La Naturaleza, como cualquier domingo, se despereza lenta, sencilla, sin sobresaltos, esta mañana fresca de primavera florida. El jilguero salta de rama en rama, afila su pico dando cabezazos, y silba trinos, como siempre. El agua del río discurre cantarina camino abajo, descuidada, dejándose llevar por donde siempre. Sólo anoche la tierra se estremeció de alegría despidiendo al Huésped que se dignó morar en su regazo dos noches: su Creador. La creación entera ha despertado con el sol, alabando a su Señor, como cada día, en obediencia sumisa, alegre, viva, y escucha al jilguero, como si tal cosa.
Los hombres, en cambio, entran en agitación. Idas y venidas hacia ese sepulcro vacío: soldados, mujeres, fariseos y apóstoles. También los fariseos acudieron, escondidos, a comprobar, antes de pagar la ingente suma de su apuesta perdida con Dios.
Se ha marchado, ¿a dónde? ¿Lo dijo? La noticia está en la calle, ya no hay secreto. Esta novedad conmueve a los hombres, porque hoy recomienza su historia. Desconcierto total, perdidos se hallan sus amigos. El Maestro era dirección, sabiduría, poder. Pero, a la vez, sorprendente, desconcertante, precisamente porque sabía demasiado, estaba a mucha distancia -siendo tan cercano-. Sólo había que hacer una cosa ante un Dios tan próximo: creerle, seguirle.
No busquéis un cadáver, ¿no lo habéis entendido? Jesús no es que pueda resucitar a Lázaro, es que él es la Resurrección. ¿Para qué habló Jesús? ¿Para qué nos habló Dios? Escudriñad las Escrituras, ahí está todo. Creed. Eterna dificultad de cualquier hombre: si no ve milagros no cree. ¡No cree a Dios!, a pesar de los milagros.
El mundo se ha vuelto loco, la tierra va del revés. La muerte murió cuando cantaba victoria, la tierra en un instante se transformó en sol, los pobres ahora son ricos, felices son los que lloran, están vivos los muertos, y los que dicen ver son los ciegos. Y todo por un hecho insólito, comprobable: Jesús muerto, vendado y sepultado, ya no está. Lo había dicho y repite su eco la caverna: Creedme.
Algunos se empeñaron en matarle porque decía que era la luz, el camino, la verdad. Igual a Dios. Decían que estaba loco, le ataron y encerraron la luz en la cueva, colocaron guardianes a su puerta sellada. Fuerza del hombre que se empeña en contrariar la Naturaleza, los Mandatos del Señor, las Locuras de Dios. Y al amanecer, como Ley Eterna, la Luz escapó por entre las rejas, apenas nacida la mañana.
Cuando hay fe, cuando ya se sabe, cuando hay luz se ve todo de manera diferente. No era eclipse, no era hora de tinieblas aquella nube oscura que parecía impedir ver a Dios a su Hijo morir. ¿Dónde está Dios?, se decían. Era tiniebla y desierto el alma de Jesús en su hora. Pero la nube, como en el desierto con Moisés, no era sino la presencia de Dios. El Padre estaba allí.
Sí él debía obedecer. Su Padre lo estaba viendo, esperando la obediencia total. A Isaac le salvó la vida un ángel. A Jesús no. Allí no hubo ángel para que su pie no tropezara. Le salvó el Padre. Viendo su entrega, su postración total humilde en tierra -más abajo todavía, enterrado-, sus brazos poderosos lo arrancaron del suelo y lo elevaron resucitado. Su Padre no le había olvidado ¿cómo se iba a olvidar de su Hijo si no se olvida de hombre alguno?
No es día de tristeza, no. No busquéis entre los muertos, porque su lápida no dice "Aquí yace" sino: "Resurrección".
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No sabía la abeja la trascendencia de su trabajo oscuro, elaborado cada noche en el sepulcro de su colmena. Que brillaría sobre él la luz, signo de Cristo, luz de las gentes. No sabe la madre de familia, ni el panadero, ni el de la imprenta, que en la noria de su trabajo de noche brilla la luz de la santidad. No sabe la Magdalena lo que le espera cuando se acerca, candil en mano, en la oscuridad, pues se volverá radiante su cara -nuevo Moisés- a anunciar a los hombres el mensaje divino.
Son esas pequeñas cosas, hechas con el amor de Dios, colaborando con otros, como miles de abejas, que hacen que la vida no sepa a agrazón, sino a miel y panal. Y sobre todo, sean luz de esperanza, de encuentro, de resurrección.
Por un momento la tierra, oscuro y frío planeta, refulgió pareciendo estrella. Profecía de lo que será al final de los tiempos cuando se revista del Espíritu Santo. El hombre, mientras tanto, puede ser ya transformado, convertido en luz, en gracia. Pero hay que creer, y sobre todo amar, para vivir como resucitados.
El futuro del hombre no es el cementerio, no es quedar reducido a polvo que se esparce en tierra, como energía cósmica que no desaparece. Su futuro es la vida en la casa de Dios, resucitados, como hijos.
Hemos visto al Señor, hemos comido con él, nos ha hablado, le han tocado. Es el mismo Jesús. Pero su misterio está más aclarado. El que intuíamos, que era más que un hombre, ahora ya lo sabemos. Es el Kyrios, Marana, el Señor. Rey de la vida y la muerte, del tiempo y la eternidad, principio y fin de cada hombre, cuyo poder al de Dios es igual.
El nombre es como personificación, alcanza el fondo del ser, señala su poder, su naturaleza y su función. Se le ha dado un nombre sobre todo nombre. Nombre y poder, poder y nombre, equivalen. No hay más poder, no hay más nombre bajo el cielo dado a los hombres que pueda procurar la salvación. Poder misterioso por el que Pedro hará milagros en el nombre de Jesús Cristo. En su nombre predicamos. Es preciso que toda lengua confiese que Jesucristo es Señor.
No es epílogo la Resurrección de Cristo, que es comienzo de la nueva historia, de los hombres nuevos que pasan por la muerte de uno mismo, y entonces se revela en ellos el poder de Dios. Son hechos otros cristos. El bautismo les une a su muerte y participan de su vida. Muertos al pecado, mientras trabajan la tierra buscan las cosas de arriba. Ellos serán la luz, la puerta, el camino, la resurrección y la vida para muchos otros. Porque él vive en ellos.
La respuesta al misterio de Jesús está en la puerta del sepulcro abierta: ya no está. El enigma del hombre se desvela en la puerta de su corazón: cuando se da. Abrir las puertas al Redentor. Tenerlas siempre abiertas por la fe en la oración, los sacramentos, en la vida entera. Lejos la tiniebla, dentro luz, sinceridad, gracia.
Es hora de despertar y abrir las ventanas del alma, ha salido el Sol, ha comenzado el Día. Primavera recién recreada, renovada, fresca. Ya canta el pajarillo, su trino llena el valle, y el aire libre y frío desentumece la cara, aleja la oscuridad, los temores; pesadez y agobio de la cueva, de la anterior vida.
Esta es la absoluta novedad del cristianismo: la Resurrección de Cristo, y la del hombre introducido en un mundo nuevo, el de la gracia y la contemplación. El velo de la fe se interpondrá siempre entre Jesús en la Eucaristía y el Perdón, para que le busquemos y le encontremos por el amor. Y, siguiendo los pasos de la Magdalena, nos demos cuenta de que Dios está vivo, muy cerca; miremos su rostro y nos abracemos a sus pies para nunca separarnos de Él.
Más que alegría humana era la que sentían los que descubrieron al resucitado; no era por volver a ver al maestro, al amigo que se fue. Era la del converso que, al reencontrarse con Dios, descubre las manos de las que fue formado, el porqué de su vida, y en el presente el amor.
Sólo quien se empeña en librarse de mandamientos, de Cristo, de Dios no encontrará sentido ni a la muerte ni a la vida, ni al placer ni al dolor. No sabe qué es alegría quien desconoce el amor, no sabrá lo que esto es quien no se fíe de Otro, quien no renuncie a su yo.
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