La existencia del infierno es una de las verdades más veces reveladas por Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. La Iglesia ha definido como dogma de fe su existencia, que es eterno y que descienden a él inmediatamente las almas que mueren en pecado mortal (cfr. Benedicto XII, Const. Benedictus Deus). La Virgen de Fátima lo mostró a unos niños; Santa Teresa, Santa Catalina y otros santos lo han visto. Dios ha querido que la existencia de este lugar sea bien conocida. Llama la atención, por el contrario, el gran número de personas, incluso entre cristianos, que no se lo creen, que piensan que, a lo sumo, será una reprimenda de Dios, pero ni mucho menos será algo desagradable y eterno. Sin embargo, las palabras del Señor son inequívocas: «Id, malditos, al fuego eterno» (Mt 25, 41).
Hoy día hay cierta propensión a no hablar del infierno para que nadie se asuste, para que la gente viva por amor a Dios y no por temor al castigo. Pero no hablar del infierno no es predicar la fe de la Iglesia en su integridad, es engañar. No se trata de meter miedo, sino de estar en la verdad, y tenerlo en cuenta para no ofender a Dios: porque si el amor de Dios no nos mueve, que nos mueva el temor al castigo.
Llama la atención que Jesucristo, al hablar de este tema, no lo hacía como represión a los ladrones, homicidas o violentos para que dejaran de hacer el mal a base de tener miedo. En cierta ocasión dijo: «A vosotros, mis amigos, os digo: no temáis a los que matan el cuerpo y después de esto no pueden hacer más. Yo os mostraré a quién habéis de temer: temed al que después de haber dado la muerte, tiene poder para echar en la gehena. Sí, yo os digo que temáis a ése» (Lc 12, 4-5). Jesús se lo decía a sus amigos, a los Apóstoles, no para que se atemorizaran, sino para precaverles porque el infierno es una realidad y la actividad del diablo tampoco es una metáfora o modo de hablar.
En el infierno hay dos tipos de castigos: el gusano que no muere y el fuego que no se apaga (cfr. Mc 9,48). Por un lado, la que se denomina pena de daño, o privación de la contemplación y goce de Dios, lo cual angustia porque es el fracaso existencial de la persona; es como un dolor que carcome porque hemos sido creados para Dios y uno sabe que no llegará a El. Además está la pena de sentido. Es de fe que en el infierno se sufre el tormento del fuego, de un fuego real, aunque desconocemos su naturaleza.
Explicando esto, Santo Tomás dice: «Esa pena será inmensa en primer lugar por la separación de Dios y de todos los buenos. En esto consiste la pena de daño, en la separación, y es mayor que la pena de sentido. "Arrojad al siervo inútil a las tinieblas exteriores" (Mt 25, 30). En la vida actual los malos tienen tinieblas por dentro, las del pecado, pero en la futura las tendrán también por fuera. Será inmensa, en segundo lugar, por los remordimientos de su conciencia. Sin embargo, tal arrepentimiento y lamentaciones serán inútiles, pues provendrán no del odio de la maldad, sino del dolor del castigo. En tercer lugar, por la enormidad de la pena sensible, la del fuego del infierno, que atormentará alma y cuerpo. Es este tormento del fuego el más atroz, al decir de los santos. Se encontrarán como quien se está muriendo siempre y nunca muere ni ha de morir; por eso se le llama a esta situación muerte eterna, porque, como el moribundo se halla en el filo de la agonía, así estarán los condenados. En cuarto lugar, por no tener esperanza alguna de salvación. Si se les diera alguna esperanza de verse libres de sus tormentos, su pena se mitigaría; pero perdida aquélla por completo, su estado se torna insoportable» (Santo Tomás, Sobre el Credo).
Pero ¿no choca esta terrible justicia con el amor que Dios nos tiene? ¿No habrá misericordia para los condenados? No, pues «si fuese sólo la Justicia la que ha cavado el abismo, aún tendría remedio, pero es el Amor quien lo ha cavado; esto es lo que quita toda esperanza. Cuando se es condenado por la Justicia, se puede recurrir al Amor; pero cuando se es condenado por el Amor, ¿a quién recurrir? ¡Tal es la suerte de los condenados! El Amor que ha dado por ellos toda su sangre, es el mismo Amor que les maldice. ¡Cómo! ¿Habría venido un Dios aquí abajo por vosotros, habría tomado vuestra naturaleza, hablado vuestra lengua, curado vuestras heridas, resucitado vuestros muertos; habría sido El mismo muerto en la Cruz para que, después de todo esto, penséis que os es lícito blasfemar y reír, y caminar sin temor, desposarse con todas las disoluciones? Oh, no. Desengañaos, el amor no es un juego, no se es amado impunemente por un Dios, no se es amado impunemente hasta la muerte. No es la Justicia la que carece de misericordia, es el Amor quien os condena. El amor -lo hemos experimentado en demasía- es la vida o la muerte; y si se trata del amor de Dios, es la vida eterna o la muerte eterna» (Lacordaire, Conferencias de Nuestra Señora).
Es la misericordia de Dios quien da al condenado lo que desea. Gran misterio la libertad del hombre y el amor que Dios le tiene, que llega hasta permitirle que se condene. Dios no quiere sacar a los condenados en el infierno porque esa lamentable situación es la que han querido, su testamento, su última voluntad. Nuestra vida es como el hierro en la forja, que va adquiriendo la forma que voluntariamente deseamos. Con la muerte hay un enfriamiento repentino, y según la disposición que queda, así quedará para siempre. En cada acción voluntaria nos decidimos por el bien o por el mal. Cometer un pecado mortal a sabiendas supone una ruptura con Dios, aunque no sea eso lo que directamente se intente. El hijo pródigo de la parábola, en la que Jesús nos explicó en qué consiste el pecado y el arrepentimiento, no quería mal a su padre, lo que quería era irse y pasarlo bien, pero la consecuencia era que se alejó de su padre. Todo pecado mortal trae consigo el alejamiento del amor de Dios. Estar o no en gracia de Dios no se ve, pero es una realidad, la gran realidad de nuestra vida. Y quien muere en pecado mortal queda apartado de Dios para siempre.
Cuentan que una vez preguntó el diablo al cielo: «¿Por qué a los hombres en la tierra les perdonas y en cambio a mí no?» Y dicen que se oyó una voz que contestó: «¿Acaso alguna vez me has pedido perdón?» En esta tierra cabe el arrepentimiento, pero después de la muerte no, porque la voluntad queda fijada en su último gesto. Por eso, si a un condenado en el infierno se le preguntara dónde quiere ir, siempre querría ir allá, como las piedras siempre van al fondo del lago; querer sacarlas a flote es hacer violencia a su naturaleza. Pues algo semejante sucede con los condenados. Dios no quiere violentar la voluntad de los hombres. Quiere, por el contrario, que se le ame voluntariamente.
Estaba una religiosa enfermera junto al lecho de un viejo militar, que se debatía ya con la muerte. La monjita le hablaba del peligro del infierno, porque el hombre nada quería saber de conversión.
-Le he dicho mil veces que no hay infierno.
-Sí, pero, ¿lo ha demostrado? ¿Y si lo hubiera?
-Dios es demasiado bueno para arrojar a un hombre al infierno.
-El simple buen sentido nos dice que Dios no puede tratar de la misma manera a los que le sirven que a los que desprecian sus leyes. Por otra parte, ya verá usted pronto si existe el infierno.
Guardaba silencio la religiosa y rezaba. Después de unas horas de reflexión, el enfermo pedía un sacerdote. Se decía a sí mismo: «Hay que estar por el partido más seguro. Además no es prudente esperar a comprobarlo. Cuando se entra, no se sale».