Si la oración es hablar con Dios, hemos de saber Quién es y cómo es Dios. Viendo las perfecciones que se dan en las criaturas -la belleza, la bondad, la unidad, etc.-, la mente humana con sus solas fuerzas, sin la ayuda de la revelación, puede descubrir algo de cómo es Dios. Si las criaturas poseen esas perfecciones, su Hacedor tiene que poseerlas sin mezcla de mal y de modo eminente: Dios ha de ser infinito, todopoderoso, bello, bueno, único, etc.
Sin embargo, nos damos cuenta de que este conocimiento de Dios es muy imperfecto. Es como conocer a una persona de oídas o por las obras que ha hecho, pero que no ha sido presentada ni se ha hablado con ella. Este tipo de conocimiento sobre Dios es el que tienen los que no saben de la Revelación que Dios nos ha hecho de Sí mismo y les falta la luz de la fe; es decir, el conocimiento que tienen los no cristianos y los cristianos que no tienen fe. Tienen una idea vaga de Dios, semejante a la de la niña que cuenta un autor espiritual llamado Ronald A. Knox.
Refiere Knox que una niña norteamericana viajaba con sus padres en un tren con literas. En su compartimiento había otras personas. Los padres salieron un rato al pasillo y, una vez apagadas las luces, la niña, que no estaba acostumbrada a la oscuridad total preguntó asustada: «Papá..., mamá..., ¿estáis ahí?...» Nadie le respondía, y como ella insistiera, un viajero malhumorado le gritó: «Sí, papá está ahí, mamá está ahí y yo estoy aquí, tratando de dormirme. Así pues, cállate de una vez». La asustada niña guardó silencio un instante y luego murmuró: «Mamá... ¿era Dios?...» (Ronald A. Knox, Retiro para gente joven). Una Voz malhumorada procedente de la oscuridad y prohibiéndonos algo: ésa es la noción que algunos tienen de Dios.
Sería lamentable que después de veinte siglos desde que Dios nos ha contado cómo es El, tuviéramos nosotros esa idea confusa. «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres -se dice en el Nuevo Testamento- por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo» (Hb 1, 1-2). El Hijo, que es Dios mismo, nos ha contado cómo es Dios en su intimidad: que son tres Personas en una única Naturaleza divina.
Esta verdad nos fue revelada ya desde el mismo momento en que el Verbo divino entró en la historia de los hombres, en la Encarnación, cuando san Gabriel dijo a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo (el Padre) te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). También se manifestó la Trinidad en los comienzos de la vida pública del Señor: en el Bautismo de Jesús en el Jordán, el Padre habla, el Hijo es bautizado y el Espíritu Santo desciende en forma de paloma (cfr. Mt 3, 13-17), y en otros momentos, como en la Transfiguración.
Jesucristo reveló explícitamente este misterio en la Ultima Cena: que el Padre es Dios, que El es igual que el Padre (cfr. Jn 15,16) y que el Espíritu del Padre (cfr. Jn 15,26) es el Espíritu de la Verdad (cfr. Jn 16,13), es decir, del Hijo, porque él es la Verdad. Sus últimas palabras antes de la Ascensión fueron: «Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19).
Desde entonces los Apóstoles predicaron por todo el mundo el reino de los Cielos, que es el reino de la Trinidad. Dios, uno en Naturaleza y trino en Personas, es el principio y el fin de la fe. Y así lo han enseñado los Santos Padres:
«Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad. Sin confundir las personas, ni separar la substancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna.
Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres eternos, sino un solo eterno. De la misma manera, no tres increados, ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. Y sin embargo no tres omnipotentes, sino un omnipotente.
Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y sin embargo no son tres Dioses, sino un solo Dios. Así, el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor. Y sin embargo no son tres Señores, sino un solo Señor. Porque así como la verdad cristiana nos obliga a creer que cada persona es Dios y Señor, la religión católica nos prohíbe que hablemos de tres Dioses o Señores.
El Padre no ha sido hecho por nadie, ni creado, ni engendrado. El Hijo procede solamente del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. Por tanto hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos.
Y en esta Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor: pues las tres personas son coeternas e iguales entre sí. De tal manera que, como ya se ha dicho antes, hemos de venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad» (Símbolo Quicumque).
Para entender mejor estas verdades hemos de fijarnos en las facultades espirituales del alma humana -la inteligencia y la voluntad-, pues nosotros hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. En Dios hay conocimiento y amor pero de una manera inefable. Dios se conoce perfecta e infinitamente y se ama a Sí mismo también perfectamente.
Dios Padre conociéndose a Sí mismo, engendra desde toda la eternidad al Hijo. El Hijo no es posterior al Padre en el tiempo, sino que procede del Padre. Es distinto al Padre, pero es igual que El. Y se le llama Verbo porque es la Palabra mental en que la mente del Padre expresa el conocimiento de Sí mismo. Esto decimos en el Credo: «Engendrado, no creado; de la misma naturaleza que el Padre; por Quien todo fue hecho».
Además, Dios se ama a Sí mismo. Amarse, en Dios, es necesario, pues ama en Él el infinito Bien que es. Dios padre, al amarse como Bien último, ama al Hijo, y el Hijo ama también necesariamente al Padre. Entre Ellos hay un Nexo, un Amor infinito, que recibe el nombre revelado de Espíritu Santo. En cuanto subsiste es de la misma naturaleza divina porque en Dios nada hay que no sea El; por tanto es amor subsistente, perfectísimo, que procede del Padre y del Hijo, que es igual en la naturaleza a Ellos y distinto personalmente del Padre y del Hijo.
Cuando decimos que en Dios hay tres Personas y una única naturaleza, ¿a qué nos referimos al hablar de personas y qué significa naturaleza? Hemos de distinguir para ello lo que distinguimos en todas las cosas que existen. En todas las cosas hay una composición real, aunque no pueda ser separada en ninguna de ellas: una cosa es el hecho de que sean y otra la manera cómo son. Todas las cosas tienen una manera de ser: unas son árboles, otras animales, etc. También entre los seres que tienen la misma naturaleza distinguimos su número: no es lo mismo un perro que otro, y cada árbol se distingue de los demás del bosque. Porque cada cosa es distinta de las demás no sólo por su manera de ser -su naturaleza- sino por su ser, por ser un sujeto diferente. Pues bien, se denomina persona el sujeto individual que tiene naturaleza racional.
En Dios hay tres sujetos, es decir, tres Personas distintas, pero una sola naturaleza, la divinidad. Hay un sólo Dios. A primera vista puede parecer que no existe ningún misterio en Dios, porque también cuando hay tres hombres en una habitación hay tres sujetos y los tres tienen la misma naturaleza humana. Pero hay una gran diferencia, y es que cada hombre tiene la naturaleza humana, pero no es esa naturaleza. En cambio, en Dios, cada una de las Personas divinas es la divinidad. En cada Persona no hay composición entre su ser y su manera de ser. Y esto sucede en cada una de las tres divinas Personas. Cada una de Ellas es, por ejemplo, infinita. ¿Y cómo entonces no hay tres dioses?
No hemos de esforzarnos en descifrarlo, porque es un misterio. Ni san Agustín cuando paseaba junto al mar lo supo descifrar. Encontró a un niño que, con una concha, echaba el agua del mar en un hoyo de la arena.
-¿Qué haces?, le preguntó.
-Meter todo el mar.
-Es imposible que lo consigas.
-Pues más difícil es todavía, le contestó el niño. que tú logres desentrañar el misterio de la Santísima Trinidad.