Libro: Para quien sufre
VII. LA CAUSA DEL SUFRIMIENTO
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 1999


VII. LA CAUSA DEL SUFRIMIENTO





Libro: Para quien sufre
VII. LA CAUSA DEL SUFRIMIENTO
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 1999


31. El verdadero mal


¿Por qué existe el mal en el mundo? Porque existe el Maligno, un ser personal llamado Satanás, que actúa sembrando cizaña en los corazones. Y cuando los hombres, movidos por él, actúan en contra del orden querido por Dios se produce el desorden, el mal en todas sus facetas. Por eso sufrimos los seres humanos.

No debemos olvidar que el dolor y la muerte en los hombres no son castigos de Dios porque los hombres hayamos pecado, sino que tienen su única causa en los hombres. Se puede decir que Dios no castiga, que incluso el infierno no es un castigo. Dios nos ha amado al crearnos, y nos sigue amando aunque nos portemos mal, porque Él es bueno.

Sin embargo, al separarnos de Dios voluntariamente con el pecado, los hombres no dejamos que Dios nos pueda amar y salimos perjudicados. Por eso, el infierno (aunque también en él haya sufrimientos) consiste esencialmente en no estar con Dios -Amor infinito, fin del hombre-, que es lo peor que le puede suceder a una persona.

Conviene recordar que Dios no ha hecho el sufrimiento para el hombre ( y mucho menos el infierno). El dolor es una consecuencia de los pecados, es decir, de los actos voluntarios malos de los hombres. Por ser un desorden esencial del hombre con su Creador, el pecado trae unas consecuencias funestas para el propio hombre y para los demás. Por eso, hablando en rigor, es el único verdadero mal. Todos los otros males que acaecen en el mundo son relativos, y pueden ser ocasión para alabar a Dios.

Para no tener una noción equivocada y ver el pecado como algo que simplemente molesta a Dios, o algo semejante a una deficiencia en una obra de arte y que nos molesta a nosotros, o como algo que hay que evitar porque puede perjudicar la convivencia social, hay que recordar lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con El» (n. 1440). «Como ruptura con Dios, el pecado es el acto de desobediencia de una criatura que, al menos implícitamente, rechaza a Aquel de quien ha salido y la mantiene en la vida; es, por tanto, un acto suicida» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 15). Cada hombre ha sido creado para vivir en comunión con Dios. Nuestro fin es Dios, y el pecado es aquello que nos aparta de nuestro fin. Se puede decir que es una locura.

Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica no duda en afirmar que «a los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y nada tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la Iglesia y para el mundo entero» (n. 1488).

Si una persona supiera lo que supone realmente un pecado, procuraría no cometerlo jamás. Debido a la herida que deja el pecado en nuestra inteligencia, nos cuesta reconocer la verdad, se nos meten razones que distorsionan la realidad. Pues aunque nos cueste reconocerlo, las cosas que suceden en esta tierra tienen la importancia que tienen según el punto de vista de Dios. Lo más importante para el hombre es estar en comunión con Dios; para eso nos ha creado a cada uno a su imagen y semejanza. Y la realidad es que el alma en estado de pecado mortal está separada de esta comunión de Vida con Dios, está muerta a la vida de la gracia.

En este mundo no debemos dividir a las personas en buenas y malas, porque no hay personas absolutamente buenas ni personas absolutamente malas, ni podemos juzgar los corazones. Indudablemente Dios sí conoce perfectamente lo que sucede en el interior de cada uno, y cada cuál sabe en su conciencia si actúa según el querer de Dios o no. (En la eternidad, cuando se haya separado la cizaña del trigo, entonces sí habrá una separación total).

Al pecar uno se puede engañar imaginando que no pasa nada, que todo sigue igual. Pero no es así, porque nuestra actuación libre tiene una dimensión moral, es decir, una relación para con Dios: puede estar conforme con los designios de Dios (los Mandamientos) o no estarlo.

Porque las cosas son como son desde el punto de vista de Dios, no como nos gustaría a nosotros que fueran. Con cierta frecuencia se oye decir: a mí me parece, según mi opinión,...; cuando lo que debe importar es estar en la verdad. Y Dios dice la verdad. Dios no opina, Jesucristo no daba opiniones; cuando hablaba exponía la verdad, lo que nos viene bien a las personas. Y la verdad fundamental del comportamiento humano es que debemos hacer el bien y evitar el mal. El bien y el mal tal como lo ve Dios.

Por eso, quien está en la verdad tiene seguridad; quien trata de cumplir la voluntad de Dios manifestada en las enseñanzas de la Iglesia, puede tener la seguridad de que va por el buen camino, aunque el sentimiento le sugiera falsamente que no es así. Y al contrario, puede ser que quien peca se engañe y no haga caso de lo que la conciencia recta le sugiere, pero no por no tener sentimiento de culpabilidad quiere decir que no ha pasado nada.

Con el pecado sí que ha pasado algo: el hombre se degrada y la prueba del daño que se causa es el sufrimiento humano.





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32. El pecado nos hace daño


Cuando Dios creó a nuestros primeros padres, Adán y Eva, todo en ellos estaba ordenado, y ellos lo estaban respecto de Dios. Con el desorden introducido por el pecado, entró el sufrimiento y la muerte. «Cuando examina su corazón, el hombre comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su Creador. Lo que nos dice la experiencia coincide con la Revelación divina» (Gaudium et spes, 13).

No es sólo una enseñanza revelada por Dios, sino un hecho comprobado en la historia de la humanidad y en la historia personal: el que peca se daña a sí mismo (Sir 19,4), y quien peca se hace esclavo del pecado (Jn 8,34).

«Acto de la persona, el pecado tiene sus primeras y más importantes consecuencias en el pecador mismo: es decir, en su relación con Dios, que es el fundamento mismo de la vida humana; le daña en su espíritu, debilitando su voluntad y nublando su inteligencia» (Reconciliatio et paenitentia, 16).

El pecado corrompe, y no sólo en el ámbito sobrenatural, el de la gracia, sino también en el puramente humano, si se puede hablar así, pues el hombre se estropea, queda inclinado hacia el mal, se hace malo, aunque nunca del todo, como imaginó Lutero.

Además el pecado hace daño a los demás, corrompe la relación con los demás, incluso con quien más ama. Los dolores que afligen al mundo, desde todos los puntos de vista -individual, familiar, social, internacional- tienen su causa en los pecados de las personas. Si fuéramos buenos, no habría tantos males en el mundo.

Y conviene no perder de vista un aspecto del mal que uno se causa a sí mismo al estar en situación de pecado mortal, como explicaba Santa Teresa: «ninguna cosa aprovecha, y de aquí viene que todas las buenas obras que hiciere estando así en pecado mortal son de ningún fruto para alcanzar gloria; porque no procediendo de aquel principio, que es Dios, de donde nuestra virtud es virtud, y apartándonos de El, no puede ser agradable a sus ojos» (Moradas primeras, 2). La santa de Ávila recuerda la doctrina cristiana sobre la necesidad de realizar las buenas obras -por ejemplo el sufrir- en caridad, en gracia de Dios, pues si no valen para la vida eterna.

Por eso dice la santa: «Oí una vez a un hombre espiritual que no se espantaba de cosas que hiciese uno que está en pecado mortal, sino de lo que no hacía. Dios por su misericordia nos libre de tan gran mal, que no hay cosas mientras vivimos que merezca este nombre de mal, sino ésta, pues acarrea males eternos para sin fin» (Moradas primeras, 2).





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33. Jesús cargado con los pecados


Dicen que Jesús cayó por segunda vez camino del Calvario. No era en ese momento el cansancio, no era el dolor. Era el peso de los pecados de la humanidad entera que había hecho suyos. Él no había cometido pecado alguno, pero «a quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios con Él» (2 Cor 5,21). Se ha hecho semejante a nosotros en todo menos en el pecado. El mal moral es lo único que Dios aborrece, y, porque ama a los hombres, no lo quiere para ellos.

En aquella situación, Jesús valoraba el pecado como lo que realmente es: un rechazo del amor de Dios. Y en aquel momento era como si se hubieran juntado todos los pecados de toda la historia hasta ese momento y los que se cometerían desde ahí hasta el final de mundo, y esa consideración le aplastara, como le había sucedido en Getsemaní.

Cada Semana Santa, recordando que Cristo padeció por nuestros pecados, los tambores recuerdan con su golpe sonoro y profundo que los hombres han de golpearse el pecho, hacer un acto de contrición, y repetir: por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.





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34. Despertar la contrición


Se podrían poner muchos casos de quienes, precisamente por sentirse enfermos en su cuerpo, han reconocido que estaban enfermos en su alma. El megáfono de Dios que es el sufrimiento no sólo ha hecho que descubrieran la trascendencia de su vida y su relación con Dios, sino que les ha hecho recuperar la conciencia de ser pecadores. Cosa importante, pues la pérdida del sentido del pecado es un mal que, al insensibilizar el alma, el hombre se destruye. En el siglo XX se ha llegado por esa razón a la destrucción del hombre por el hombre como no había sucedido nunca antes.

En el Antiguo Testamento hay una enseñanza continua, y es que, cuando el pueblo de Israel se olvidaba de su Dios y Protector, le acaecían todo tipo de males: surgían las divisiones internas, eran derrotados por sus enemigos o eran deportados como esclavos a un país lejano. Ante su lamentable estado recapacitaban y pedían perdón; Dios, entonces, les volvía a ayudar.

El pueblo de Israel, movido por sus príncipes, no quiso reconocer al Mesías que Dios les envió; Lo mataron injustamente, pues no podían soportar la presencia de quien les decía la verdad. Se apartaron de los designios salvadores de Dios y la consecuencia, profetizada por Jesús, fue la destrucción de Jerusalén y del Templo, y una serie de calamidades y muertes atroces (Flavio Josefo habla de cientos de miles de muertos, muchos de ellos crucificados fuera de la ciudad).

La enfermedad puede ser una ocasión en la que nos demos cuenta de que también podemos estar enfermos en el alma; que sea esta situación precisamente lo que nos descubra algo que la vida sin problemas nos escondía: tener conciencia de que somos pecadores.

El Santo Padre ha dejado escrito que «Este es otro de los puntos que el pensamiento pos-iluminista rechaza absolutamente. No acepta la realidad del pecado y, en particular, no acepta el pecado original (...). El Papa que intenta convencer al mundo del pecado humano, se convierte, por culpa de esa mentalidad, en una persona desagradable. Objeciones de este tipo chocan contra lo que San Juan expresa con las palabras de Cristo, que anunciaba la venida del Espíritu Santo, el cual convencerá al mundo del pecado (Jn 16,8). ¿Qué otra cosa puede hacer la Iglesia? Pero convencer del pecado no equivale a condenar. El Hijo del hombre no ha venido al mundo para condenarlo, sino para salvarlo. Convencer del pecado quiere decir crear las condiciones para la salvación. La primera condición de la salvación es el conocimiento de la propia pecaminosidad, también de la hereditaria; luego la confesión ante Dios, que no espera más que recibir esta confesión para salvar al hombre» (Cruzando el umbral de la esperanza).

Si deseamos que no haya sufrimiento en el mundo hemos de querer quitar la causa. Jesús venció al Maligno y quitó el pecado del mundo con su entrega en la Cruz, pero no quitó los males que son su consecuencia. Eso nos toca hacerlo a los hombres. En primer lugar erradicando el pecado y después quitando sus efectos. Depende de nosotros mismos, de la humanidad solidariamente, el que no haya dolor entre los hombres.





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35. Sentir «el peso» de los pecados


Desde un punto de vista psicológico, todos tenemos comprobado que, en ocasiones, hemos hecho sufrir a otros. Quizá sin pretenderlo, pero el resultado ha sido ése. También nos damos cuenta que al actuar no lo hemos hecho bien, y que nos hemos causado daño a nosotros mismos, y que el modo de remediar ese dolor interior es rectificando nuestras equivocaciones.

Desde el punto de vista moral, ese pesar por el mal que se ha hecho se llama remordimiento, y que si queremos arrancar de raíz ese sufrimiento no hay otro remedio que reconocerlo, reconocer que hemos pecado y nos pese como verdadera enfermedad que es.

Como la fiebre es consecuencia de una disfunción en el organismo, de modo semejante el dolor en el corazón es una consecuencia del pecado. El remordimiento en la conciencia es manifestación de que algo no va bien dentro de nosotros mismos, de que hay un mal que es preciso aclarar y curar. El sentimiento de culpabilidad no es algo que convenga quitarse imaginando que no ha pasado nada, o de que es cuestión de que el tiempo borre ese sentimiento como el viento disipa las nubes, o de endurecer la conciencia acostumbrándose a realizar ese tipo de acciones.

Conviene ir a la raíz de las cosas que nos suceden, preguntarnos el porqué. A veces no basta con poner una venda sobre una herida que requeriría una intervención quirúrgica, ni tomarse un calmante cuando se ha salido un hueso de su sitio. Se puede quizá lograr que no duela momentáneamente, pero si no se arregla la causa, el organismo se irá deteriorando hasta que se entre en crisis y haya que ir al Hospital por Urgencias.

El remordimiento, ese dolor interior porque se sabe que algo no va bien, tiene que ver en última instancia con el sentido de justicia que todos llevamos dentro: lo que está mal hecho debe ser rehecho, la injusticia debe ser reparada. Y todas las acciones humanas tienen una dimensión moral, una relación con la justicia, con el único que es Justo. Todos sabemos cuando actuamos que Alguien nos ve, Alguien que sabe lo que hacemos y por qué lo hacemos. Por eso la persona que actúa rectamente y es calumniada o condenada injustamente, sabe en lo recóndito de su conciencia que no está sola. Aunque no sepa expresarlo, se siente segura porque sabe que Alguien, que es Justo, le hará justicia.

Hay que llegar hasta el fondo de nuestro propio corazón y ser sinceros, para no tratar de justificar los errores y verlos como son, y desde ahí pedir perdón a Dios (y, si fuera el caso, pedir perdón a quien hemos ofendido). No hay otro camino. La Biblia es un conjunto de libros que, además de comunicar verdades sobrenaturales, explican qué es el hombre con un conocimiento verdadero y profundo. En ella se recogen unas palabras que han sido repetidas después por muchas personas:

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.
Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto. (Sal 130, 1-4).

Quienes reconocemos la revelación divina sabemos que el Señor dice: Tengo designios de paz y no de aflicción, me invocaréis y yo os escucharé (Je 29,11). Dios no quiere que tengamos continuamente sentimientos de culpabilidad, pero es necesario reconocer el mal que se ha hecho, que pese en el corazón y pedir perdón. ¡Qué importante es reconocer nuestras enfermedades -los pecados personales- y acudir al médico que nos puede curar, el sacerdote de Jesucristo! Entonces, Cristo nos libera de la culpa y del peso que aplasta nuestra conciencia, y se siente esa alegría interior que experimentaba el salmista:

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito (...)
Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito; propuse: "Confesaré al Señor mi culpa",
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado (...)
Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. (Sal 32,1-7)

Llegamos aquí al misterio del corazón humano, a lo que cada uno decide en el fondo de su corazón, ¡Y tantas veces a la causa de la felicidad o de la amargura! Dios desea que los hombres sean felices y por eso les señala unos criterios de felicidad.

«La conciencia es la medida del hombre. Ella da testimonio de su grandeza, de su profundidad. Para que esta profundidad se abra, para que el hombre no se deje quitar tal grandeza, Dios habla con la palabra de la Cruz. Verbum crucis: ésta es la palabra última definitiva. Dios ha querido emplear y emplea siempre en las relaciones con el hombre esta palabra que toca la conciencia, que tiene capacidad de rasgar los corazones.

El hombre contemporáneo experimenta la amenaza de una impasibilidad espiritual y hasta de la muerte de la conciencia; y esta muerte es algo más profundo que el pecado: es la eliminación del sentido del pecado. Concurren hoy muchos factores para matar la conciencia en los hombres de nuestro tiempo. Y esto corresponde a la realidad que Cristo ha llamado "pecado contra el Espíritu Santo". Este pecado comienza cuando al hombre no le dice ya nada la Palabra de la Cruz como el grito último del amor, que tiene el poder de rasgar los corazones» (Juan Pablo II, 1-IV-1979).

Dios habla a los hombres de muchas maneras, pero también con la voz del sufrimiento para que reaccionen ante el mal. Es verdad que uno se puede equivocar y pecar, pero debe reconocerlo y arrepentirse. Dios siempre está dispuesto a perdonar en esta vida, para que el hombre sea feliz. Sin embargo, el que decide es el hombre, porque así ha sido establecido: Dios hizo al hombre y le dejó en manos de su albedrío. Si tú quieres puedes guardar sus mandamientos, y es de sabios hacer su voluntad. Ante ti puso el fuego y el agua; a lo que tú quieras tenderás la mano. Ante el hombre están la vida y la muerte; lo que cada uno quiere le será dado (Sir 15, 14-18).

Quizá debamos preguntarnos con sinceridad si no es verdad que sufrimos o hacemos sufrir, tal vez, porque no estamos dispuestos a rectificar el mal que hemos hecho.