Allí donde hoy se levanta, en las minas de diamantes de Sudáfrica, la ciudad de Dutoitspan, había a mediados del siglo pasado sólo una granja particular. Su poseedor se llamaba Van Wick. El propietario se había construido penosamente, con guijarros, barro y arena, una casita realmente pobre. Van Wick volvía una tarde cansado del campo, después de una fuerte tormenta, cuando... ¿Qué era aquello? Van Wick no daba crédito a sus ojos. El agua había limpiado la suciedad de la casa y aquella pobre barraca brillaba y resplandecía al sol del atardecer como si mil soles se reflejasen en ella. ¿Qué podía ser aquello? Eran piedras preciosas de la primera gran mina de diamantes, que de este modo se descubrió.
El alma en gracia tiene el tesoro más valioso que puede poseer. Pero la gracia, al ser un don que se recibe, se puede perder, porque es un accidente. ¿Y qué es un accidente? Es algo que nos sucede pero que podría no suceder: que nos demos un golpe con el coche, que seamos bajitos, o que sepamos escribir a máquina. Es algo que les sucede a las cosas. La piel, por ejemplo, puede estar blanca o bronceada. Es algo accidental para la piel, porque ella sigue siendo igualmente piel estando coloreada que no estándolo. Pues al alma le sucede algo semejante, puede estar en gracia de Dios o no estarlo. Por eso se dice metafóricamente que el alma en gracia es blanca y, en cambio, la que está en pecado se dice que está manchada. El alma ni es blanca ni se mancha, porque es espiritual, pero hacemos referencia a algo que le sucede aunque no lo veamos.
Por la gracia que comenzamos a tener al recibir el Bautismo nos hacemos hijos de Dios; poseemos una relación real de filiación con Dios Padre. Pero esa relación se puede perder si cometemos un pecado mortal. Jesucristo nos lo explicó con la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15, 11-24). Aquel chico vivía feliz en su casa, aunque tenía que cumplir unas normas que su padre quería que cumpliera. Un día el chico se quiso marchar en busca de lo que a él le parecía la libertad, la felicidad. El resultado fue muy distinto del que había pensado, pues pasó hambre, frío, tenía que dormir en el suelo..., y sobre todo había perdido su dignidad de hijo: había roto la relación con su padre y, a cambio, estaba cuidando cerdos. El pecado, según nos lo enseñó el Señor y la experiencia demuestra, es causa de muchos males humanos: desconfianzas, riñas, desórdenes, enfermedades, amargura interior, etc., en quien lo comete y en los demás. Pero sobre todo causa un mal que no podemos olvidar: la pérdida de la dignidad sobrenatural de hijos de Dios (cfr. Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia; Exh. apost. Reconciliación y Penitencia).
El pecado es siempre una injusticia sobrenatural, tiene una dimensión trascendente respecto a Dios; su dimensión más importante. Por eso es el verdadero mal, lo peor que le puede acaecer a una persona, porque, rota la relación de filiación con Dios, le hace acreedor del infierno. «Dios por su misericordia nos libre de tan gran mal, que no hay cosa mientras vivimos que merezca este nombre de mal, sino ésta, pues acarrea males eternos para sin fin» (Santa Teresa, Moradas primeras).
Hemos de valorar lo que supone el pecado para el alma, pues quien lo comete, en vez de brillar en Dios y por Dios como la luz del sol, entra en las tinieblas y «ninguna cosa le aprovecha, y de aquí viene que todas las buenas obras que hiciere estando así en pecado mortal son de ningún fruto para alcanzar gloria; porque no procediendo de aquel principio, que es Dios, de donde nuestra virtud es virtud, y apartándonos de El, no puede ser agradable a sus ojos; pues, en fin, el intento de quien hace un pecado mortal no es contentarle, sino hacer placer al demonio, que, como en las mismas tinieblas, así la pobre alma queda hecha una misma tiniebla» (Santa Teresa, Moradas primeras). Todo el bien que se hace en estado de pecado mortal no tiene valor sobrenatural, no cuenta a los ojos de Dios. Es como el jugador de fútbol que está en fuera de juego: ya puede correr y esforzarse, hacer goles con destreza... que todo eso no sirve, pues ha sido invalidada la jugada.
Dios quiere que vivamos su vida en esta tierra, que vivamos como en su casa (el mundo es la casa que Dios ha hecho para sus hijos), pero para eso es necesario cumplir los mandamientos. «No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21), nos dice Jesús. En el Cielo sólo entran los que mueren en estado de gracia. Por eso nos debe importar mucho vivir siempre en esta tierra de esa manera; valorar lo que vale nuestra alma en gracia y no cometer nunca un pecado mortal. Porque sólo se vive una vez y no sabemos cuándo moriremos. Sería una temeridad acostarse a dormir con el alma en esa situación. No podemos jugar con la misericordia de Dios como si con el pecado no pasase nada. Sí pasa, y a Dios no se le engaña. Si el castigo del pecado en la otra vida es el infierno, hemos de procurar no cometerlo nunca.
Sin embargo, lo que ha de movernos a no cometer el pecado no ha de ser tanto el miedo al castigo eterno, sino el temor a ofender a nuestro Padre Dios, que tanto nos ha amado enviándonos a su Hijo y que tanto nos ama. Porque ¿qué supone cometer un pecado mortal? Ya no es únicamente que la criatura reniegue de su Creador, sino el redimido que desprecia a su Redentor. Quizá una comparación nos pueda ayudar a entenderlo mejor.
Estaba el poeta triste porque amaba a una mujer y no sabía cómo hacer para que ella le correspondiera. El agua de la fuente le dijo que a ella le gustaban las rosas rojas. Si le llevaba un ramo de rosas rojas conquistaría su amor. Pero el poeta no encontraba esas rosas. El ruiseñor, viendo al poeta triste, voló por todo el país de un lado a otro buscando rosas rojas, pero sólo encontraba rosas blancas. ¿Qué hacer para que el poeta pudiera lograr su deseo? Por el agua de la fuente se enteró de que las rosas blancas se tornarían rojas si el rosal era regado con la sangre de un ruiseñor. El ruiseñor lo pensó y por fin se lanzó a un rosal. Apretó su pecho contra una espina. Su sangre bajaba por la rama hasta el suelo. Cuando no le quedaba más sangre, pudo ver cómo las rosas de aquel rosal cambiaban de color..., y murió. El poeta recogió las flores y las llevó a su amada. Pero ¿qué sucedió? La mujer se había enamorado de un comerciante que podía llenarla de tesoros y, ante su sorpresa, cogió el ramo y lo echó al barro y lo pisó...
Para que pudiéramos recuperar la libertad de hijos de Dios, Jesucristo pagó a Dios Padre el rescate con su Sangre. ¿Y qué hacemos con la libertad? El pecado supone despreciar, pisar ese rescate. Jesús, amante de los hombres, ilusionado... se ve incomprensiblemente despreciado, a cambio de una baratija, de la aparente felicidad del pecado. Éramos nosotros quienes teníamos que haber padecido la pasión y muerte en la cruz para pagar por nuestros delitos, y «fue él quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra salvación pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados» (Is 53, 4-5).
Eso supone el pecado, aun el pecado venial: despreciar a Quien tanto nos ha amado. Dios nos ve y espera de nosotros que no Le ofendamos, que tengamos una determinada determinación de no volver a pecar. Tener, como dice Santa Teresa, «tan grande determinación de no ofender al Señor, que perdierais mil vidas por no hacer un pecado venial y os dejaríais perseguir de todo el mundo (...); pecado, por chico que sea, que se entienda muy de advertencia que se hace, Dios nos libre de él. Yo no sé cómo tenemos tanto atrevimiento como es ir contra un tan gran Señor, aunque sea en muy poca cosa, cuanto más que no hay poco siendo contra una tan gran Majestad, viendo que nos está mirando» (Santa Teresa, Camino de perfección).