¿Por qué existe el mal en el mundo? Porque existe el Maligno, un ser personal llamado Satanás, que actúa sembrando cizaña en los corazones. Y cuando los hombres, movidos por él, actúan en contra del orden querido por Dios se produce el desorden, el mal en todas sus facetas. Por eso sufrimos los seres humanos.
No debemos olvidar que el dolor y la muerte en los hombres no son castigos de Dios porque los hombres hayamos pecado, sino que tienen su única causa en los hombres. Se puede decir que Dios no castiga, que incluso el infierno no es un castigo. Dios nos ha amado al crearnos, y nos sigue amando aunque nos portemos mal, porque Él es bueno.
Sin embargo, al separarnos de Dios voluntariamente con el pecado, los hombres no dejamos que Dios nos pueda amar y salimos perjudicados. Por eso, el infierno (aunque también en él haya sufrimientos) consiste esencialmente en no estar con Dios -Amor infinito, fin del hombre-, que es lo peor que le puede suceder a una persona.
Conviene recordar que Dios no ha hecho el sufrimiento para el hombre ( y mucho menos el infierno). El dolor es una consecuencia de los pecados, es decir, de los actos voluntarios malos de los hombres. Por ser un desorden esencial del hombre con su Creador, el pecado trae unas consecuencias funestas para el propio hombre y para los demás. Por eso, hablando en rigor, es el único verdadero mal. Todos los otros males que acaecen en el mundo son relativos, y pueden ser ocasión para alabar a Dios.
Para no tener una noción equivocada y ver el pecado como algo que simplemente molesta a Dios, o algo semejante a una deficiencia en una obra de arte y que nos molesta a nosotros, o como algo que hay que evitar porque puede perjudicar la convivencia social, hay que recordar lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con El» (n. 1440). «Como ruptura con Dios, el pecado es el acto de desobediencia de una criatura que, al menos implícitamente, rechaza a Aquel de quien ha salido y la mantiene en la vida; es, por tanto, un acto suicida» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 15). Cada hombre ha sido creado para vivir en comunión con Dios. Nuestro fin es Dios, y el pecado es aquello que nos aparta de nuestro fin. Se puede decir que es una locura.
Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica no duda en afirmar que «a los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y nada tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la Iglesia y para el mundo entero» (n. 1488).
Si una persona supiera lo que supone realmente un pecado, procuraría no cometerlo jamás. Debido a la herida que deja el pecado en nuestra inteligencia, nos cuesta reconocer la verdad, se nos meten razones que distorsionan la realidad. Pues aunque nos cueste reconocerlo, las cosas que suceden en esta tierra tienen la importancia que tienen según el punto de vista de Dios. Lo más importante para el hombre es estar en comunión con Dios; para eso nos ha creado a cada uno a su imagen y semejanza. Y la realidad es que el alma en estado de pecado mortal está separada de esta comunión de Vida con Dios, está muerta a la vida de la gracia.
En este mundo no debemos dividir a las personas en buenas y malas, porque no hay personas absolutamente buenas ni personas absolutamente malas, ni podemos juzgar los corazones. Indudablemente Dios sí conoce perfectamente lo que sucede en el interior de cada uno, y cada cuál sabe en su conciencia si actúa según el querer de Dios o no. (En la eternidad, cuando se haya separado la cizaña del trigo, entonces sí habrá una separación total).
Al pecar uno se puede engañar imaginando que no pasa nada, que todo sigue igual. Pero no es así, porque nuestra actuación libre tiene una dimensión moral, es decir, una relación para con Dios: puede estar conforme con los designios de Dios (los Mandamientos) o no estarlo.
Porque las cosas son como son desde el punto de vista de Dios, no como nos gustaría a nosotros que fueran. Con cierta frecuencia se oye decir: a mí me parece, según mi opinión,...; cuando lo que debe importar es estar en la verdad. Y Dios dice la verdad. Dios no opina, Jesucristo no daba opiniones; cuando hablaba exponía la verdad, lo que nos viene bien a las personas. Y la verdad fundamental del comportamiento humano es que debemos hacer el bien y evitar el mal. El bien y el mal tal como lo ve Dios.
Por eso, quien está en la verdad tiene seguridad; quien trata de cumplir la voluntad de Dios manifestada en las enseñanzas de la Iglesia, puede tener la seguridad de que va por el buen camino, aunque el sentimiento le sugiera falsamente que no es así. Y al contrario, puede ser que quien peca se engañe y no haga caso de lo que la conciencia recta le sugiere, pero no por no tener sentimiento de culpabilidad quiere decir que no ha pasado nada.
Con el pecado sí que ha pasado algo: el hombre se degrada y la prueba del daño que se causa es el sufrimiento humano.