Todos los deportistas necesitan un entrenador para ir adelantando en el deporte. Porque al deportista que quiere batir una marca no le basta con tener condiciones físicas, ilusión y buena voluntad; precisa que alguien desde fuera le señale las metas que ha de ir cumpliendo, el régimen alimenticio a seguir, alguien que le corrija los defectos, que le anime en los momentos de ánimo bajo, etc. Si no, el deportista se equivoca inevitablemente, entrenando unos días excesivamente, o se deja llevar por la pereza, o no sigue el régimen.
Pues la lucha ascética para ganar en vida interior y alcanzar el Cielo hemos de tomárnosla como un deporte, si no no llegaremos a realizar ese proyecto que Dios tiene para cada uno tal como El lo quiere. Y no porque no tengamos buenas condiciones o nos falte buena voluntad, sino porque no sabemos. En la vida espiritual -que no se ve-, han de enseñarnos el camino, las dificultades que encontraremos, los medios para avanzar, etc.
Y en primer lugar hay que tener en cuenta, como nos dice san Pablo, «que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne», es decir, contra personas, «sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires» (Ef 6,12), contra el diablo. Y el diablo nos conoce muy bien porque es espíritu y porque es muy viejo; ha conocido muchas personas. Nosotros, en cambio, es la primera vez que vivimos y la verdad es que nos conocemos muy poco. Necesitamos alguien que, desde fuera de nosotros y con la preparación necesaria, nos ayude: nos diga la verdad, las dificultades, nuestras propias posibilidades, nuestros puntos flacos, etc. Si sólo contáramos con nuestro criterio acabaríamos abandonando la lucha ascética porque, como en nuestra vida, junto a las victorias y adelantos habrá errores y caídas, el diablo cuenta con un arma muy peligrosa: el desánimo.
Hemos de dejarnos ayudar porque la vida espiritual es, sobre todo, una labor del Espíritu Santo, aunque exige nuestra colaboración. Y el Espíritu Santo además de hablarnos en la oración y a lo largo del día, cuenta con la colaboración de intermediarios para decirnos algunas cosas.
¿Qué le sucedió a san Pablo? Lo cuenta él mismo. Que cuando el Señor se le apareció camino de Damasco, «yo dije: ¿Qué he de hacer, Señor? El Señor me dijo: Levántate y entra en Damasco, y allí se te dirá lo que has de hacer» (Hch 22,10). Y fue Ananías quien le orientó sobre lo que Dios quería de él. Para comenzar a tener vida interior y para ir aumentándola cada vez más es imprescindible este medio tradicional de la ascética cristiana. «El alma sola sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo; antes se irá enfriando que encendiendo» (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor).
Pero es que hasta humanamente lo necesitamos. ¡Cuántas veces necesitamos alguien que nos escuche, que nos comprenda; alguien de confianza a quien hacer partícipe de una alegría o -¿por qué no?- de una gran pena! Hay momentos en los que necesitamos, como los embalses de agua, de un rebosadero, porque si no reventamos.
Pero, ¡cuidado! Hemos de acudir a la persona que nos puede ayudar. Hay que hablar de las cosas del alma con la persona que se debe. Si no, después de la confidencia quedaría un poso amargo en el alma por haber hablado de lo que no debía con quien no debía.
La dirección espiritual se ha de mover en un clima sobrenatural. Porque el director espiritual no es simplemente un amigo a quien se cuentan los problemas -y mucho menos un psicólogo-; es un amigo que puede ayudarnos porque está cerca de Dios y nos puede decir lo que Dios espera de nosotros. Aparte de que reza y se esfuerza por descubrir la voluntad de Dios para las personas que le abren el alma.
Abrir el alma no es tarea fácil porque a nadie le gusta que se descubran los últimos repliegues de su corazón. A veces hay que hacerse violencia, como hay que hacérsela para que el médico haga una operación. Pero es necesario.
Quizá a veces queremos ser sinceros, pero no sabemos en el fondo lo que nos sucede, no sabemos cuál es la raíz de nuestras inquietudes o caídas. «En la piscina de una casa de campo hay un muerto... Y empiezan a aparecer manchas en la superficie del agua. Manchas inquietantes; y, aunque todos conocen el verdadero origen del asunto, nadie quiere tomar conciencia del problema. Llaman a un químico para que elimine las manchas de la superficie. Y el experto busca los detergentes apropiados, y al poco tiempo las manchas desaparecen, por el momento.
Por el momento, porque al cabo de pocos días las manchas vuelven a aparecer. Nueva llamada al químico, nuevos detergentes, y las manchas preocupantes vuelven a desaparecer. La operación se repite varias veces, hasta que el químico, un poco brutalmente, les dice un buen día a los dueños de la casa: Señores, sólo hay un remedio realmente eficaz. Hay que armarse de valor: es preciso sumergirse y sacar el muerto fuera» (F. Fernández Carvajal, La dirección espiritual).
Es posible que tuviéramos deseos de ser sinceros, que expongamos los síntomas, los efectos..., pero no acertáramos a conocer la raíz de nuestros males, y que hiciera falta que alguien nos ayudara. Por eso, ¡qué gran medio es éste para conocernos mejor!
Pero también puede suceder que sí sepamos lo que nos pasa, pero no queramos reconocerlo porque si no tendríamos que rectificar. Que llamemos a la pereza, a la gula, a la envidia..., con otros nombres: autenticidad, naturalidad, sinceridad... Cuando uno se pone de esta manera un pañuelo en los ojos para no ver, es cuando más necesita del director espiritual. Y a la vez es cuando más duele encontrarse con él, porque va a llamar a las cosas por sus nombres.
Quien se encierra en sí mismo y no se deja ayudar en esa situación se parece a una habitación llena de humos y humedades que se cierra a cal y canto. Allí se dan las condiciones propicias para que salgan todos los bichos. Es un clima molesto, irrespirable, donde se pueden coger todo tipo de enfermedades. Si eso sucediera en un alma, lo que hay que hacer enseguida es abrir las ventanas de par en par para que entre el aire puro, hablar para dejarse ayudar y, si fuese el caso, confesarse.
El diablo tiene mucho interés en que se produzcan esas situaciones, porque es el caldo de cultivo para todos los pecados. Quiere que vayamos en solitario por los caminos de la vida interior, que cerremos el alma a quien puede orientarnos porque, como errores podemos tener todos, acabaremos complicándonos, acabando mal. «Más valen dos que uno -dice el Eclesiástico-, porque mejor logran el fruto de su trabajo. Si uno cae el otro le levanta: pero ¡ay del que está solo, que, cuando cae, no tiene quien le levante!» (Si 4, 9-10).
Cuántos bienes nos llegan en la dirección espiritual: nos ayudan a conocernos más, nos dan buenos consejos que nos vienen bien a nosotros, nos ayudan a ser sinceros, hacemos un acto de humildad, descubrimos las tretas del enemigo y, si fuese el caso, nos confesamos. Al diablo no le hace ninguna gracia que vayamos a la dirección espiritual.
Y algo muy importante para avanzar en la vida espiritual: obedecer en lo que nos dicen. No sólo admitir como buenos los consejos que nos dan, sino tratar de ponerles ruedas para que se hagan realidad. De esta manera, ¡cómo mejoraremos nuestra oración y nuestro espíritu de mortificación; cómo ayudaremos más eficazmente a los demás, cómo tendremos más presencia de Dios durante el día...! Y no nos dejaremos abatir nunca por el desánimo en nuestras peleas contra las insidias del enemigo.
Es preciso que nos tomemos la lucha interior deportivamente, con gran confianza en Dios; poniendo los medios que El nos brinda con la certeza de que así siempre iremos bien.