara fijamente y te volviera a hacer la pregunta despacio, captarías lo que ese compromiso encierra: poner los medios, todos los medios; abandonarte totalmente como San Pedro. Estar dispuesto a que el Señor te diga como a Simón: "Cuando eras joven, tú te ceñías e ibas adonde querías; cuando seas mayor extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras" (Jn 21,18), es decir, dejarse conducir por Él.

¡Ah, entonces la pregunta cambia! Y es que, a lo mejor, uno desea ganar el premio eterno, pero sin poner los medios, sin empeñar lo que cuesta, y quedarse con la sonrisa de marioneta de cartón como el joven rico.

Piénsalo.

"Me dices que sí, que quieres. -Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? -¿No? -Entonces no quieres"7 .

Si alguien desea nuestra felicidad más que nosotros mismos ese alguien es Dios. Para eso nos ha facilitado los medios necesarios pasa ir al Cielo -que ya Le costó, ¡eh!-. Todo depende de nosotros. Precisamente para eso estamos de visitantes en esta tierra.

¿Quieres ser santo? ¿De verdad?

6Santa Teresa, Camino de perfección, 35.
7San Josemaría Escrivá, Camino, 316.






Libro: Allí estabas tú
IV. Luna llena
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


IV. LUNA LLENA

12. La oración de Jesús


Jesús ha salido del Cenáculo con sus amigos más íntimos. Es de noche, y la luna llena del catorce de Nisán está en lo alto. Jesús recorre las estrechas callejuelas de Jerusalén, pasa por debajo del arco de una de las puertas de la ciudad y desciende hasta el torrente Cedrón. Al atravesar el puente, la luna reflejada en el río ha visto la cara de Jesús, cara de preocupación, de miedo.

Si la luna pudiera hablar... ¡Cuántas veces hemos mirado cara a cara a la luna llena, luna fría que no dice nada! Y es que se quedó como muda aquella noche viendo la cara del Señor.

Después de atravesar el río, Jesús sube por la vereda hacia el monte de los Olivos. ¡Tantas veces había ido allí a rezar muy de mañana, a la luz del día! Porque desde allí, al otro lado del valle, está situado, a la misma altura, el Templo, el lugar donde Dios estaba.

Pero esta noche ha ido allí a rezar porque lo necesita, como todo el que tiene alguna necesidad. Y ha ido para enseñarnos a rezar, que por eso enunciamos el quinto Misterio de Dolor como «La oración de Jesús en el huerto».

Jesús en oración habla con su Padre. "Cuando queráis rezar decid: Padre" (Lc 11,2). "Padre (...), yo sé que siempre me escuchas" (Jn 11,42), también en este momento tremendo; y en la Cruz... ¿Cuándo aprenderemos a tratar así a Dios, y no verle como a un ser lejano, como a una especie de idea o de nube de cristal fría con quien es absurdo hablar?.

Este es el gran descubrimiento. Y este es el gran escándalo para los fariseos: "Porque no sólo violaba el sábado, sino que decía que Dios era su Padre" (Jn 5,18).

Sí, "-Dios es mi Padre! -Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración"8 . Porque Él es Eterno, Todopoderoso, lo sabe todo,... y yo puedo tratarle como un hijo, porque lo soy (1 Jn 3,1).

Y la oración es eso: hablar con Él. Por eso es natural hablarle con confianza. ¿Y hablar de qué?

Jesús nos enseña en el huerto de los Olivos.

"Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (...). Por segunda vez fue a orar, diciendo: Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad" (Mt 26, 39-42).

Otras veces había hablado con su Padre de otras cosas: de su Madre, de sus amigos... Pero ahora le exponía el problema que llevaba en la cabeza y le encogía el corazón: la redención de la humanidad y lo que tendría Él que padecer.

Jesús estaba angustiado. Y su Padre, como siempre, le escuchó: le envió un ángel para confortarle. Como a nosotros; siempre que hacemos bien la oración, siempre que buscamos Su voluntad -no la nuestra- nos quedamos con paz de espíritu. Dios siempre envía un ángel que consuela a quien hace bien la oración.

La luna, contemplativa, ha visto a Jesús hacer oración.

8San Josemaría Escrivá, Forja, 2.






Libro: Allí estabas tú
IV. Luna llena
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


13. ¿Por qué tengo que hacer oración?


Precisamente fue en esos momentos, en aquel huerto donde Jesús nos dijo porqué habíamos de orar: "Velad y orad para no caer en la tentación" (Mt 26,41). Se lo decía a Pedro y a los otros. Y Pedro se lo dirá después a sus discípulos, a todos: "Estad en vela porque el diablo está como león rugiente buscando a quien devorar" (1 Pe 5,8). El diablo no para. Sabe que tiene poco tiempo (Ap 12,12) con cada alma para conseguir llevarla consigo.

Y se durmió Pedro, y por eso luego le negó. Y se durmió en la oración la gente que hacía oración y por eso luego no acertaron a evangelizar, a responder a los mundanos en sus preguntas. Y se durmió el mundo.

Sí, el mundo está dormido, atontado por mil actividades que hoy son y mañana no. Ahí están los periódicos para atestiguarlo. ¿Quién se acuerda de las noticias de la cuarta página de tal diario de un jueves de abril de 1968? Ese día eran noticia y al siguiente no. El mundo entero, y cada uno de sus habitantes, está como atontado por lo de aquí y ahora. Está como atontado por la frivolidad.

¿Que por qué tengo que hacer oración? Para conectar con lo eterno, para vivir como persona y no como si fuera un mero animal racional; para conocer y cumplir la voluntad de Dios.

Al diablo no le interesa nada que hagamos oración, porque entonces espabilamos, descubrimos sus tretas, nos arrepentimos de nuestros pecados, comprendemos a los demás, descubrimos la grandeza de la vocación a la que hemos sido llamados; conectamos con Dios.

¿Por qué tantas guerras entre países y dentro de las familias? ¿Por qué la gente va tan desquiciada? ¿Por qué no hay vocaciones? No busquemos respuestas en las estadísticas o en la psicología, busquémosla en el fondo de nosotros mismos.

La Madre Teresa de Calcuta lo explicaba en 1985 en el Congreso Eucarístico de Nairobi: "Hasta 1973 teníamos en nuestro instituto media hora mensual de adoración al Santísimo. Pero entonces, con motivo del Capítulo General, decidimos por unanimidad fijar una hora diaria de adoración. Tenemos mucho que hacer, como es bien sabido, porque nuestro hogares para enfermos, leprosos y niños abandonados están en todas partes a plena ocupación. Sin embargo, nos mantenemos fieles a nuestra hora diaria de adoración. Pues bien: desde que introdujimos este cambio de la hora diaria de adoración, nuestro amor por Jesús es más íntimo, es más comprensivo nuestro amor recíproco, reina una mayor felicidad entre nosotras, amamos más a nuestros pobres. Y, lo que es más sorprendente, se ha doblado el número de vocaciones".

No le demos vueltas; el desasosiego interior, el malestar que provocamos a nuestro alrededor, los pecados, y cosas por el estilo no tienen otra causa que ésta: tener los sentidos despiertos y el alma dormida. Los sentidos externos ocupados con las cosas de la tierra, y los sentidos internos ocupados en nuestras cosas. Y en vez de pensar en Dios y en los demás, sólo pensamos en nosotros mismos.

Ahí comienza el drama del hombre y todos sus problemas. Porque cuando se pierde el sentido sobrenatural, la vida carece de su verdadero sentido. Necesitamos urgentemente hacer oración. Necesitamos conectar con Dios para recuperar lo más valioso de nosotros mismos.

Esto es lo que diferencia esencialmente al hombre de cualquier otra criatura: es el único ser que puede hablar con Dios. ¿Y no debería de ser esto algo normal en un cristiano?

Desde hace años veo por la calle cada mañana y cada tarde a una señora joven que saca a su perrito blanco, como un gran copo de algodón. Con una fidelidad digna del mayor elogio, lo saca puntualmente: media hora por la mañana y media hora por la tarde. Detrás del perrito, atada a la cuerda, la señora se va deteniendo en cada lugar donde al perro le apetece detenerse, volviendo a andar cuando él lo desea. No puede dejar de hacerlo cada día, porque ¡es tan importante sacar al perro! Antes tenía otro, pero se murió. Luego tendrá otro...

¿Seguro que no puedes encontrar un rato al día para hablar con Dios? ¿No sacas tiempo para otras actividades que te interesan?






Libro: Allí estabas tú
IV. Luna llena
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


14. No sé hacerla


Hablar con Dios es muy fácil. No es otra cosa que estar de tertulia con Jesucristo, como hicieron los Apóstoles. Escuchar lo que Él decía y contarle lo que llevamos dentro: alegrías, penas, ilusiones, amistades, propósitos de mejora.

¿No tienes nada que contarle? ¿No tienes nada que pedir? ¿De qué hablamos con los demás? Pues con Dios lo mismo. Con confianza y con gran respeto, pues sabemos que es Dios.

Cuéntale las cosas de ayer, o los proyectos que tienes para estos días. Pero no le hables sólo de tus cosas, sino también de las suyas. De lo que te dicen a ti de parte de Dios.

¿Por qué no nos sale la oración? Porque a lo mejor no vamos -como Jesús fue al huerto-, a un lugar apartado, donde haya silencio. El silencio exterior es fundamental. Por eso en los días de retiro se puede escuchar bien a Dios.

A lo peor sucede que llevamos mucho jaleo y mucha música en la cabeza, cuando es en el silencio donde habla Dios.

Quizá porque no vamos a la iglesia o al oratorio, donde está Jesús sacramentado. Y a base de preferir otro lugar, acabemos pensando que la oración es pensar o imaginar, no un diálogo con otra persona con la que se ha quedado previamente.

Pero además la oración supone una actividad: quedar, fijar la cita, y una actividad intelectual. Para enriquecer nuestra oración es preciso trabajarla, llevar libros que nos hablen de Dios.

Pero, ojo, la oración no consiste en hablar de las cosas de Dios, sino en hablar con Él, de tú a tú: un diálogo. Por su parte, Él nos habla a través de la Sagrada Escritura, y a través de los santos. Es preciso anotar frases o propósitos, examinarse, recordar cosas que hemos visto u oído.

Si vamos a la oración a ver qué pasa, no pasará nada. Las velas del altar no se moverán, ni bajará un ángel con un dardo a inflamarnos el corazón. Y qué pena si, como los tres Apóstoles que estaban con Jesús en ese momento, nos dormimos en la oración... Luego no nos quejemos de que no entendemos al Señor, de que el ambiente está difícil, de que no podemos con la tentación... Sin oración se pierde el sentido sobrenatural.

Y una condición absolutamente necesaria: "No se haga mi voluntad, sino la tuya". ¡Cuántos van a la oración a que Dios les escuche y dirija las cosas para que se haga la voluntad de ellos: que me cure, que apruebe el examen, que me toque la lotería... Eso está bien, pero no es oración perfecta.

La verdadera oración recorre el camino inverso: Hágase tu voluntad en mí; es decir, que yo me entere de lo que Tú quieres y yo haga Tu voluntad. Como la oración de María: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38).

Sí, es bueno que le digamos a Dios nuestras necesidades, pero hemos de aprender de Jesús en el huerto a cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros.






Libro: Allí estabas tú
V. Olivos centenarios
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


V. OLIVOS CENTENARIOS

15. Agonía de Jesús en el huerto


Jesús tiene miedo y angustia (Mc 14,33). Está rodeado de olivos retorcidos, amenazantes: sombras de fantasmas. Porque aquella es la hora de las tinieblas. Son los últimos momentos de las tinieblas, ciertamente, porque en breve saldrá el Sol de Justicia, Cristo resucitado, que disipará la oscuridad.

Pero las cosas son en ese momento como son. Allí está ahora Él, tumbado boca abajo sobre una roca, roca que todavía hoy se conserva.

En septiembre se recogen las uvas y se echan en unas cubas con rendijas. La uva se pisa, se prensa, y sale a borbotones por las ranuras un río de mosto rojo. Los judíos rezaban de pie, los cristianos adoramos de rodillas. Él está postrado con la cara pegada a la piedra, aplastado por el inmenso peso de los pecados de la Humanidad entera, que presionan hasta hacer que se le salten las venas y fluya la sangre.

"Adán... ¿dónde estás" (Gen 4,9). Estás allí. "En ti pensaba en mi agonía; he derramado tales gotas de sangre por ti... ¿quieres acaso que siempre me cueste sangre de mi cuerpo y, en cambio, tú no me das lágrimas?... Si conocieses tus pecados, sentirías náuseas... A medida que los expíes, los reconocerás y escucharás: Mira los pecados que te son perdonados. Haz penitencia, pues, por tus pecados ocultos y por la malicia oculta de los que sólo tú conoces"9 .

Jesús ya no puede más. Es la agonía, ese tiempo incierto hasta la muerte en el que el hombre pierde el control de los sentidos, la cabeza parece que va a estallar. Se sabe que es un camino sin retorno. Cuesta morirse porque la muerte es arrancarse el alma del cuerpo, lo más profundo de nuestro ser.

Y es que la muerte es un castigo por el pecado. Es natural, a todos nos cuesta morir.

Pero además Jesús ha cargado con los pecados de los demás. Visto humanamente, es una injusticia que uno sea castigado por un delito que no cometió. Y Él tiene que padecer por los millones y millones de montañas de pecados de todo género de cada siglo, de cada año, de cada fin de semana...

El diablo, que ya Le había tentado en el desierto, va a tentarle otra vez (Cf. Jn 14,30). ¿Y qué tentaciones pudo presentarle a Jesús en esos momentos?

Como ha hecho suyos los pecados ajenos, ahora, en el momento de la agonía, se agolpan en su memoria todos los pecados que ha asumido como propios. El diablo mismo le puede sugerir la desesperación: "Tú no tienes perdón de Dios".

Y los sufrimientos que vas a padecer no tienen sentido. Total, si habrá millones de personas que ni se enterarán de la Redención; si habrá millones que mueran en pecado, desagradecidos... ¡qué frustración la tuya!

¿Y para qué sufrir esa Pasión que ves venir, cuando una sola gota de tu sangre puede redimir al mundo de todos los pecados? ¿Para qué la flagelación, los martillazos en la cabeza y colgar en la cruz? Poco sentido tiene, ¿no?

Jesús en su agonía ha padecido ya todas las agonías de todos los hombres para que ellos no desesperen en sus últimos momentos. Que sepan que Él se acordaba de ellos en ese instante, porque existe una misteriosa solidaridad entre los que sufren el mismo tormento.

"«Nam, et si ambulavero in medio umbrae mortis, non timebo mala» -aunque anduviere en medio de las sombras de la muerte, no tendré temor alguno. Ni mis miserias, ni las tentaciones del enemigo han de preocuparme, «quoniam tu mecum es» -porque el Señor está conmigo"10 .

9Pascal, El misterio de Jesús.
10San Josemaría Escrivá, Forja, 194.






Libro: Allí estabas tú
V. Olivos centenarios
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


16. La intensidad del set-ball


Ahí están los viejos olivos. Dicen que viven muchos años, siglos. Dicen que hoy día hay en aquel huerto olivos que son retoños nietos de aquellos que vieron a Jesús en la agonía.

Pero el tiempo pasa. Los siglos pasan y hasta los olivos centenarios desaparecen. Ellos han visto pasar generaciones, porque la vida del hombre en la tierra es mucho más fugaz de lo que él se cree. Nuestra vida dura tres segundos comparada con la vida de las estrellas y la de las galaxias. Lo que sucede es que nos parece muy larga porque la vivimos a cámara lenta.

Pasa el primer segundo, y uno ya ha cumplido los treinta años. Entonces uno vive a fondo, pero sin darse cuenta ha pasado el segundo segundo y ya tiene sesenta años. Y a los noventa ¿cuántos llegan?

El tiempo pasa inexorable. Siempre vamos de ida, nunca volvemos. Porque hasta el recordar es ir de ida. Este es el tiempo cronos que decían los griegos, el tiempo de las estaciones, de los años, de las glaciaciones.

Cada uno tiene un tiempo cronos, el tiempo que Dios le ha dado para que realice libremente aquello que Dios tiene previsto para él. Unos tienen más y otros menos.

Pero este tipo de tiempo no es el importante, o por decirlo de otra manera, lo que importa es el kairós, el momento importante, el tiempo con contenido, lo que sucede en él.

¡Qué distintas son las horas para un estudiante en el mes de octubre y en el mes de mayo! ¡Qué distinta la intensidad del primer juego en un partido de tenis que la que puede ser la última bola del partido: el set-ball! Concentración, interés, cuidado de no fallar el saque, amarrar bien... Cabeza y músculos en tensión, porque uno se juega mucho, tanto si va ganando como si va perdiendo.

Hay gente que aprende a vivir en el set-ball de su vida, cuando el tiempo cronos ya lo ha agotado. Se dan cuenta de que, entonces, hay que llenarlo de esas cosas que se cotizan en el Cielo. ¡Porque hay tantas cosas -preocupaciones, fiestas, cosas materiales- que en la otra vida carecen de interés...!

En cambio, uno se afana en hablar con Dios, en acudir a los Sacramentos, en arreglar las cosas, en desprenderse de objetos superfluos...

Sí, es el momento de hacer todo eso. Pero esa última hora no es distinta cronológicamente que las de hacía dos años. ¿Por qué, entonces, no poner interés, contenidos de vida eterna cada día?

Uno tiene su vida en sus manos y hace con ella lo que le da la gana. Es verdad que quien peca y se olvida de Dios hace lo que le da la gana. Pero también lo hace el sabio, el que ha ido a Misa también los días que no estaba obligado a ir, el que se preocupó de los demás, el que se confesaba con frecuencia y huía del pecado,...

Quizá sea bueno pensar ahora, en la mitad de nuestro primer segundo de vida, qué estamos haciendo con nuestro tiempo cronos. Si nuestra vida vale según los criterios de Dios o no. Echar una mirada a los libros sapienciales de la sagrada Escritura -el libro de la Sabiduría, el Eclesiástico, el Eclesiastés,...- nos darán mucha luz para aprender a vivir en sabiduría y no como los necios.

Sí, échales una ojeada porque dicen muchas cosas. Vale la pena aprender a vivir -y vivir- ahora como desearíamos al final haber vivido: llenándonos los bolsillos de esas cosas eternas.

¡Ahora!, el instante presente es el momento en que nos podemos hacer santos, porque es el instante en el que el tiempo cronos coincide con la eternidad.

Ahora es el momento de vivir como Dios quiere -quizá de rectificar-. Ya lo decía San Pablo: "Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios, porque dice: «En el tiempo propicio te escuché y en el día de la salvación te ayudé». Éste es el tiempo propicio, éste es el día de la salvación" (2 Co 6,1-2).






Libro: Allí estabas tú
V. Olivos centenarios
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


17. Morir una vez


Aunque sea algo insólito para la gente joven, aunque parezca mentira, en la tierra estamos de paso, y un día nos marcharemos. Dentro de doscientos años -que está ahí al lado- la tierra estará poblada por otros inquilinos.

Si no fuera un hecho incontrastable, nos costaría aceptar ese hecho. Y es que el género humano no iba a gustar el amargo trago de la muerte. Pero el pecado original cambió las cosas. La muerte es una penitencia por el pecado original, y por eso todos morimos, porque nacemos con esa marca.

Si se piensa en ella, sobrecoge. Si no sobrecoge es porque no se considera lo que es: el arrancarse el alma. Muchos no quieren pensar en ella, viven de espaldas a las realidades eternas, para vivir a su manera y no pensar, para no tener que cambiar de vida.

Pero ahí está la realidad. Ahí no cabe ser listo, avispado, tener influencias... A todos, un día, nos meterán bajo una losa fría donde ponga: «Aquí yace...».

Y aquellos ojos que veían el prodigio de la luz y los colores, estarán secos.

Y esos oídos que escuchaban la maravilla de la música, rotos.

Y aquel cuerpo ágil, que se movía con gracia, rígido.

Saltan inmediatamente las conclusiones:

Estar preparados, vivir con la mirada puesta en la eternidad: "Es tan sutil el diafragma que nos separa de la otra vida, que vale la pena estar siempre preparados para emprender ese viaje con alegría"11 .

Las decisiones que tenemos que tomar hoy no dejarlas para mañana. Ninguno tenemos asegurados los próximos cinco minutos. Así no mañanearemos con Dios. Hay gente que siempre aguarda un mañana para cambiar de vida, un mañana que nunca amanece, nunca es el día propicio para tomar decisiones que comprometen la vida.

Y colocar cada cosa en su lugar.

El día en que nacimos nos subimos en esta movediza plataforma del tiempo. Nuestra vida, en cierto sentido, es sagrada. Por eso son momentos sagrados, que nos hablan de Dios, el primer segundo de nuestra vida y el último, en el que nos bajaremos del tiempo.

"Nuestra vida entera ha de ser el sacrificio ofrecido a Dios en unión con el de Nuestro Señor en la santa Misa. El momento cumbre de la Santa Misa es aquél en el que el sacerdote dice: Hoc est Corpus meum. Y el momento cumbre de nuestro sacrificio es el de la muerte, cuando también tengamos que decir: Hoc est corpus meum. «Este es mi cuerpo, Señor, el cuerpo que me diste y que ahora me quitas»"12 .

Vale la pena que vivamos siempre con esta actitud de ofrenda a Dios Padre, como Cristo en la Cruz, y podamos entregar el cuerpo y el espíritu como hizo Él, diciendo: Consummatum est, cumplí en mi vida todo lo que tenía que hacer.

11San Josemaría Escrivá, Ficha escrita el 22-V-1975, citado por Mons. A. del Portillo en Una vida para Dios.
12R.A. Knox, Ejercicios para seglares.






Libro: Allí estabas tú
VI. Judas
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


VI. JUDAS

18. Una vida inútil


Ahora es de noche. Ya era de noche cuando Judas salió del cenáculo. Y dentro de él todo era oscuridad. Pero años atrás las cosas no habían sido así.

Hablemos con él.

- Judas, si quisieras, podrías recordar aquel día caluroso, lleno de luz, uno de esos días de verano. Tú estabas sentado sobre una piedra y Jesús se acercó. Tuviste que ponerte la mano como una visera para proteger tus ojos del sol. Y pudiste ver a Jesús, con quien ya habías hablado otras veces. Detrás estaban Pedro y los otros. Y ahora te llamaba a ti. En su boca una sonrisa, en sus ojos un fuego más fuerte todavía que el sol que tenía detrás de sí.

Y tú te llenaste de alegría, de ilusión, porque tú -el único de tu pueblo- eras uno de los afortunados para acompañarle en esa gran aventura de la salvación.

Pero todo fue cambiando. Lentamente.

Había cosas que no entendías y no fuiste a decírselas a Jesús. También Pedro y Juan y los otros no entendían y preguntaban. Pero tú te lo guardabas. No acababas de ser sincero con El, aunque suponías que El acabaría por saberlo. También los otros metían la pata, y Jesús les corregía y enseñaba a ser cristianos, pero tú no has querido aclararte porque no estás dispuesto a cambiar. Prefieres tu amor propio antes que el programa de las bienaventuranzas que Jesús ofrece. No estás dispuesto a ser manso, ni a llorar, ni a ser pobre..., porque cuesta.

Sabías a lo que te comprometías el día que el Señor te llamó. Sabías que dejar todo era la condición para ser alegre y eficaz. Todo era todo el dinero, todas tus ilusiones, todos tus caprichos y toda tu inteligencia. Sí, porque lo que más te cuesta es ceder tu modo de ver las cosas.






Libro: Allí estabas tú
VI. Judas
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


19. Síntomas de la tibieza


- Judas, te has vuelto tibio.

- ¿Tibio yo?

- Sí, te voy a explicar qué es la tibieza y por qué sigues malhumoradamente a Jesús y te fastidia tener que vivir como un Apóstol.

La pereza es un pecado capital; no, no me refiero al mero dejar las cosas para después. La pereza o acedia es una especie de tristeza, precisamente la tristeza sobre el bien divino del hombre. Te da tristeza el hecho de que Dios te haya elevado a algo grande. Es la tristitia saeculi, aquella tristeza del mundo de la cual dice San Pablo que "lleva a la muerte" (2 Co 7,10).

Por eso Le tienes aversión constante y huyes de la luz de Dios, porque te ha elevado a un modo de ser superior, divino, y esto implica vivir de una determinada manera, menos cómoda con tus caprichos. Preferirías que Dios te hubiera dejado en paz, que no te hubiera llamado a ser santo.

Judas, estás renunciando tristemente, egoístamente, a tu vocación cristiana. Prefieres no ser santo, porque "nobleza obliga" a vivir como hijo de Dios13 .

Sí, has caído en la tibieza. Porque no haces oración, y cuando la haces no piensas más que en ti y en tus cosas, no en Él y en sus cosas. Y has empezado a frecuentar ambientes que no te favorecen, y lo sabes. ¿Qué hacías de noche en aquel ambiente donde sabías que se ofendía a Jesús? Seguro que te han prometido la felicidad en la tierra si te apartas de El, si cometes un pecado.

- Yo no quiero cometer un pecado mortal. Yo voy a procurar apartarme de El, pero sin llegar a eso.

- No, no; si no quieres ir al infierno. Pero también sabes que para ir al Cielo es preciso vivir como hijo de Dios.

- Mira, lo que voy a hacer es entregarle, porque ya he dicho que lo iba a hacer, y si no quedo mal; pero luego me voy a mi casa como si nada, como si no le hubiera conocido nunca...

- Sí, con un beso, guardando las apariencias, y por la espalda clavando el cuchillo. ¿Pero no te das cuenta a dónde puede llevar la doble vida? Claro, ya lo dijo Jesús, "El que no está conmigo, está contra mí" (Mt 12,30). No se puede estar a dos aguas. O sí o no. O frío o caliente. Pero tibio ¡no!

* * *

"Aún estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los doce, y con él una gran turba, armada de espadas y garrotes, enviada por los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que iba a entregarles les dio una señal (...). Al instante, acercándose a Jesús, dijo: Salve, Rabbí. Y le besó. Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué has venido?" (Mt 26,47-50).

Judas se ha quedado boquiabierto. Esas palabras le han desconcertado. ¡Amigo! ¡Es a uno de los pocos a quien Jesús llama amigo en los Evangelios! Jesús le quería mucho y confiaba en él: era el administrador del grupo, y entre los judíos ese encargo... Para Jesús, Judas era muy importante, le amó y le seguía amando, su llamada seguía en pie.

¿A qué has venido? ¿A qué viniste a la existencia sino para ser San Judas Iscariote y evangelizar el país que se te encargara? ¿A qué viniste a la Iglesia cuando te llamó por primera vez? A darte del todo. Jesús te prometió el Cielo, la felicidad si tú... creías en El como Señor y Dios tuyo y le amabas por encima de todo.

"Efectivamente, ésta es la vocación: una propuesta, una invitación; más aún, un afán de llevar al Salvador al mundo de hoy que tanta necesidad tiene de El. Una negativa significaría no sólo rechazar la palabra del Señor, sino también abandonar a muchos hermanos nuestros en el error, en el sin sentido o en la frustración de sus aspiraciones más secretas y más nobles, a las que no saben y no pueden dar respuesta por sí solos¨14.

¿Para qué está el hombre en la tierra sino para amar y servir a Dios y a todos los hombres? ¿No estamos hechos para amar? ¿Qué sentido tiene estar en el mundo amándose a sí mismo sin Dios?

Amigo..., amigo... Nos lo dice Dios. Dios que nos ha creado, que nos ha amado primero y nos llenó de dones. Y algunos no quieren su amistad, la amistad de Dios, por... unas malditas treinta monedas. Por el apego a su propio juicio, a su opinión, a un trozo de tierra, a un amor humano...; por su ansia equivocado de libertad. De pensar que los mandatos de Dios coartan su libertad.

¡Mi libertad!, podría decir Judas. ¿Libertad? ¿Tu? Tú, que te dejas comprar por treinta mil pesetas? No, Judas, la libertad es algo mucho más grande; es un don de Dios, precisamente para amar y ser fieles a Dios.

* * *

Se habían llevado a Jesús atado, los demás habían salido corriendo. Y allí estaba él, Judas, sólo en ese huerto de muerte dándose cuenta de que había traicionado lo más valioso de su vida, su sentido. Había jugado cartas muy fuertes pero no preveía el desenlace. ¡Van a matar a Jesús, y lo había hecho él! Y eso sí que era un pecado mortal. ¿Adónde ha llegado Judas? A lo más bajo.

Judas lo tenía muy difícil porque, precisamente había traicionado a Quien le podía salvar. ¿Cómo ir a Jesús si había sido él el culpable? No sabía, sin embargo, que era muy fácil obtener el perdón. El problema es que se estaba obcecando. Bastaba que hubiera dicho: "Jesús, perdóname" para que hubiera sido perdonado.

Pero eso tiene la falta de humildad, que no se es capaz de pedir perdón. Todo tiene arreglo en esta vida. Pero esto tiene la dinámica del mal: la falta de sinceridad, de humildad, va borrando el propio camino de la humildad, de la salvación.

Judas se encuentra sin Jesús, sin Dios. Por no querer vivir como hijo de Dios, se imagina solo. Es muy peligroso seguirle el juego al diablo...

De Judas nunca más se supo. Su vida fue una vida estéril, sin fruto, que no ha servido para nada, ¡cuando estaba destinado a ser santo!

Lamentable biografía. Al menos que sirva de experiencia ajena para que los tibios espabilen y reaccionen.

Y que te ayude a ti a ser sabio y tu vida no tenga otro recuerdo que la inutilidad.

13Cfr. J. Pieper, Sobre la esperanza.
14Juan Pablo II, Audiencia 17-XII-1981.






Libro: Allí estabas tú
VI. Judas
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


20. Compromiso cristiano


Era a la caída de la tarde, de una tarde de agosto, junto a un río, cuando un joven leyó por primera vez el primer párrafo de un libro de espiritualidad llamado Camino: "Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón"15 . Era todo un programa de vida, y su vida empezó a cambiar.

La juventud es la época de entusiasmarse con ideales altos, con empresas ambiciosas, arriesgadas; tiempo de hacer algo por la Humanidad, por los necesitados. Es el tiempo del amor.

Y uno se apunta, se enrola en la aventura, aunque tenga riesgo -y por eso mismo- para conseguir un trofeo, la cumbre de una montaña o sacar un periódico adelante. Quien no vive la vida así a los veinte años no sabe ser joven, tiene artrosis en el alma y arrugas en el corazón.

Pero en todas esas empresas se sabe, más o menos conscientemente, que una vez logrado el objetivo, o que pasados los años, uno tendrá que dejar ese empeño. Así es la vida.

Cuando Cristo salió al encuentro del mundo y les proponía alistarse en su empresa sobrenatural, la gente entendía que se trataba de algo muy exigente, que cogía todos los afanes y toda la vida. Por eso ser cristiano -cuando a uno se lo explican bien- tiene un atractivo especial para la gente joven.

Jesucristo es quien más ofrece -la felicidad propia y la de los demás- y quien más pide. La aventura de ser cristiano es la más apasionante que pueda haber: conocer a Dios a fondo, conocerse uno a sí mismo sin falseamientos y ayudar a la Humanidad entera a resolver los problemas. Y todo ello basado en la Ley del amor. ¿Qué más quiere uno? ¿Qué más le puede pedir uno a la vida, con lo corta y problemática que es?

Cuando se bautizaban, los primeros cristianos ya sabían a qué venían, y que iban a chocar con los paganos. Posiblemente nosotros hayamos sido bautizados cuando éramos pequeños, pero al llegar a la juventud uno tiene que plantearse porqué está en la Iglesia, porqué quiere vivir todo el compromiso cristiano, la radicalidad del amor a Dios y a los demás.

No te extrañes que un día te preguntes por qué vas a Misa, o por qué el dolor en el mundo, o por qué existen los sacerdotes y la gente entregada a Dios, o por qué la radicalidad en vivir la honradez, o tantas otras cosas.

Dios quiere que nos hagamos preguntas, permite que tengamos dudas, que veamos buenos o malos ejemplos e, incluso, tengamos tentaciones o enfermedades. La solución no consiste en actuar como Judas que, ante la dificultad y las preguntas que se hacía, prefirió seguir su comodidad y acabó criticando la doctrina del Señor.

No, la solución no es ésa. La solución está en consultar a un sacerdote, en intentar resolver las cuestiones en presencia de Dios para acertar sobre la verdad de nuestra vida: saber para qué hemos nacido.

Es natural que, ante las exigencias de Cristo en las bienaventuranzas, uno se plantee seriamente si Le sigue o no. A medias, ya hemos visto, no se puede estar.

Te animo a que conozcas a fondo el mensaje cristiano. Esto es fundamental, porque si uno sólo se queda en aspectos externos, de lo que hace tal o cual persona, o no sabe lo que son los Sacramentos, la Gracia, y todo lo demás, claro está que no atrae mucho, y otras religiones ofrecen más.

Entérate bien, pon de tu parte lo que haga falta para enterarte, y busca conocer a Jesucristo, que es el Modelo y la Vida de cada cristiano. Verás que la tarea de la vida interior y del apostolado es una aventura que colma las más íntimas aspiraciones.

Y te comprometerás.

La vida vivida así no es una vida inútil, sino todo lo contrario: será algo que ha merecido la pena. Basta leer la vida de cualquier santo.

Eres joven, tienes tu vida en tus manos.

En el fondo de tu ser hay un deseo de hacer algo grande, de emplear tu vida en algo que merezca la pena.

Con los años, serás el tipo de mujer, de hombre, que quieras ser.

Depende de lo que decidas y hagas ahora.

15San Josemaría Escrivá, Camino, 1.






Libro: Allí estabas tú
VII. Los fariseos
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


VII. LOS FARISEOS

21. Jesús da la cara


Jesús se ha quedado solo. Todos se han marchado. Se ha demostrado que muchos Le habían seguido por motivos humanos, porque encandilaba con sus palabras, porque solucionaba problemas, porque parecía que les libraría del yugo político.

Otros sí tenían unos motivos sobrenaturales, se fiaban de Él, pero ya se vio que hasta cierto punto.

Pedro, que había prometido dar su vida por la de Jesús, sacó una espada, una pistola, y quería arreglarlo a tiros. Pero Jesús cortó de raíz la violencia. Y mira a Pedro lanzándole la misma pregunta que a Judas: "¿A qué has venido?, ¿por qué me has seguido?; mi Reino no es de este mundo".

Era el colmo, ¡dejarse prender! Y todos huyeron. Hay que estar loco para dejarse pillar.

El Señor quiere que nos planteemos el motivo por el que Le seguimos. ¿Por qué soy cristiano? ¿Porque el ambiente entre los cristianos es bonito, porque somos muchos, porque ser católico está bien visto...?

Cuando todo iba bien, la gente Le seguía, todos se colocaban cerca suyo para salir en la foto, en los cuadros de Caravaggio, de Tiziano, de Rafael... Ahora, en el momento malo, en la hora de la persecución, se demuestra quién ha entendido el cristianismo.

"Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y calumnien por mi nombre..." (Cf. Mt 5,11).

Y San Pedro: "Que ninguno padezca por homicida o por ladrón, o por malhechor o por entrometido; mas si por cristiano padece, no se avergüence, antes glorifique a Dios en este nombre" (1 Pe 4,15-16). ¿Hasta qué punto estás dispuesto tú a dar la cara por Cristo? ¿Hasta el martirio? Porque "la caridad, según las exigencias del radicalismo evangélico, puede llevar al creyente al testimonio supremo del martirio"16.

Y pasan ante nuestra memoria los cientos de cristianos y cristianas crucificados, embadurnados de pegamento y encendidos, alumbrando las calles de Roma por donde paseaba de noche Nerón.

Y pasan por nuestro recuerdo los millares de martirizados en Uganda, en China, en los campos de concentración...

Al estallar la Guerra Civil española en 1936, había en la Diócesis de Barbastro ciento cuarenta sacerdotes. Los comunistas y anarquistas les buscaban, hasta con perros de caza que olfateaban el rastro, para darles muerte, sólo por el hecho de ser sacerdotes.

Consiguieron matar a ciento catorce sacerdotes, así como al Obispo -después de torturarle-, a cinco seminaristas, cincuenta y un misioneros del Corazón de María, nueve padres Escolapios y dieciocho monjes benedictinos.

El capellán de la ermita de Torreciudad era entonces Don José Muzás. Decían de él que era un sacerdote extraordinariamente piadoso y bueno. Desde pequeño tuvo la ilusión humana y la vocación divina de ser sacerdote. Era la alegría de su casa, la ilusión de su madre.

Mosen Muzás se escondió en los montes cercanos a Torreciudad. Pasaron los días y para poder sobrevivir, el día 20 de agosto se acercó al pueblo cercano de Graus. Cuando llegaba por el camino, los milicianos le dieron el alto y le pidieron el salvoconducto.

El sacó un crucifijo que llevaba en el pecho y dijo:

- Este es mi salvoconducto para ir al cielo.

Lo llevaron a la cárcel del pueblo y al día siguiente por la noche lo fusilaron en el cementerio17 .

A los cristianos se nos llama "los fieles" precisamente por eso, por nuestra fidelidad a Cristo, a su doctrina. Somos fieles a nuestra palabra dada.

"Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios"18 .

Jesús, después de haber invitado a sus discípulos a que Le siguieran, les puso a prueba su fidelidad. Cuando prometió la institución de la Eucaristía muchos Le abandonaron, porque les parecían duras aquellas palabras. "¿También vosotros queréis marcharos?", le dijo. Y no Le dejaron, porque sólo Jesús tiene palabras de vida eterna.

En el Huerto de los Olivos se ha vuelto a poner a prueba su fe y su amor, a ver si son capaces de dar la vida por el amigo. Y Le han dejado.

Los alguaciles llevaron a Jesús delante del Sumo Sacerdote, y éste, a su vez, Le puso entre la espada y la pared: "¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios vivo?"

Hubiera sido muy fácil, muy fácil haberse hecho el loco, decir que había sido una manera de hablar... Jesús hubiera salvado su vida. ¡Pero es que Jesús era –es– el Hijo de Dios!

No tenía miedo a la verdad aunque le acarreara la muerte.

Para que comprobaran que estaba en su sano juicio y que sabía lo que estaba diciendo, añadió: "Veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo" (Mt 26,64)

La cara de Caifás, y la de los otros, palideció. Ellos sabían qué les decía, pues eso estaba profetizado por el profeta Daniel. Pero ellos no querían un Mesías así, querían otro, un libertador político.

Fue un momento de tensión. De pronto, la cara de Caifás enrojeció con el reflejo del infierno e hizo un gesto teatral para romper el encanto que habían dejado las palabras de Jesús en el ambiente: se rasgó las vestiduras.

Entonces, uno, un cualquiera, se acercó a Jesús y le dio una bofetada.

Fue el detonante de la Pasión.

Hasta ese momento nadie ha puesto las manos sobre el Señor, nadie se ha atrevido.

Acaban de golpearle y el Sumo Sacerdote no ha dicho nada, ni Jesús le ha lanzado un rayo que le destroce.

A partir de este momento, todo el que lo desee Le puede golpear. ¡Le he pegado y no me ha pasado nada! Lo que siempre dice el pecador...

Golpear, ser cruel, hasta matar, es una manera de acallar la propia conciencia, de demostrarse uno a sí mismo que tiene razón, de que puede a la verdad, porque la verdad no se revuelve contra él...

... de momento.

16Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, n.89.
17Santos Lalueza, Martirio de la Iglesia de Barbastro.
18Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, n. 93.






Libro: Allí estabas tú
VII. Los fariseos
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


22. ¿Eres un hipócrita?


El hipócrita era en el teatro griego el actor que, con una máscara y la indumentaria apropiada, representaba un papel. Aparentaba ser un personaje que no era en la realidad.

La soberbia alucina y hace que la imaginación haga vivir en la irrealidad, en la locura de imaginarnos estar representando en esta vida un papel que realmente no somos. La humildad, en cambio, lleva a estar en la verdad, a reconocer Quien es Dios, quiénes son los demás y quién soy yo.

Ya Jesucristo habló muchas veces del peligro de la hipocresía, de la enfermedad que padecían muchos de los fariseos. Ellos hacían cosas externas buenas, aparecían como honrados y celosos de Dios, mientras que su corazón estaba lejos de Dios, estaba centrado en ellos mismos.

A la vez, la hipocresía es una de las cosas que más molesta a la gente joven. Molesta encontrarse con alguien que aparenta ser amigo y luego va hablando mal de nosotros, o nos deja tirados cuando le necesitamos en el momento difícil, como hicieron los fariseos con Judas cuando fue a pedirles ayuda. Le dijeron: "Allá tú" (Mt 27,4), y no se preocuparon de su problema.

Junto a esto, rechazamos la hipocresía en nosotros mismos. Nos molesta ser hipócritas con Dios o con los demás.

Uno sabe que es hipócrita con los demás cuando su trato es superficial, no de verdadera amistad; cuando va con sus amigos por el bien que le reportan, pero no está dispuesto a hacer ningún sacrificio por ellos.

Tendríamos que preguntarnos el motivo de nuestra amistad y hasta dónde somos capaces de dar a los demás lo que necesitan.

También tendríamos que preguntarnos si no somos algo hipócritas para con Dios. Si no hacemos algunas cosas "para tenerle contento", para estar en regla, y no buscamos de verdad su amistad y hacer Su voluntad. Porque, incluso, podríamos inventarnos un cristianismo a nuestra medida, a la medida de nuestra comodidad, un cristianismo que no nos costara vivir.

Dios nos ha hablado y desea que realicemos su voluntad para vivir como cristianos. ¿Te cuesta alguna vez ser cristiano? ¿Te cuesta ir a Misa, vivir la caridad, la pobreza, la pureza, la obediencia...?

No se trata de intranquilizarnos innecesariamente, pero tampoco se trata de que no nos cuesten algunos aspectos de la vida cristiana sencillamente porque no los vivamos.






Libro: Allí estabas tú
VII. Los fariseos
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


23. Respetos humanos


Un punto concreto que denota la falta de decisión para hacer lo que Dios quiere son los respetos humanos.

Volvamos al Evangelio. Los fariseos habían creado una opinión pública en contra de Jesús. Y los que ayer aclamaban a Jesús cuando entraba triunfal en Jerusalén, eran los mismos que piden hoy su cabeza. El ambiente se había enrarecido. Lo que ayer se veía como un bien, defenderlo hoy suponía aparecer como poco moderno, que diríamos hoy.

También hoy, desde ciertos sectores de la opinión pública y ciertas personas concretas presionan el ambiente para que los cristianos que quieran vivir conforme a su fe lo hagan, en todo caso, en privado; que no hagan apostolado, que no defiendan en público sus creencias porque, se dice, son chocantes y crean la polémica.

Y esto puede retraer al cristiano para vivir conforme a la Fe, es decir, vivir en la hipocresía.

El caso lo relata la misma Tatiana Góricheva, a quien le sucedió. Ella es una mujer rusa educada en el más puro ateísmo. Narra cómo encontró a Dios y lo que le costó mantenerse en la Fe ante la persecución que se desató en Rusia contra ella y otros universitarios por haberse hecho cristianos.

Después de diversos avatares pasó el telón de acero. Estando en Suiza, un día se apuntó en una excursión que había organizado la parroquia de un pueblo. Al frente de la expedición iba un hombre joven muy vinculado a la parroquia.

«En el curso de las dos jornadas que viajamos en el autobús, habló de todo lo imaginable: de aviones y de fútbol, de las elecciones y de la comida. Reía mucho y se esforzaba por alegrar a todos. Algo parecido a nuestros animadores de masas.

Más tarde, ya de regreso, le pregunté:

- ¿Por qué no ha hablado usted ni una sola vez de Dios?

Y él me respondió:

- Porque si empiezo a hablar de Dios, pierdo a mi gente y me quedo solo.

- Pero la soledad no es nunca un pecado.

Al decirle esto pensaba que no era verdad que fuese a quedarse solo. ¡Cómo me habían escuchado a mí los campesinos!, cuando les hablaba de nuestra Iglesia, de la Iglesia en general. Y cómo me habían rogado que les hablase más y más»19 .

Sabemos cómo está el ambiente, y nos vamos conociendo; sabemos que dentro de nosotros están latentes los virus de todas las enfermedades -de todos los vicios-, y si se ponen las circunstancias propicias, uno acaba acomodándose a lo que "el mundo" dice, siendo cómplice de sus desórdenes.

Algunas veces tendremos que hacernos violencia, saber decir que no al ambiente. Ser fuertes para hacer lo que sabemos que debemos hacer, aunque para eso hayamos de dar la cara.

Un cristiano tiene muchas veces que hacer apostolado; es decir, tiene que explicar a los demás por qué hace el bien y no hace el mal, y, además, habla a los demás de Dios.

Los respetos humanos son la vergüenza que el diablo nos pone para no hacer lo que debemos o hacer, lo que no debemos, por miedo a lo que van a pensar o van a decir los demás de nosotros.

Sentir esa vergüenza no es malo, sí lo es consentirla y no hacer lo que se debe.

Jesús dio la cara, y los Apóstoles también, una vez que recibieron el Espíritu Santo. A partir de ese momento no tenían miedo a nada ni a nadie. Quedaron fatal delante de los enemigos de Cristo, pero ellos sabían lo que hacían y no podían no hablar de lo que habían visto y ellos practicaban.

"Es que nos van a matar...".

Bueno, ¿y qué? Los Apóstoles fueron mártires, y ahora son santos.

19T. Góricheva, Hablar de Dios resulta peligroso.






Libro: Allí estabas tú
VIII. Poncio Pilato
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


VIII. PONCIO PILATO

24. Radiografía de un pecado


Los fariseos se han presentado delante de Pilato acusando a Jesús, que se dice Rey y Mesías. Pero él no ha encontrado delito en ese hombre. En ese momento Pilato debía haber soltado a Jesús, pero se puso a dialogar con la tentación.

Los judíos comienzan a presionar gritando. Entonces Pilato busca un subterfugio: lo envía a Herodes. Pero tampoco Herodes dice que sea culpable, y acaba por concluir: "Nada ha hecho digno de muerte. Le corregiré y le soltaré" (Lc 23,15-16).

Porque uno sabe que Dios le está viendo, que en todo pecado mortal lo que uno se juega es la vida de Cristo en nosotros.

Pilato, presionado por el ambiente, empieza a ceder, a dejarse llevar por la corriente y a distanciarse de Jesús.

Intenta una nueva salida: congraciarse con el pueblo concediendo la amnistía a un delincuente.

Es su segundo error: poner en el mismo plano a Jesús y a un criminal. También nosotros llevamos dentro un criminal, un Barrabás: la soberbia, la sensualidad, la pereza... Cuando tenemos la cabeza lúcida lo vemos claro, pero cuando hemos entrado en la tentación ponemos en el mismo nivel la Gracia y el infierno.

Esta disyuntiva revela que Pilato no conoce al pueblo. Uno no conoce que detrás de la sensualidad y del orgullo está el diablo, que es el verdadero sacerdote de este oficio sagrado que es el pecado.

Pilato se desconcierta porque el pueblo ha preferido a Barrabás. Y crece el odio de los fariseos, y continúa el diálogo con la tentación; diálogo que no debería continuar, sino arrancarse de cuajo.

¿Y qué hago con Jesús? ¿Con Jesús que tanto me ha enseñado y tanto me ha amado? Y uno oye la voz de la conciencia, la voz de la mujer de Pilato, que le dice: suéltale, que te metes en un lío. Que esto del placer de salirse uno con la suya o de no vivir la pobreza o la caridad o lo que sea no es un tema banal, sino un asunto religioso.

Pero Pilato no es fuerte, no rompe con la tentación, se queda pasivo: Deja a Jesús a un lado, a ver qué pasa, en una mazmorra. Él no se quiere enterar de qué sucede allí.

Lo han metido en un calabozo de paredes de hormigón, le han atado las manos al respaldo de la silla y le han puesto en la cabeza una corona de cables y electrodos. Nosotros cerramos la puerta y escuchamos desde fuera los puñetazos, las risas, la tortura. Todas las personas torturadas con fuego, con voltios... y escuchamos los gritos de las mujeres indefensas vejadas a lo largo de la historia, y de las madres con los cuerpos muertos de los familiares en sus brazos..., y de todos los mártires. Cuando se pierde la razón, aparece la saña del abismo diabólico, la malicia del corazón humano.

Pilato no se ha querido enterar. Y le manda flagelar. Luego le saca delante del pueblo, desfigurado, destrozado, para que les dé pena y lo suelten. Pero se ha metido en una espiral que no tiene marcha atrás. La dinámica del mal grita: ¡Crucifícale, crucifícale!

Y Pilato cede: "Tomadlo vosotros y crucificadle".

Pero el diablo quiere que lo mates él, que seas él quien consume el pecado, y no otro: Nosotros tenemos una ley, la ley del pecado, que es ley de muerte. Se ha hecho Hijo de Dios y queremos matarle, pero no nos es lícito a nosotros dar muerte a nadie, dicen los fariseos.

Pilato se asusta, ahí hay un tema religioso y los fariseos lo saben, y a él le quieren liar. ¡Ojo, que me juego el alma! "¿De dónde eres?", le pregunta. Pero Jesús no le contesta. Quizá porque ya no está en condiciones de entender nada. Y sale con una brabuconada: "¿A mí no me respondes? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?".

Entonces, Jesús apela a su conciencia de juez: Se te ha dado el poder para ejercitarlo, se te dio la libertad para utilizarla bien. Se te dio desde lo alto; la libertad es un don de Dios. Y aunque el ambiente esté como está, tú eres el responsable de tus actos.

Desde entonces, Pilato buscaba soltarle. Está a punto de decir que no a los judíos. Pero una palabra certera, como una bala lanzada por un francotirador, le destroza: "Si sueltas a ése, no eres amigo del César". Como no lo hagas, no cabes en este ambiente, perderás el trabajo o ciertas amistades. Dejarás de ser uno de los nuestros.

"¿A vuestro rey voy a crucificar?". Y los judíos, sorprendentemente, contestan: "No tenemos más rey que al César". Aquello que más odiaban. Y uno mismo, que es hijo de Dios, puede, como en los últimos estertores de la tentación, acabar diciendo: No tengo más rey que el placer sensual, que el dinero, que la honra...; caiga su sangre sobre mí y mi futuro.

Y Pilato comete el pecado. Él es el culpable. Por eso aparece en el Credo. María le trajo al mundo, y Pilato lo mató.

Historia que se repite cada vez que se adquiere la Gracia o se comete un pecado mortal.

Allí, en esa hora, como una multitud delante de Pilato, estaban puestos en pie todos los pecados de los hombres; los míos también.






Libro: Allí estabas tú
VIII. Poncio Pilato
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


25. Ecce Homo


La Verdad, ¿qué es la Verdad? Aunque parezca mentira, aunque aparezca ahora como el desecho de la Humanidad, ese Jesús que está ahí delante es La Verdad.

El es la objetividad. Lo que Él piensa y dice es la realidad. Por Él fueron hechas todas las cosas. Él explica la creación y la Humanidad entera y qué es el hombre en particular.

Él es el único punto de vista objetivo, pues es el punto de vista de Dios respecto al mundo. "Yo soy la Verdad", había dicho (Jn 14,6).

Y Él conoce lo que sucede en el interior de cada hombre. Porque siempre ve a cada uno, aunque la luz de la habitación esté apagada. Él sabe el íntimo drama que se libra dentro de cada uno ante la tentación. Y sabe si se consiente o no, si hay advertencia o no, si hay materia grave o no.

Porque la materia del pecado la ha definido Él, no nosotros. Nosotros no definimos la verdad: o la reconocemos o la ignoramos; pero no la creamos. Por eso es tan importante la formación de la conciencia y la formación cristiana, para conocer la verdad.

Y Él sabe si se es culpable o no en la ignorancia y en el oscurecimiento de la conciencia.

Ecce Homo. Asomado por aquel balcón apareció en silencio, inmóvil, como esas imágenes de madera que le recuerdan todas las Semanas Santas.

Aplastado por la injusticia de los hombres no dice nada. Ya ha dicho lo que tenía que decir al mundo de parte de Dios, que para eso es el Verbo de Dios, la Palabra eterna del Padre.

Ahora está en silencio -el Cristo del Silencio-. Y lo estará hasta el último día, hasta el día del Juicio final. Porque, entonces, cuando vino por primera vez, no vino a juzgar al mundo, sino a salvarlo.

Pero aquel día último aparecerá y juzgará en cuanto Hombre, pues le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, y juzgará a cada hombre según las palabras que dijo a los hombres (Cf. Jn 5,27).

Ecce Homo diremos todos ese día del Juicio Final. Vendrá ese mismo Hombre con las señales de su Pasión en sus manos y en sus pies, preguntándonos cómo hemos respondido a sus sugerencias.

Porque Dios no deja de hablarnos en esta vida a través de la conciencia, y del Magisterio de la Iglesia, y de esa persona que te ha hablado tantas veces de parte de Dios.

No, no podemos decir entonces que no nos habíamos enterado; es que no nos quisimos enterar. Es muy fácil intentar acallar la conciencia, decir que nadie nos ve, que no pasa nada. Porque cuando actuamos sabemos, sabemos si actuamos bien o mal.

La conciencia es como una ventana que se abre al Cielo, a la eternidad, que nos recuerda los principios inmutables y las insinuaciones del Espíritu Santo. Y, aunque uno se esfuerce por silenciarla, la conciencia no se puede acallar totalmente.

Este es uno de los puntos más importantes de nuestra vida: buscar la verdad, y una vez encontrada, seguirla. Aunque cueste.

Uno es responsable no sólo de sus actos tal y como los ve en ese momento, sino también de si tiene claro el principio con el que debe actuar: la conciencia. Uno responde del mal que hace, aunque en ese momento ya no lo capte como un mal, si se ha ensuciado voluntariamente los ojos.

No, a Dios no se le engaña.

Por aquí hay muchos listillos, pero en el otro mundo eso no funciona. Con claridad meridiana, delante de Jesús Hombre, aparecerá ante nuestros propios ojos lo que hicimos y los repliegues de nuestro corazón. Y, además, quedará patente delante de todos.

Adán..., ¿dónde estás?, se escuchó aquel día en el Paraíso. Y desde entonces Dios pregunta por nosotros diciéndonos: ¿Qué has hecho? Nadie se puede ocultar a la mirada de Dios, que conoce lo más profundo del corazón humano.






Libro: Allí estabas tú
VIII. Poncio Pilato
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


26. Sinceridad


Un empedernido fumador tosía a causa del tabaco mientras leía una revista de información general. Apareció un reportaje que hablaba del daño que produce el tabaco si se fuma en exceso. Aquellas fotografías de pulmones oscuros y cosas horribles le dio tanto asco, que cerró las páginas y se hizo un propósito firmísimo: ¡No volver a comprar esa revista!

Hay personas que funcionan así por la vida. Justificando lo que hacen mal y apartando de sí aquellas cosas o aquellas personas que le recuerdan que debe cambiar, convertirse.

Es muy fácil encontrar siempre una justificación a nuestros errores. Tenemos un cajón con miles de disfraces, con miles de excusas.

Conviene que nos pongamos en la presencia de Dios y seamos sinceros con nosotros mismos.

¿Qué debo hacer? ¿Qué he hecho? ¿Qué no he hecho y debía hacer?

Porque lo que cuenta, a la postre, es ser buenos, según el punto de vista de Dios. No según el punto de vista de los demás ni el propio.

No se trata tanto de si estamos contentos de nosotros mismos, sino si está contento Dios. ¡Cuántos alumnos acuden a un examen convencidos de que lo llevan bien preparado, incluso creen que lo han hecho bien, y luego se llevan el susto, porque objetivamente no se ha contestado ni a la mitad de las preguntas!

Por eso es tan importante ponernos en la presencia de Dios con sinceridad y preguntarle: ¿Cómo me ves, Señor?

En un Curso de Comunicación, la prueba que más sorprendió a todos los participantes fue la que consistía en verse en el vídeo desarrollando un tema. ¿Cómo, ése soy yo? El profesor iba resaltando los fallos, que eran patentes al ver el vídeo.

El juicio propio sobre uno mismo suele ser poco objetivo. Habría que ser muy humilde para ser realista. Pero este es un círculo vicioso: que al soberbio no le interesa conocerse y no se ve con objetividad.

¿Y el juicio de los demás? Hagamos una prueba en un colegio de bachillerato. Que los alumnos corrijan y pongan las notas de los compañeros que no son sus amigos: normalmente son injustos ¡por abajo!

Nos da mucha luz ver a Cristo mostrado al pueblo por Pilato. El gobernador no ha hallado en Él ningún delito, sabe que es justo. Y lo compara con Barrabás, un criminal. Pues, asómbrate, el pueblo pidió la muerte de Jesús.

Ya se ve que las masas son manejables, tornadizas. Gracias a Dios que a nuestra muerte no nos juzgará la opinión de los demás, sino Jesucristo.

En realidad, detrás de la muerte nos juzgaremos nosotros mismos viendo con claridad meridiana nuestra vida y teniendo delante las palabras del Señor: "El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene ya quien le juzgue: la palabra que yo he hablado, ésa le juzgará en el último día" (Jn 12,47). Es decir, con objetividad.

Y uno se irá, como atraído por su propio peso, hacia Dios o hacia el vacío eterno.

De todas maneras, después, al final de los tiempos, Jesús -ese Hombre- vendrá a juzgar a todos en el juicio universal, en segunda instancia, que dicen los juristas. Será un juicio público en el que se enterará todo el mundo de todas las cosas. Y la sentencia será firme, inapelable.

Nos importa mucho andar en la verdad, ser realistas, ser buenos realmente. Dios lo ve todo. Ve lo que hacemos bien y el interés que ponemos en mejorar. Pero también sabe del interés que ponemos nosotros en conocernos, en el examen que hacemos de nuestras obras, nuestras disposiciones, y nuestros deseos de rectificar.

Qué bueno será acudir a un sacerdote, a un hombre de Dios, para abrirle nuestro corazón -todo el corazón, hasta los últimos repliegues-, para que nos pueda decir cómo ve él las cosas, nos señale los puntos en que hemos de mejorar, y luego nos esforcemos en obedecerle.

Y si hace falta ir al juicio de Dios en esta tierra -el Sacramento del Perdón-, pues acudir, que ahí Dios siempre perdona.

Quizá hayas estado con un grupo de amigos en donde uno tocaba la guitarra más o menos bien, un día ha parecido alguien que no era de la pandilla, ha cogido esa misma guitarra y ha dejado a la concurrencia atónita. ¡Y era la misma guitarra!.

Cada uno somos, en cierto sentido, un instrumento musical que necesita ser tocado, activado, por un maestro. El director espiritual nos ayudará, entre otras cosas, a sacar de nosotros todas esas posibilidades que objetivamente tenemos, y que tal vez ni conozcamos: encontrarnos con Dios, servir a los demás, aprender a ofrecer las contrariedades, etc. En definitiva, nos enseñe a adentrarnos por caminos de santidad.






Libro: Allí estabas tú
IX. El flagelo
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


IX. EL FLAGELO

27. Crueldad histórica


Pilato, ¿por qué has mandado flagelar a Jesús? No, no me lo repitas, porque es absurdo. Decir que de esta forma -destrozado, deformado- lo presentas ante el pueblo para que le dé lástima y le perdone la vida, es absurdo.

No te engañes y no me engañes. Sabes de sobra que los fariseos le han entregado por envidia y lo que quieren es su muerte, ¿por qué entonces este plus de suplicio?

Leyendo la Pasión, el tormento de la flagelación parece que está incluido a la fuerza. El desarrollo del juicio llevaba a la condena o a absolución, pero ¿darle un escarmiento, una paliza? ¿Por qué precisamente antes de enviarle a la muerte darle este tormento?

Sólo Dios lo sabe. Parece como si Jesús hubiera querido padecer un extra por algún tema especial.

Ya lo han dicho otros, que hay una extraña coincidencia entre Jesús, con la espalda desnuda, retorciéndose como un gusano pisado, y los pecados de la carne. Sí, las profecías hablan de Él como de un gusano.

Pero ¿en qué consistía este delicado escarmiento? El flagelo, el horribilis flagelum del que habla Horacio, consistía en un látigo con una empuñadura de la que salían seis tiras de cuero curtido, en cuyos extremos había unas bolas de plomo más grandes que un garbanzo o una especie de anzuelos llamados escorpiones.

El que iba a ser flagelado era desnudado y, encorvado, ofrecía la espalda tensa a sus dos flageladores. A los primeros trallazos, la espalda se teñía de líneas color violeta. Poco después la piel se rasgaba y comenzaba a sangrar.

Las bolas de plomo destrozaban como mazas y, volviéndose hacia el pecho o la cara, podían romper lo que encontraran: un diente, un ojo,... Los escorpiones se clavaban en la carne y, al tirar, la carne se rasgaba profundamente como los surcos que deja tras de sí la reja que labra la tierra, como estaba profetizado: "Sobre mis espaldas araron los aradores, trazaron largos sus surcos" (Salmo 128).

Al poco rato la espalda era un amasijo de tiras de carne donde se veían, entre la sangre, las costillas. Muchos morían en este tormento.

Dice el Salmo 38: "Tengo las espaldas ardiendo, no hay parte ilesa en mi carne; estoy agotado, deshecho del todo (...). Siento palpitar mi corazón, me abandonan las fuerzas, y me falta hasta la luz de los ojos".

Y al son de las disciplinas se tinta en sangre la empuñadura y pinta de rojo la cara de los verdugos, y las paredes...

Treinta y cinco, treinta y seis..., setenta, setenta y uno..., ciento veinte, ciento veintiuno... En la sábana santa, sea quien sea quien estuviera en ella, se han contado más de trescientos.

- Maldita sea, los escorpiones se han enredado en el pelo y en la oreja.

- Pues tira de una vez, que no se romperá el sedal.

Dicen que fueron tres parejas, porque golpear con toda la furia durante un rato, cansa.

- Venga, dale, ahí hay un sitio en blanco, a ver si aciertas; más fuerte, ¡mátalo! ¡Venga, mátalo!

- ¡Basta! ¿No veis que lo vais a matar? ¿No sabéis que no ha hecho nada y que le tienen reservada otra pena mayor?

- Pero Él se lo ha buscado; Él lo ha querido. Ha querido cargar con todos los pecados y, oye, son muchos.

Desataron a Jesús. Como un gusano, tronchado y medio muerto, cayó en el charco de su propia sangre.

Si su Madre le viera la cara, no Le reconocería.

En el Cielo, los ángeles -inmóviles- rezan de rodillas, desagravian.

* * *

Y el Verbo se hizo carne.
Carne de la carnicería de Auschwitz, carne judía al por mayor.
Carne de lujo, noches de París, venta sólo al detalle.
Carne de los suicidas que aparecen con la primera luz flotando boca abajo sobre los ríos de las capitales.
Carne de feto abortivo de primera calidad para la cosmética.
Carne de todos los mártires, carne de Jesús que muere en las sistemáticas persecuciones de los grandes imperios.
Carne de la ingeniería genética de los espíritus dolorosos.
Carne de la secreta KGB convertible en información secreta.
Carne de Jack el destripador y sus prostitutas víctimas.
Carne con dolor de muelas, carne de la enfermedad mental.
Carne de perro, carne de cañón.
Carne de la flagelación, expandiéndose por la inmensidad de la Historia20 .

20Cfr. J.M. Ibáñez Langlois, Libro de la Pasión.






Libro: Allí estabas tú
IX. El flagelo
Jesús Martínez García
Ed. Palabra. Madrid, 1995


28. ¿Qué supondrá el pecado?


Ante los sufrimientos tremendos de Jesús en la Pasión surge enseguida una pregunta: ¿Por qué quiso padecer tanto?

Esto remite a otra pregunta: ¿Qué supondrá, desde el punto de vista de Dios, el pecado? ¿Cuál será su malicia? Es el gran misterio del reino de las tinieblas, de la oscuridad.

Dios quiere que todos los hombres se salven, y por eso constantemente nos lanza indirectas que resuenan en nuestra conciencia para que hagamos Su voluntad y, si hemos pecado, Le pidamos perdón.

Pero pedir perdón, tener dolor de corazón por haber ofendido a Dios supone eso, dolor. Y es que el dolor es un estipendio del pecado. Quien lo ha cometido, para salir de él, tiene que tener dolor y reparar.

Por ahí hay que pasar para recibir el Sacramento del Perdón: por el dolor de contrición.

Pero el hombre puede decir: No quiero pasar por ahí. He aceptado el pecado y no quiero arrepentirme; no quiero pasar por el trance de tener q