Hemos de acercarnos a comulgar con las debidas disposiciones. Nunca seremos dignos de recibir sacramentalmente al Señor, y cuanto más se conoce uno más indigno se reconoce. Para evitar que, por eso, nos retraigamos de hacerlo, y también para evitar lo contrario, es decir, que lo hagamos mal, la Iglesia ha señalado tres requisitos previos a la hora de acercarse a comulgar: estar en gracia de Dios, guardar el ayuno eucarístico y saber a Quién recibimos.
a) Saber a Quién recibimos. Hace falta distinguir entre el pan corriente y el Pan consagrado, en el cual no queda ya nada de pan salvo las apariencias externas: el sabor, el color, las dimensiones. Y de igual modo el Vino consagrado. Esta distinción se suele hacer, cuando se tiene fe, a la edad del discernimiento, es decir hacia los siete años. Uno sabe que en la Eucaristía está el Cuerpo y la Sangre de Cristo porque se fía de sus palabras: «Este es el pan que baja del cielo..., si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo» (Jn 6, 50-51).
Decimos que se reconoce a Cristo en la Eucaristía porque nos fiamos de su palabra, que es lo más importante, aunque tengamos otros testimonios que El ha querido dejarnos.
En Lanciano, pequeña población italiana situada a cuatro kilómetros de la autopista de Pescara a Bari, hay una iglesia dedicada a san Longino. En el siglo vii, un monje de la Orden de San Basilio, después de la Consagración padeció una fuerte tentación contra la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía. De pronto sus ojos contemplaron una maravilla: la Sagrada Hostia se convirtió en un pedazo de Carne y el Sanguis en coágulos.
Han pasado mil doscientos años. Actualmente el relicario en el que se contienen la Sangre y la Carne del milagro se guardan y adoran en la iglesia de San Francisco, de Lanciano. El 18 de noviembre de 1970, los frailes menores conventuales, con autorización de la Santa Sede, confiaron a los profesores Linoli y Bertelli, éste último de la Universidad de Siena, el análisis de tales reliquias. El 4 de marzo de 1971 estos profesores dictaminaron sus conclusiones, que han sido publicadas en muchas revistas científicas y en la obra de Bruno Sammaciaccia, titulada «I1 miracolo Eucaristico de Lanciano». Los principales resultados del análisis se pueden sintetizar así:
-La Carne es verdaderamente carne, la Sangre es verdaderamente sangre.
-Ambas pertenecen a una persona humana.
-La Carne y la Sangre son de una persona que está viva, no de un cadáver.
-La Carne y la Sangre son del mismo grupo sanguíneo (AB).
-El diagrama de esta Sangre corresponde al de una sangre humana que habría sido extraída de un cuerpo humano en el mismo día en que se hizo la prueba.
-La Carne está constituida de un tejido muscular del corazón (miocardio).
-La Conservación de estas reliquias, dejadas en su estado natural durante siglos y expuestas a la acción de agentes físicos, atmosféricos y biológicos, es un fenómeno extraordinario e inexplicable.
-Si se pesan los coágulos de sangre, y cada uno es de un grosor diferente, cada uno de entre ellos pesa exactamente el peso de los cinco coágulos reunidos.
En Lanciano, a la vista de cualquier hombre, está el milagro. Nosotros no creemos que Jesucristo esté en la Eucaristía por lo que diga la ciencia, sino porque nos lo dijo El, pero agradecemos estos hechos que rubrican Sus palabras.
b) Guardar el ayuno eucarístico. La razón de guardar ayuno antes de comulgar es el respeto y reverencia hacia el Santo Sacramento: que, hasta físicamente, no haya nada en nuestro cuerpo que desdiga, como es haber bebido licores en exceso o la misma corrupción de los alimentos en el estómago. Antiguamente el ayuno duraba desde la medianoche, por lo que se procuraba que las Misas fueran a primera hora del día. Después de varias modificaciones a lo largo del tiempo, Pablo VI dejó la ley del ayuno eucarístico en su forma actual, por la que se prohíbe tomar alimentos y bebidas una hora antes de la comunión. El agua no rompe el ayuno (cfr. Pablo VI, L'Osservatore Romano, 4-XII-1964).
En cuanto a la hora, debe entenderse una hora; por eso, si faltaran unos minutos desde que se comió o bebió, no se debe comulgar. Incluso aunque sean pocos minutos o poca la cantidad ingerida. Como habitualmente no hay obligación de comulgar, si no se pudiera hacer por falta el ayuno eucarístico, tendríamos que ofrecer al Señor la pena de no poder hacerlo, y así procuraremos estar más atentos la próxima vez para vivir esa mortificación, que incluso nos puede servir de recordatorio para prepararnos para comulgar. Conviene tener un mínimo de preparación y esto nos ayuda. De todas maneras, las personas ancianas o enfermas y sus acompañantes, y los sacerdotes que han de decir más de una Misa, están exceptuados de esta norma (cfr. CIC, canon 919).
c) Estar en gracia de Dios. «Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; y en ese caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes» (CIC, canon 916). El fundamento bíblico de este precepto son aquellas palabras de san Pablo, a los de Corinto: «Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación» (1 Co 11, 27-29).
Comerse y beber su propia condenación lo entendían perfectamente los destinatarios de la carta de San Pablo, porque cuando los atenienses condenaban a muerte a un hombre, escribían en un pergamino la sentencia, lo cortaban en varios trozos, y hacían que aquél los tragara con un poco de agua. Con esto daban a entender que la sentencia de muerte era irrevocable e imborrable; más aún, inseparable del reo, puesto que la había ingerido. Algo así sucede con el que comulga en pecado mortal, el sacrílego se une más estrechamente al Juez que puede condenarle y a la sentencia. Por eso, estando con conciencia de pecado grave no se debe comulgar, ni aun haciendo un acto de contrición (salvo una urgente necesidad), porque si no se comete sacrilegio. No se trata de una necesidad subjetiva (siento la necesidad de comulgar) porque Dios no llama a unirse a El en la Comunión a nadie que esté en pecado grave. Si uno se hallare en esa lamentable situación y pensase como bueno acercarse a comulgar, puede tener por cierto que no es una sugerencia del Cielo, sino un sentimiento subjetivo. Tampoco es necesidad grave el que otros pasan a comulgar y uno no quisiera ser menos. Porque cada uno es responsable de los propios actos, y quien nos juzga es Dios y no ha de importarnos lo que puedan pensar los demás.
No hay que olvidar en estos casos, que se puede comulgar espiritualmente. Es decir, se puede recibir la gracia del sacramento sin recibir el signo (el pan). Es la Comunión espiritual.
Estos tres requisitos son previos para comulgar bien. Pero una vez que hemos recibido al Señor hemos de hablarle, diciéndole cosas en silencio o leyendo oraciones o cantando. Son momentos de alabanza, de acción de gracias por tantas cosas; momentos de unión, comunión, con Dios que hemos de aprovechar. «Estaos vos con él de buena gana; no perdáis tan buena sazón de negociar, como es la hora después de haber comulgado» (Santa Teresa, Camino de Perfección). Alrededor de diez minutos permanece sacramentalmente el Señor en nosotros, sagrarios vivos, el tiempo que permanecen las especies sacramentales sin corromperse.
¿Se puede volver a comulgar otra vez en el mismo día? El Código de Derecho Canónico nos dice que «quien ya ha recibido la Santísima Eucaristía, puede recibirla otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que se participe» (canon 917). Ante una consulta que se hizo a la Pontificia Comisión para la interpretación auténtica del Código, esta Comisión contestó que sólo se puede comulgar otra vez en el mismo día, y no cuantas veces asista a la Misa, es decir, a lo sumo dos veces al día (Respuesta de 11-VII-1984).