Un niño chino acude al catecismo de la misión, ignorante de que el sacerdote ha sido detenido. Unos agentes comunistas le salen al paso y le preguntan: ¿Adónde vas?
- A la catequesis.
- Ya no hay catequesis.
- Entonces voy a ver al sacerdote.
- Ya no hay sacerdote.
- Entonces voy a la Iglesia.
- Ya no hay Iglesia.
Y el niño chino contesta: Yo estoy bautizado... Yo soy la Iglesia.
La Iglesia no la forma únicamente la Jerarquía, sino la comunidad de todos los bautizados. Ya Pío XII decía que los laicos «deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia» (Pío XII, Discurso 20-11-1946).
Pertenecer a la Iglesia no puede significar simple-mente una situación pasiva en Ella (estar sujeto al Derecho Canónico), ni tampoco una posición en el mundo, el mero hecho de llamarse católico. Pertenecer a la Iglesia ha de suponer una actitud activa del corazón por tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo en el Suyo: una permanente actividad de oración y de mortificación, por Dios y por los demás hombres.
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, ejerció su misión sacerdotal durante todo su andar por esta tierra: estaba uniendo, con sacrificio, lo terreno con Dios, y traía Dios a los hombres. Y consumó su misión sacerdotal en el sacrificio de la Cruz. El ha querido que los cristianos seamos eso, otro Cristo en cada época de la historia y en cada lugar de la tierra. Para ello ha querido que tres de sus Sacramentos (el Bautismo, la Confirmación y el Orden) confieran el carácter. El carácter es una señal indeleble que se imprime en el alma de quien lo recibe, que confiere una participación en el sacerdocio de Cristo.
El sacramento del orden da una configuración tal con Cristo Sacerdote que habilita para realizar in persona Christi, siendo el mismo Cristo, el sacramento de la Eucaristía y el perdón de los pecados, y ejercitar el ministerio de adoctrinar a las gentes en aquellas cosas que se refieren a Dios.
Pero no sólo el sacerdote, que ha recibido el sacramento del orden, tiene la misión de ser intermediario entre las cosas del cielo y las de la tierra. Por la gracia y la dignidad recibida en el bautismo «los fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo (...). Incorporados a Jesucristo, los bautizados están unidos a El y a su sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades (cfr. Rm 12, 1-2)» (Juan Pablo II, Exh. apost. Christifideles laici). El Santo Padre Juan Pablo II, en su Exhortación apostólica sobre la vocación y misión de los laicos añadía unas palabras del Concilio Vaticano II sobre este punto:
«Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso espiritual y corporal, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo (cfr. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor. De este modo también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran a Dios el mundo mismo» (Lumen gentium, n. 34).
El sacerdocio común de los fieles, diverso por la esencia y no sólo por el grado, del sacerdocio ministerial o jerárquico (cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 10), es una participación en el sacerdocio de Cristo distinta de la participación que poseen quienes han recibido el sacramento del orden. El cristiano que se toma en serio el cristianismo no es una especie de clérigo que todavía no ha llegado al sacerdocio, pero que puede realizar alguna actividad en una función litúrgica. Aunque esta participación (leer las lecturas en la Misa o el ejercicio de los demás ministerios laicales) y la colaboración en las instituciones eclesiásticas es importante, los laicos ejercen la función sacerdotal (su participación en el sacerdocio de Cristo) en el mundo. Allí son llamados, y el mundo es el ámbito y el medio donde han de ejercer su vocación (cfr. Juan Pablo II, o.c., n. 15). Ahí es donde ejercen su oficio profético, el apostolado, y su oficio real o regio, la lucha interior para que Cristo reine en ellos y en los demás.
Si considerásemos la vida corriente de un fiel laico en todas sus facetas (el trabajo, las relaciones familiares y sociales, etc.) como la materia, como el cuerpo, habríamos de decir que el espíritu cristiano que ha de vivificar todas esas relaciones y actividades orientándolas hacia Dios, ha de ser como el alma; el alma sacerdotal del cristiano. Alma sacerdotal que han de tener también, porque están bautizados y para cumplir su misión específica, quienes han recibido el sacramento del Orden.
Cada uno según sus circunstancias, el sacerdote como sacerdote, y los laicos como laicos, sin pensar que para alcanzar la santidad han de ejercer funciones propias de clérigos. El modelo para todos es Cristo,,y cada uno ha de procurar empeñarse en vivir como El vivió. Esto supone, ante todo, una actividad interior, un esfuerzo por estar personalmente muy cerca de Cristo. Es fundamental tener esa vida interior, tejida de oración, sacrificio y preocupación por los demás.
El cristiano está llamado, por el hecho del Bautismo, a ejercer el apostolado entre las personas que conoce, sin esperar a que nadie se lo encargue. Cuan-do se tiene vida interior, el apostolado surge espontáneamente. Por el contrario, cuando no se hace apostolado, es señal cierta de que falta vida interior. Es como un termómetro que mide el grado de nuestro amor a Dios y a los demás. «Con la maravillosa normalidad de lo divino, el alma contemplativa se desborda en afán apostólico: me ardía el corazón dentro del pecho, se encendía el fuego en mi meditación (Sal 38, 4). ¿Qué fuego es ése sino el mismo del que habla Cristo: fuego he venido a traer a la tierra y qué he de querer sino que arda? (Lc 12, 49). Fuego de apostolado que se robustece en la oración» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 120).
Cuando hay vida interior las necesidades materiales y espirituales de los demás dejan de resbalarnos y las hacemos nuestras. El cristiano, entonces, ve a los demás con los ojos de Dios, porque se sabe otro Cristo. Entonces se procura poner remedio a esas necesidades, no por filantropía o por compasión ante las desgracias ajenas, sino por amor. Además, hay unas necesidades de los demás que sólo se ven cuando se vive la vida de Cristo: la pobreza espiritual de los otros: que no están en gracia de Dios y necesitan confesar sus pecados, que les falta conocer la doctrina del Señor, que desconocen las virtudes cristianas, que desconocen el fin de su vida, etc.
¡Qué importante es que cada uno de los fieles, los laicos también, tengan vida interior! Cada uno puede ser, de esta manera, como un motor con el que cuente la Iglesia para evangelizar. Por este motivo se extendió tan rápidamente el cristianismo durante los primeros siglos, porque todos hablaban de lo que llevaban dentro. Sería un error dejar el apostolado sólo para unos especialistas en evangelización, reduciendo el apostolado de los laicos a la mera colaboración con uno de esos especialistas.
Un universitario que preparaba su tesis doctoral encontró en unos antiguos documentos un ejemplo de las muchas actividades que pueden realizar los cristianos con su iniciativa. Su tesis versaba sobre la evangelización de Hispanoamérica por los españoles en el siglo xvi. Se cuenta en los legajos que llegó en barco una expedición a una de las costas. Desembarcaron y se introdujeron tierra adentro por la selva. Iban soldados armados y algunos religiosos misioneros, uno de los cuales portaba una gran cruz. Avanzaban entre los árboles y el follaje por temor al ata-que de los indígenas. En un momento dado se abrió la espesura y encontraron de frente un nutrido grupo de indios que, ante su asombro, corearon al unísono: ¡Alabado sea Jesucristo, Molina, Molina! Frase que volvieron a repetir. Los españoles no salían de su asombro. Una vez que lograron entenderse con ellos, les explicaron que hacía tiempo había llegado otro barco, que se fue a pique en esas costas. Sólo pudieron salvar a uno con vida. Se llamaba Molina. Este les enseñó muchas cosas; por ejemplo, había puesto en el poblado una gran cruz y les había dado clases de catecismo. Todos los días comenzaba la clase con las palabras «Alabado sea Jesucristo», y todos los indios coreaban: «Alabado sea Jesucristo, Molina, Molina». Este hombre era un soldado. Ya había muerto, pero el camino para la posterior evangelización estaba abierto.
El soldado en su lugar de trabajo, el ingeniero en el suyo, y el médico, y el albañil, y la cocinera, y la azafata... No es preciso ir a países lejanos para evangelizar, para hacer apostolado; ni hace falta recibir un encargo de la Jerarquía para cristianizar la propia familia, el barrio, a los colegas de trabajo o a quienes uno encuentre cuando hace deporte. El panorama apostólico de los cristianos es vastísimo: el mundo de los ordenadores, el mundo de la moda, el mundo de los andamios, de las peluquerías, de la prensa... ¡el mundo!
Cuando murió Edison, inventor de la bombilla eléctrica, alguien dijo una hermosa alabanza suya en el momento de su despedida: «Si alguno hubiese observado la tierra desde un lejano planeta cuando nació Edison y la volviese a contemplar ahora que Edison ha muerto, subiría de categoría la tierra en la clasificación de las estrellas, porque ha aumentado su luz gracias a las innumerables bombillas eléctricas». Esto es una frase bonita. Jesucristo, en cambio, es verdaderamente la luz del mundo (Jn 8, 12) que vino a la tierra a traer el sentido divino a los hombres, dándonos los medios de salvación. Y Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14); cuenta con cada cristiano para que, con sus vidas y sus palabras, reconduzcan a todos los hombres y todas las cosas de la tierra a su verdadero fin, a Dios.