Hablemos de la Fe - Capítulo 2
Jesús Martínez García - Ed. Rialp. Madrid, 1992

PERTENECER A LA IGLESIA

 

Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella.
(Ef 5, 25)

El que creyere y fuere bautizado se salvará,
mas el que no creyere se condenará.
(Mc 16, 16)
Índice











Libro: Hablemos de la Fe
2. Pertenecer a la Iglesia
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


1. Jesucristo fundó la Iglesia


Dios podía haber salvado a los hombres individualmente, de modo que cada uno, guiado por el Espíritu Santo, conociese la verdad revelada y alcanzase su fin sobrenatural, sin necesidad de ningún lazo social de orden sobrenatural. Es claro que la salvación de cada uno depende de la gracia de Dios y de la correspondencia personal, pero Dios ha querido salvar a los hombres mediante una sociedad depositaria de toda su doctrina y de los demás medios de salvación que quiso dar a los hombres. Hubiera sido poco conveniente que Dios hubiera hecho una revelación inmediata a cada hombre, porque ese cristianismo individual habría, al poco tiempo, desnaturalizado las verdaderas enseñanzas cristianas. Además, si la naturaleza del hombre exige la sociedad para lograr su fin natural, es lógico que Dios haya querido una sociedad para el logro de su fin sobrenatural.

Los protestantes liberales y los modernistas afirmaron que Jesucristo no fundó la Iglesia como sociedad religiosa, jerárquica, externa y visible, compuesta de prelados y súbditos, puesto que Jesús pensaba (decían ellos) que el reino de Dios iba a ser de corta duración, y que ese reino es espiritual, consistente en la posesión de la verdad y la caridad. Según Sabatier y Harnack, el reino de Dios predicado por Cristo es un reino puramente interior o espiritual. Para Loisy y otros racionalistas, Jesucristo creía próximo el fin del mundo, por lo que predicaba un reino final o escatológico, y por eso jamás pensó en perpetuar ni organizar una iglesia.

Por su parte, La Iglesia Católica enseña que Jesucristo, «eterno Pastor y guardián de nuestras almas, para dar perpetuidad a la obra salvadora de la Redención, determinó edificar la Santa Iglesia, en la que, como en casa del Dios vivo, todos los fieles estuvieran unidos con una sola fe y caridad» (Concilio Vaticano I, ses. IV). Los Evangelios muestran claramente que Jesús, además de redimirnos y entregarnos los medios de salvación, quiso instituir una sociedad religiosa, esto es, una sociedad que tiene como fin la conservación y propagación de la religión verdadera. Con diversas imágenes habló de esta sociedad de vínculos espirituales: como un rebaño donde no están todas las ovejas que existen (cfr. Jn 10,17), como un campo sembrado de trigo donde crece también la cizaña (Mt 13, 24-30), como una red que recoge toda clase de peces, buenos y malos (Mt 13, 47-50). Indicaba así que el reino es algo exterior y visible. Al exponer las parábolas del banquete de bodas en que se sientan muchos convidados (Mt 22, 2-14) y de la viña en que trabajan muchos obreros (Mt 20, 1-15), indicaba el carácter colectivo, no individualista, de este reino.

La Iglesia es el Reino de Dios, presente ahora en el mundo, y no solamente el escatológico, el que tendrá lugar al final de los tiempos. Ciertamente el Reino de Dios, según los Evangelios, no llegará a su plenitud ni realizará toda su razón de ser sino al final del mundo, con la manifestación definitiva y gloriosa de la justicia de Dios. Entonces la humanidad entera verá el triunfo del reino de Dios y del señorío de Jesucristo, que dará el premio eterno a los buenos y el castigo, también eterno, a los malos. Mas el Reino que anuncia Jesús ya está en la tierra: «He aquí que el reino de Dios está entre vosotros» (Lc 17, 21). Este Reino de Dios, que llega desde los días de Juan Bautista y ya es predicado por Jesús (Mt 11, 12), debe crecer como el grano de mostaza, que «es la más pequeña de las semillas de la tierra; pero sembrado, crece y se hace más grande que todas las hortalizas, y echa ramas tan grandes que a su sombra pueden abrigarse las aves del cielo» (Mc 4, 31-32). Es a los comienzos como una pequeña grey (cfr. Lc 12, 32), pero después aumentará y será predicado en todo el mundo, como testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin (cfr. Mt 24, 14).






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2. Pertenecer a la Iglesia
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2. La Iglesia, sociedad jerárquica


En atención al origen de la autoridad, la sociedad puede ser democrática o jerárquica. Sociedad democrática es aquella en la que, por gozar todos sus miembros de iguales derechos y deberes, eligen libremente quién les va a mandar. La sociedad jerárquica, en cambio, es aquella en la que sólo uno o varios tienen derecho a establecer la autoridad. Pues bien, siendo la Iglesia una sociedad religiosa fundada por Jesucristo, cuya autoridad dejó a los Apóstoles, hay que decir que la Jerarquía de la Iglesia, por institución divina, no tiene su origen en el sufragio universal.

El fin de la Iglesia es la salvación de las almas, y en Ella hay una autoridad, Jesucristo, su Fundador. Y El la transfirió a sus Apóstoles. Les prometió dar-les la autoridad cuando les dijo: «En verdad os digo, cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo» (Mt 18, 18). Atar y desatar significan en el lenguaje rabínico prohibir y permitir, es decir, establecer lo que es lícito y lo que no lo es. Y les concedió la autoridad el mismo día de la Resurrección. Después de saludarles con la paz y mostrarles las manos y el costado, les dijo: «Como me envió mi Padre, así os envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20, 21-23). Jesús se marcharía al Cielo y les dejaría a ellos, que se quedaban en la tierra, la autoridad. Por eso les dijo también: «El que os recibe a vosotros, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió» (Mt 10, 40), «El que a vosotros oye, a mí me oye, y el que a vosotros desecha, a mí me desecha, y el que me desecha a mí, desecha al que me envió» (Lc 10, 16).

La autoridad en la Iglesia tiene una triple potestad: de gobierno, es decir, la facultad de dirigir a los fieles, que a su vez comprende la facultad legislativa, judicial y ejecutiva; de orden, esto es, la facultad de santificar a los hombres por medio de los sacramentos, y la potestad de magisterio o doctrinal, facultad de enseñar a los fieles con autoridad propia las verdades de fe y costumbres. Los Apóstoles recibieron de Jesucristo el mismo poder que El, como profeta, rey y sacerdote, había recibido del Padre: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mc 28, 18-20). Con estas palabras el Señor delegó en ellos todos los poderes: el de magisterio doctrinal (enseñad), el de orden o ministerio (bautizándolas) -la mención del Bautismo, puerta de la Iglesia y de los demás sacramentos, incluye los demás sacramentos- y el de gobierno o jurisdicción (enseñándoles a observar). Se trataba de una misión universal (enseñad a todas las gentes) y les prometió la asistencia divina hasta el fin del mundo. Esta autoridad crea entre los Apóstoles y los demás fieles una desigualdad jerárquica, como se pone de relieve en los Hechos de los Apóstoles y en las Epístolas de San Pablo.

A finales del siglo XX algunos (los «teólogos de la liberación») pretendieron distinguir entre el reino predicado por Jesús y la Iglesia como institución jerárquica. Para ellos, el reino no precisa de jerarquía, pues se hace presente en las personas que se hacen pobres. La iglesia de los pobres estaría vivificada, según ellos, por los carismas del Espíritu Santo, que sería Quien dirige la Iglesia. La Iglesia como institución jerárquica no sería necesaria, e incluso, podría ser una estructura de opresión si no sirviera a la causa de los pobres, y habría que liberarse de ella. El error de fondo que late en este punto de esta teoría compleja de la liberación fue puesto de relieve ya por Juan Pablo II en los comienzos de su pontificado al señalar la «separación que algunos establecen entre Iglesia y Reino de Dios. Éste, vaciado de su contenido total, es entendido más bien en sentido secularista: al Reino no se llegaría por la fe y la pertenencia a la Iglesia, sino por el mero cambio estructural y el compromiso socio-político. Donde hay un cierto tipo de compromiso y de praxis por la justicia, allí estaría ya presente el Reino (...). Se engendra en algunos casos una actitud de desconfianza hacia la Iglesia institucional u oficial, calificada como alienante, a la que se opondría otra Iglesia popular que nace del pueblo y se concreta en los pobres» (Juan Pablo II, Alocución en Puebla, 28-I-1979).

Jesucristo instituyó una sola Iglesia jerárquica y carismática a la vez; es decir, una organización visible con una estructura, en la cual el Espíritu Santo difunde sus carismas. Por eso, no tiene sentido pretender edificar un reino al margen de la Iglesia, porque Ella es el Reino de Dios en la tierra; Esposa de Cristo (cfr. Ef 5, 23-32), instrumento por el que nos llegan los medios de salvación.






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3. Notas de la Iglesia


Si sólo existiera una Iglesia o sociedad religiosa que reclamase para sí el título de cristiana, todo hombre la reconocería enseguida. Pero como son diversas las iglesias que reclaman para sí el título de verdaderas depositarias de la verdad de Jesucristo, se hace necesario conocerla por unas señas de identidad, unas notas por las que descubrir que estamos en presencia de la Iglesia que fundó Jesucristo y a la que prometió su asistencia perpetuamente. Estas notas de identidad deben ser visibles, es decir, hechos comprobables por todos los hombres de recto juicio, de modo que no puedan ser confundidas ni imitadas.

El símbolo de fe Niceno-Constantinopolitano del año 381 confiesa: «Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica». Vamos a ver que son unas características que dio Jesucristo a su Iglesia, y como son notas esenciales, la Iglesia que las posea, y posea todas, será la verdadera:

Unidad de la Iglesia es la unión de todos los fieles en la profesión de la misma fe, en la obediencia a los mismos pastores y en la recepción de los mismos sacramentos. Además la Iglesia es única, sólo hay una. Inmediatamente antes de la Pasión, Jesucristo pidió al Padre este don para su Iglesia, como participación de la unidad que existe en la Trinidad: «Pero no ruego sólo por éstos, sino por cuantos crean en mí por su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17, 20-22).

La Santidad es la propiedad visible de la verdadera Iglesia de Jesucristo, Quien da a los cristianos los medios de santidad y hace que ésta se manifieste externamente en ellos, en la limpieza de todo pecado y en la posesión de las virtudes. Cristo amó a la Iglesia santa e inmaculada (cfr. Ef 5, 25-27), dándole los medios de santidad. Todos los cristianos están llamados a la santidad (cfr. Mt 5, 48; 6, 33). La Iglesia es santa; es más, la santidad es el fin de la Iglesia de Jesucristo, luego este fin no puede frustrar-se y ha de ser el patrimonio de la verdadera Iglesia.

Además ha de ser Católica, universal, para todos los hombres de todos los tiempos y lugares, pues su Fundador dijo a los Apóstoles: «Id y enseñad a todas las gentes» (Mt 28, 19), «predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Aquella iglesia que no pretenda ser universal, que no tenga como tarea primordial la evangelización de todos los pueblos, no será la verdadera. Y ha de ser Apostólica, esto es, que traiga su origen de los Apóstoles. Una apostolicidad tanto doctrinal (que sea la misma doctrina), como jurisdiccional o de misión: que los pastores tengan su autoridad derivada por sucesión legítima y continua de los Apóstoles. Apóstol significa enviado. Jesucristo envió a sus Apóstoles dándoles la triple potestad jerárquica, y sólo reciben esta potestad aquellos a quienes los Apóstoles a su vez envíen. Nadie es legítimo sucesor suyo si no es por ellos enviado: «Todo el que invocare el nombre del Señor será salvo. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?» (Rm 10, 13-15). La misión o envío de un pastor de la Iglesia exige que su pro-moción al gobierno de esa Iglesia haya sido legítima (conforme al Derecho Canónico entonces establecido) y que ningún vicio esencial (por ejemplo, la herejía o el cisma) haya anulado el ejercicio de esa jurisdicción.






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4. La Iglesia Católica


Cuentan que, en cierta ocasión un católico, un protestante, un griego y uno de los llamados «viejos católicos» interrogaron a un hombre de un pueblo para que fallara sobre cuál era la verdadera Iglesia. Aquel hombre preguntó primero al protestante: -¿Cuándo se fundó vuestra Iglesia? -Hace 400 años. -¿Y qué eran vuestros mayores? - Católicos. Después preguntó lo mismo al griego, que contestó: -Hace 900 años y los que la fundaron eran católicos. El «viejo católico» contestó que su Iglesia se fundó en el año 1870 y que también eran católicos sus antepasados. Finalmente, se volvió al católico: -¿Desde cuándo existe vuestra Iglesia? -Desde hace dos mil años, desde que Cristo la fundó y la vivificó el día de Pentecostés. -¿Y quién te dice que es todavía la misma Iglesia? -Los Papas, que en sucesión ininterrumpida llegan hasta el primero, Pedro, quien fue investido de autoridad por el mismo Cristo. Entonces el hombre aquel pronunció esta sentencia: -Puesto que Cristo no fundó más que una sola Iglesia, solamente la católica puede ser la verdadera.

La Iglesia de Jesucristo subsiste en la Iglesia Católica, como se muestra analizando las cuatro notas. En primer lugar es Una, porque todos los fieles con sus Pastores están sometidos a la autoridad suprema del Romano Pontífice. En Ella hay, por consiguiente, la triple unidad: doctrinal (todos creen la misma fe), jerárquica (hay una autoridad suprema, el Papa, y unas mismas leyes generales contenidas en el Código canónico) y litúrgica (ya que todos admiten los mismos sacramentos y el mismo Sacrificio de la Misa, en cuya participación se unen los católicos de todo el mundo). Las diferencias accidentales de liturgia y de leyes particulares obedecen a la diversidad de pueblos y de tiempo, subordinados a la unidad general.

La Iglesia Católica es Santa, pues da a todos sus miembros los medios para alcanzar la santidad: con su doctrina completa acerca de la fe y de la práctica de virtudes; con su culto, que obliga a la participación en el Sacrificio de la Misa, a la recepción de los sacramentos y a la oración; con sus mandamientos, que promueven y facilitan la práctica del Decálogo.

Además manifiesta ejemplos heroicos de virtudes, tanto en instituciones, como en la santidad de los cristianos corrientes, como en la vida de los santos canonizados. Inculca virtudes en la sociedad (la caridad, la justicia, la humildad, la castidad, etc.) y la preocupación efectiva por todas las personas (educación de la juventud, cuidado de los enfermos, mejoramiento de los más necesitados). Finalmente se manifiesta su santidad en el uso constante de los carismas. Los milagros no han dejado de producirse, como lo atestiguan los procesos de beatificación y canonización de los Santos y la historia de los más famosos Santuarios Marianos; así como tampoco se han dejado de manifestar los demás carismas: el don de profecía, don de lenguas, discernimiento de espíritus, etc., otorgados por Dios a muchos santos y a otros cristianos.

Quizá alguien puede preguntarse: ¿cómo es que, la Iglesia siendo Santa, resulta que hay cristianos que no lo son? A este respecto cuenta A. Luciani una anécdota que se debe a Pitigrilli. En Londres, en Hyde Park, estaba hablando un predicador al aire libre, como es frecuente en ese lugar, cuando le interrumpió un individuo despeinado y sucio: «La Iglesia existe desde hace ya dos mil años y el mundo está lleno de ladrones, de adúlteros, de asesinos». «Tiene usted razón, respondió el predicador. Pero también hace dos millones de años que existe el agua y mire cómo tiene usted el cuello.» Comenta el que seria después Papa: En otras palabras; ha habido malos Papas, malos sacerdotes, malos católicos. Pero ¿qué significa eso? ¿Que se ha aplicado el Evangelio? No, todo lo contrario, en esos casos no se ha aplicado el Evangelio (cfr. A. Luciani, Ilustrísimos señores).

Comentaba Mons. Escrivá de Balaguer: «Los cristianos llevamos los grandes tesoros de la gracia en vasos de barro (cfr. 2 Co IV, 7); Dios ha confiado sus dones a la frágil y débil libertad humana y, aunque la fuerza del Señor ciertamente nos asiste, nuestra concupiscencia, nuestra comodidad y nuestro orgullo la rechazan a veces y nos llevan a caer en pecado. En muchas ocasiones, desde hace más de un cuarto de siglo, al recitar el Credo y afirmar mi fe en la divinidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, añado a pesar de los pesares. Cuando he comentado esa costumbre mía y alguno me pregunta a qué quiero referirme, respondo: a tus pecados y a los míos. Todo eso es cierto, pero no autoriza en modo alguno a juzgar a la Iglesia de manera humana, sin fe teologal, fijándose únicamente en la mayor o menor cualidad de determinados eclesiásticos o de ciertos cristianos. Proceder así es quedarse en la superficie. Lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios» (Es Cristo que pasa, n. 131).

Un lector asiduo de las crónicas escandalosas que atacan a la Iglesia murmuraba constantemente de los católicos. Su vecino, que ya estaba harto de sus comentarios, le llevó un día a su jardín, donde había un manzano, y le enseñó la fruta caída que había en el suelo.

-¿Ves estas manzanas? ¿Por qué han caído?

-Porque estaban estropeadas.

-Pues bien; si debajo de mi árbol hay algunas frutas malas, ¿crees tú que también han de serlo las otras y que el manzano no vale nada? Créeme, amigo, en toda sociedad puede haber miembros malos. La Iglesia es la sociedad más grandiosa que hay en el mundo, es un árbol maravilloso. Pero no hay que juzgarla por los frutos caídos, sino por los que quedan en Ella.

La Iglesia de Roma es Católica. Está extendida por todos los continentes y el Evangelio ha sido predicado a todas las personas sin distinguir si eran ricos o pobres, si eran cultos o no, si eran de una u otra raza. Ha sido una preocupación constante en la Iglesia la evangelización de todos los pueblos, y si en algún lado no se ha evangelizado no ha sido por causa de la Iglesia. Finalmente, la Iglesia Romana es Apostólica. Basta observar el interior de la basílica de San Pablo extramuros en Roma. Allí se encuentra una colección moderna de cuadros: uno por cada Pontífice, desde San Pedro hasta el actual. La sucesión ha sido ininterrumpida. Entre ellos se encuentran veintisiete mártires y se veneran en los altares setenta y siete santos. Todos los Obispos actuales de la Iglesia Católica pueden decir qué otro Obispo les impuso las manos, por cuya imposición le llega la misión apostólica. Y lo mismo podrían decir si vivieran quienes se las impusieron a ellos, y lo mismo los anteriores, así hasta llegar a los Apóstoles. La sucesión apostólica se ha cuidado con esmero en la Iglesia Católica porque desde siempre se ha tenido esta conciencia de la apostolicidad, de ser los sucesores de los Apóstoles, como signo visible en cada época de la verdadera Iglesia de Jesucristo.






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5. Donde está Pedro está la Iglesia


Después de escuchar el parecer de los hombres que le cuentan los Apóstoles, Jesús les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Y Jesús, respondiendo, les dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre, que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos. Y todo lo que atares sobre la tierra, será también atado en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado en los cielos» (Mt 16, 15-19).

Con estas palabras prometió Jesús a Pedro el Primado sobre los demás Apóstoles. El Señor empleó, en un lenguaje típicamente semítico, tres metáforas cargadas de un profundo contenido teológico. La primera metáfora: la piedra fundamental. Jesús responde a Simón, a quien antes había cambiado el nombre por el de Kefas (cfr. Jn 1, 42), que en arameo (lengua hablada por Cristo) significa piedra y es también del género masculino. «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.» Debieron sonar estas palabras en los oídos de los Apóstoles de un modo solemne. Porque para los judíos ¿quién era la piedra? Era Yahvé, Dios (cfr. Sal 17, 2; 17, 32), y era Jerusalén, la ciudad santa, fundada sobre roca, lugar donde estaba Dios (cfr. Is 28, 16). Dios y el lugar donde habitaba Dios. El mismo Jesús dijo que El era la piedra angular (Mt 21, 42-46), y San Pablo dice que en cuanto al fundamento de la vida espiritual no hay otro que Cristo (cfr. 1 Co 3, 11). Pero Jesús se marcharía a los cielos y dejaría una piedra visible, una roca donde estaría Dios. Pedro sería su vicario en la tierra, y le prometió que el poder del demonio jamás triunfaría sobre la Iglesia, precisamente porque estaba edificada sobre roca (cfr. Mt 7, 24).

A este respecto se puede recordar la broma que un periódico alemán gastó a Bismarck, el «Canciller de Hierro», por su persecución religiosa en 1874. Un artista dibujó en la pared una iglesia con gruesas maromas alrededor de ella y al señor Bismarck haciendo esfuerzos para derribarla o, más bien, para arrancar de cuajo el edificio, tirando de las maromas con toda su fuerza. El demonio, que ha estado observando todos sus esfuerzos, se acerca y le increpa: -¿Qué estás haciendo aquí?

-Estoy intentando derribar la Iglesia.

-¿Cuánto tiempo crees que emplearás en tal obra? -Tres o cuatro años.

-¡Hola! ¡Mil novecientos hace que estoy ocupado yo en la misma faena y no lo he logrado aún!

Segunda metáfora: las llaves del reino de los cielos. Entregar las llaves significa entregar la autoridad. Se lee en Isaías que Dios quitó a Sobna la prefectura del templo y se la dio a Eliacim diciendo: «pondré sobre sus hombros la llave de la casa de David: y abrirá, y no habrá quien pueda cerrar; y cerrará, y no habrá quien pueda abrir» (Is 22, 22); y Jesucristo aparece en el Apocalipsis como «el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David; el que abre, y ninguno cierra; cierra y ninguno abre» (Ap 3, 7). Cristo es el Señor, el amo de la casa que es la Iglesia, y confía las llaves a un Vicario suyo para que cuide de sus cosas mientras El está fuera.

Tercera metáfora: poder de atar y desatar. De mandar, permitir o prohibir. Es el poder de legislar cuanto creyere conveniente para el gobierno de la Iglesia. Su autoridad no es sólo la de un maestro que declara cuándo una cosa está permitida o prohibida por el legislador, sino que su autoridad es la del legislador y juez: él decide lo que está permitido o no. También los Apóstoles recibieron de Jesucristo bajo este símil la suprema autoridad espiritual, pero siempre bajo la dependencia de Pedro, porque sólo a Pedro puso por fundamento y le dio las llaves de la Iglesia.

¿Cuándo le concedió el Primado? Fue en los días siguientes a la Resurrección de Jesucristo. Dirigiéndose sólo a Pedro, le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? El le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Díjole: Apacienta mis corderos. Por segunda vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. Por tercera vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntase: ¿Me amas? Y le dijo: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Díjole Jesús: Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 15-17).

Apacentar significa en sentido propio dar alimento y dirección a un rebaño, y en sentido metafórico enseñar y gobernar, y así lo empleó el pueblo de Israel al escoger las tribus a David por Rey (cfr. 2 R 5, 2) y los profetas emplearon la misma imagen al hablar del Mesías como rey del pueblo escogido (cfr. Is 40, 11). El mismo Jesucristo se llama a sí mismo repetidas veces el Buen Pastor (Jn 10, 11-16). Jesús encomienda a Pedro los corderos y las ovejas, es decir, todo el rebaño, toda la Iglesia.

Pedro ejerció de esta manera su autoridad después de la Ascensión: propone la sustitución de Judas, es el primero en anunciar el Evangelio a los judíos, habla a los príncipes de los sacerdotes en nombre de los once, juzga y castiga a Ananías y Safira, propone el primero su parecer, que todos aceptan, en el Con-cilio de Jerusalén, etc. Los evangelistas nombran a San Pedro en primer lugar antes que a los demás, y San Pablo subió a Jerusalén a confrontar su predicación con la de Pedro.

El Primado concedido por Jesucristo a San Pedro no fue puramente personal. Muerto el Apóstol debía, por voluntad del Señor, pasar a sus legítimos sucesores. Y habiéndose trasladado Pedro a Roma por inspiración del Espíritu Santo, estableció allí su cátedra; de allí no se marchó, y allí murió crucificado en el circo de Nerón, y enterrado a pocos metros del circo, en la ladera del monte Vaticano. Todos los demás Papas han sido los Obispos de Roma, aunque hayan residido temporalmente fuera de allí. En el año 1244 ante la inminente llegada de las tropas imperiales de Federico II a Roma, Inocencio IV decidió abandonar la Ciudad Eterna. Un Obispo le dijo: «En el nombre de Dios, ¿vais a abandonar Roma, Santo Padre? ¿Qué será de la Iglesia?» «La Iglesia está donde se encuentra Pedro», respondió el Papa.

Cristo quiso dejar una señal cierta para que nadie equivocara con el paso del tiempo dónde está su Iglesia, y para eso dejó un Vicario suyo. Como dice San Agustín, «quiso fortalecer de antemano nuestros oídos contra los que, según El mismo advirtió, se habrían de levantar a lo largo de los tiempos, diciendo "Ved aquí a Cristo, miradlo allí" (Mt 24, 23). Y nos mandó que no diésemos crédito. No tendríamos excusa ninguna si no hiciéramos caso a la voz del Pastor, tan clara» (San Agustín, De unitate Ecclesiae, 11,28). Jesucristo es el Pastor de la iglesia, pero su Vicario en la tierra es San Pedro y sus sucesores, de tal manera que «donde está Pedro, allí está la Iglesia, allí no hay muerte sino vida eterna» (San Ambrosio, Enarrationes in Psalmos, 40,30).

Un día monseñor Fellice, vicario apostólico en Noruega, se vio interpelado por un protestante que le hizo esta pregunta: -¿Existe aún el Papa? Asombrado el vicario por la interrogación, le contestó: -Naturalmente. Pero ¿a qué viene esa pregunta? -Yo soy protestante, le respondió su interlocutor, pero desde este momento le ruego que me admita entre los católicos, porque si Lutero, nuestro fundador, dijo que él sería la muerte del papado, pero el Papa sigue existiendo mucho más tarde de la muerte de Lutero, Lutero fue un loco o un mentiroso. Dios no habría elegido a un loco o a un mentiroso para reformar la Iglesia. Por esto, desde ahora, yo y mi familia volvemos al catolicismo.






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6. Confesiones cristianas no católicas


De la Iglesia Católica se han ido separando a lo largo de su historia algunas porciones más o menos considerables de fieles. Las causas de esas separaciones han sido debidas a diferencias doctrinales unas veces, y otras a la intromisión del poder del Estado, con las consiguientes desviaciones en la fe. En ninguna de ellas se conservan las cuatro notas de la verdadera Iglesia.

Desde el siglo v se separaron las Iglesias orientales antiguas por cuestiones dogmáticas. Entre ellas están los nestorianos, apartados de la Iglesia Católica en el Concilio de Efeso, y los monofisitas, condenados por sus errores cristológicos en el Concilio de Calcedonia. Estos están divididos en jacobitas, armenos, coptos y abisinios. No hay que confundir estas iglesias separadas con aquellas comunidades católicas, unidas al Romano Pontífice, pero de rito no latino: rito armeno, griego, maronita, copto, ucraniano, etc. Siglos más tarde se separó la Iglesia griega u ortodoxa, para distinguirla de las anteriores. Tuvo su origen en la ambición de los Patriarcas de Constantinopla y la injerencia de los Emperadores de Oriente en asuntos eclesiásticos. El principal autor del cisma fue Focio, quien en el año 857 apartó a las iglesias orientales de la unión con Roma. Extinguido poco después el cisma, fue renovado en 1034, y consumado por el Patriarca Miguel Cerulario en 1054. Restaurada la comunión con la Iglesia Latina en el Concilio de Florencia del año 1439, el cisma se generalizó entre las iglesias orientales en 1454, año en que fue tomada Constantinopla por los turcos. Pertenecen a ella el Patriarcado de Constantinopla, la Iglesia de Grecia, el Arzobispado de Constanza, la Iglesia Rusa, el Exarcado de Bulgaria, la Iglesia Rumana, etc.

Aparte de las diferencias dogmáticas, tanto las Iglesias orientales antiguas como las Griegas carecen de la unidad doctrinal, porque para esto se precisa un magisterio infalible que tenga derecho a definir y resolver las diferentes cuestiones teológicas. Como estas iglesias estiman que el magisterio infalible reside únicamente en los Concilios Ecuménicos, de los cuales, el último aceptado por ellos tuvo lugar el año 787, resulta que entre ellos el ejercicio del magisterio infalible no se ha ejercido desde hace más de 1.200 años, y no parece que se vuelva a ejercitar por cuestiones de rivalidad política y de raza. Además carecen de la unidad de gobierno, pues las antiguas iglesias están divididas en cinco confesiones y las ortodoxas en dieciséis, todas independientes entre sí. Tampoco son formalmente apostólicas, pues, aunque en alguna de ellas (las Iglesias de Antioquía, Jerusalén y Alejandría) conservasen sus obispos la sucesión material y continua desde los tiempos apostólicos, no es sucesión legítima, pues les faltan las notas de unidad y catolicidad.

El otro gran bloque de Iglesias separadas de Roma son el protestantismo y el anglicanismo. Las Iglesias protestantes más importantes son el luteranismo y el calvinismo. Martín Lutero (1483-1546) enseñó que la Escritura, interpretada privadamente, es la única regla de fe. Como para él todos los cristianos son sacerdotes, la Iglesia no es sociedad jerárquica; se trata de una comunidad invisible, que depende del Estado civil, el cual es su suprema autoridad. Para Juan Calvino (1509-1564) también la Sagrada Escritura, interpretada privadamente, es la única regla de fe; existe una doble iglesia: invisible, formada sólo por los predestinados, y la visible, compuesta por los que tienen la misma fe y participan de los mismos sacramentos. La iglesia es independiente del Estado. Los presbíteros son delegados del pueblo e iguales en orden y jurisdicción a los obispos, por lo que suprime el episcopado; por esto, el calvinismo suele llamarse presbiterianismo.

El Anglicanismo fue fundado por Enrique VIII de Inglaterra (1491-1547), quien, irritado porque el Pontífice Clemente VII no quiso anular su matrimonio con Catalina de Aragón, se separó de la obediencia al Papa y se constituyó a sí mismo Jefe de la Iglesia Anglicana. Bajo Eduardo VI, su hijo, se introdujo el luteranismo y en el reinado de Isabel, el calvinismo, de modo que su doctrina es una mezcla de los dos. Muchos católicos fueron martirizados en la persecución religiosa, entre los cuales destacan Santo Tomás Moro y San Juan Fisher. Hoy día se designa con el nombre de Comunión Anglicana a un grupo de iglesias anglosajonas independientes unas de otras y ex-tendidas por Inglaterra, las colonias inglesas y Esta-dos Unidos. Las iglesias principales son la Alta Iglesia moderada, que admite el Símbolo de los Apóstoles, interpretado con vaguedad, rechaza el ascetismo de los ritualistas y sacrifica gustosa sus principios doctrinales en bien de la paz. El Ritualismo, promovido en el siglo pasado por el movimiento religioso de Oxford, se caracteriza por la vuelta parcial a los dogmas, los sacramentos y el culto de la Iglesia Católica, y por la aspiración a una vida religiosa más perfecta. La Iglesia Baja, afectada de gran puritanismo: observancia rigurosa del descanso dominical, lectura diaria de la Biblia, abstinencia de bebidas alcohólicas y de tabaco. Su doctrina se reduce a un sólo dogma: la salvación por la fe en Jesús.

Las Iglesias protestantes y anglicanas carecen de las notas de la verdadera Iglesia: de la unidad, tanto doctrinal (pues al ser el libre examen la regla de fe, cada iglesia, incluso cada persona, tiene sus dogmas) como jerárquica, (pues además de negar el Primado de jurisdicción del Romano Pontífice, no están acordes en el origen de la autoridad de sus pastores) y litúrgica (pues no están de acuerdo ni en el número de sacramentos, ni en su eficacia, ni en el culto). Las tentativas de unificación entre las diferentes comunidades protestantes han fracasado.

De las enseñanzas de sus fundadores se desprende que no buscan sus miembros la santidad tal como la predicó Jesucristo. La búsqueda de la perfección cristiana la consideran inútil, pues, se haga lo que se haga (dicen), es Dios quien salva a quien quiere. Por ello no tiene sentido para ellos la mortificación o la lucha ascética por adquirir virtudes.

Tampoco pueden ser católicas, porque el individualismo que propugna el protestantismo faculta a cada hombre para escoger las verdades que más le plazcan, generando un sinfín de iglesias independientes. Además suelen ser iglesias nacionales o simplemente locales. Por último, tampoco son apostólicas. Los calvinistas rechazan la jerarquía y hacen derivar la autoridad de sus jefes de la elección de sus Consistorios o del nombramiento del Estado, no de los Apóstoles, cuya sucesión rechazan. En las iglesias que admiten la jerarquía, como los episcopalianos, los luteranos y los anglicanos, la autoridad sagrada de sus obispos no deriva de los Apóstoles, sino del Estado civil, convertido en suprema autoridad religiosa. Por eso, la sucesión apostólica se extinguió en el siglo XVI.

La capital del estado norteamericano de Utah es el centro religioso más importante de los mormones, «Iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días», fundada por Joe Smith (1805-1844). Dicho personaje afirmó en 1823 que había recibido una revelación de un ángel para fundar la verdadera Iglesia de Jesucristo. Años después, cuando el obispo católico de Utah construyó la catedral, hizo poner sobre la puerta principal de ésta las siguientes palabras de San Pablo: «Aunque un ángel del cielo os anunciare otro Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema» (Ga 1,8).






Libro: Hablemos de la Fe
2. Pertenecer a la Iglesia
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


7. ¿Da igual ser católico que no serlo?


No da igual ser católico que no serlo. Algunos dicen que basta tener buena voluntad para que uno pueda decir que pertenece a la Iglesia Católica, aun-que crea en otras cosas distintas a las que Esta enseña, por ejemplo enseña esto Karl Rahner, al hablar de los cristianos anónimos. Pero no da igual, pues si diera lo mismo, no tendría sentido que Dios se haya hecho Hombre, que nos haya revelado una doctrina de salvación, ni habría instituido los Sacramentos, ni la Iglesia. «El que creyere y fuere bautizado, se salvará, mas el que no creyere se condenará» (Mc 16,16). Son palabras de Jesucristo. Y San Pablo habla de la necesidad de «una fe, un bautismo, un Dios y Padre» (Ef 4,5).

a) Una sola fe. Es preciso conocer y aceptar el Credo, las verdades fundamentales predicadas por Jesucristo y que la Iglesia nos enseña para que nos salvemos. «Todos los hombres, nos dice el Concilio Vaticano II, tienen obligación de buscar la verdad, sobre todo en lo referente a Dios y a su Iglesia, y una vez conocida esa verdad, tienen que abrazarla y llevarla a la práctica» (Decl. Dignitatis humanae, n. 11). La rectitud de intención lleva a buscar la verdad, y una vez conocida, a seguirla. Si no, es que no hay verdadera buena voluntad. Y esto lo sabe cada hombre en el fondo de su corazón. Es cierto que en las religiones naturales, en las diversas filosofías, y en las iglesias cristianas no católicas tienen los hombres verdades, pero la totalidad de la verdad que salva sólo se encuentra en la Iglesia de Jesucristo.

Gustavo Bickell, profesor protestante de universidad y conocedor insigne de las lenguas orientales, estaba copiando los himnos desconocidos de San Efrén en los que el santo cantor ensalza también a la Concebida sin mancha, cuando empezó a pensar: «Los protestantes rechazamos el culto a María, pero aquí en estos documentos de los primeros siglos hay un elocuente testimonio; luego el protestantismo no puede ser la religión verdadera». Dos años después, en 1865, el ex profesor de universidad, ya católico, decía su primera Misa junto a la tumba de San Bonifacio, el apóstol de Germania.

b) Un solo bautismo. Para la salvación es necesario recibir el Sacramento del Bautismo. En él se nos aplica la Redención de Cristo en la Cruz; por él se nos quita el pecado original y los pecados personales si los hubiera; nos hace hijos de Dios y miembros de la Iglesia, y nos capacita para recibir los demás sacramentos, pues, sin haber recibido el Bautismo, la recepción de cualquier otro seria inválida. Los niños y los que carecen de razón son bautizados en la fe de la Iglesia, que se preocupa de que reciban la formación cristiana. Los padres, los padrinos del Bautismo y los párrocos tienen esta obligación especial. Así, cuando el niño tenga uso de razón podrá abrazar voluntariamente el compromiso cristiano. Mientras tanto, Dios mora en el alma del que es bautizado, es hecho hijo de Dios y el Espíritu Santo comienza a hacer su obra de la santificación. Por eso, privar voluntariamente a los niños durante largo tiempo de este sacramento puede ser un pecado grave, al no darles un medio de santificación al que tienen derecho. La Iglesia desea vivamente que los niños sean bautizados cuanto antes (cfr. S. C. Doctrina de la Fe, Instrucción, 20-X-1980).

Iglesia significa la reunión de los convocados. Sus miembros son llamados o convocados por Dios en el Sacramento del Bautismo, a través de sus ministros, de modo semejante a como los israelitas eran convocados por Moisés y los sacerdotes para dar el culto a Dios. Todos los hombres estamos llamados a la santidad, a gozar eternamente con Dios en el Cielo. Pero eso se realiza participando en la asamblea o Iglesia, medio por el cual Dios quiere hacer efectivo ese llamamiento. Por eso es preciso bautizarse, es preciso pertenecer a la Iglesia. «Dios quiere salvar a los hombres no aisladamente, sino como formando un pueblo» (Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 9).

c) Un solo Dios y Padre. Aquellos que no han recibido la revelación cristiana buscan a Dios como a tientas. A los cristianos no católicos, aunque conocen algunas verdades reveladas, les falta la revelación completa (les falta la interpretación auténtica de la Sagrada Escritura y la Tradición). La actitud de los católicos ante los que no lo son ha de ser una actitud de comprensión, de caridad y de diálogo, pues muchas veces no son las personas las culpables de no poseer toda la verdad, sino que así aprendieron las cosas. Pero a la vez se ha de evitar caer en el irenismo, es decir, en el error de pensar que cediendo los católicos en algunas verdades y cediendo los demás en otras se podría llegar a unas fórmulas de compromiso aceptables por todos, porque entonces los católicos no creeríamos en toda la verdad que salva. No podemos desvirtuar el depósito de la fe que se nos ha confiado. «La transigencia es señal cierta de no tener la verdad. -Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un... hombre sin ideal, sin honra y sin Fe» (San Josemaría, Camino, n. 394). Por eso, el último Concilio, al hablar del ecumenismo (ese gran esfuerzo de acercamiento entre los católicos y los que no lo son), advierte que «es absolutamente necesario que se exponga con claridad toda la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo como ese falso irenismo, que desvirtúa la pureza de la doctrina católica y oscurece su sentido genuino y verdadero» (Concilio Vaticano II, Decr. Unitatis redintegratio, n. 11).

Conviene que cada uno de los fieles cristianos conozca bien toda la doctrina que la Iglesia enseña para poder mostrarla a los que no la saben bien. En cierta ocasión el Papa Gregorio XVI recibió en audiencia a un sabio no católico que visitaba Roma.

-¿Le ha gustado a usted la basílica de San Pedro?, le preguntó el Pontífice. -El colosal edificio me abrumó al principio en vez de atraerme, respondió el sabio; pero al entrar en él y someter todas las partes de la basílica a un detenido estudio fue aumentando mi complacencia a medida que contemplaba edificio tan maravilloso. -Ése es el buen camino de todo, contestó el Papa; entrad en la iglesia y no os detengáis en la puerta, procurad conocer la Iglesia Católica por dentro.

Cuando se enseña en toda su verdad la doctrina católica, atrae y acaba por asombrar su coherencia y altura. Pero cuando se dialoga sin conocer bien la doctrina, se siembra la confusión y no se convence a nadie. Por eso es muy importante saberla bien, y mostrarla a los no católicos para que, reconociendo la verdadera Iglesia, puedan tratar a Dios como Padre, pues, como escribió San Cipriano, «nadie puede tener a Dios como Padre si no tiene a la Iglesia como Madre» (San Cipriano, Sobre la unidad de la Iglesia católica).






Libro: Hablemos de la Fe
2. Pertenecer a la Iglesia
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


8. La salvación de los no católicos


El Concilio Vaticano II «enseña, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. El único Mediador y camino de salvación es Cristo, quien se hace presente en todos nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. El mismo, al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual, no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negarán a entrar o a perseverar en ella» (Const. dogm. Lumen gentium, n. 14). De estas palabras se deduce que, para los que han recibido suficiente instrucción es absolutamente necesario abrazar íntegramente la fe católica, pertenecer a la Iglesia y participar de sus medios de salvación. Quien no quiere pertenecer a Ella, se cierra a sí mismo las puertas del cielo. Además, de esto, hace falta perseverar en la caridad, vivir en gracia de Dios, porque si no se permanecería en la Iglesia en cuerpo, pero no en el espíritu (cfr. ibídem).

Los cristianos no católicos, es decir, aquellos que están bautizados válidamente pero pertenecen a una confesión desgajada de la Iglesia de Jesucristo, presupuesta la absoluta buena fe y la ignorancia de su deber de convertirse al catolicismo, como poseen elementos válidos de salvación (creen en Dios Padre todopoderoso y en Cristo, Hijo de Dios Salvador, están sellados con el bautismo, reconocen la Sagrada Escritura, etc.), pueden alcanzar la vida eterna por estos medios. Pero siendo esos elementos incompletos y permaneciendo por derecho natural y divino la obligación de abrazarlos en su plenitud, que solamente alcanzan en la Iglesia católica, insiste el Concilio en la necesidad de orar y trabajar para que, según la voluntad de Cristo, se unan todos los cristianos en una sola grey y bajo un único Pastor, que es el sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo en la tierra.

Y los no bautizados, ¿pueden también alcanzar la salvación? «Aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan vida honesta y recta, pueden conseguir la vida eterna, por la operación de la virtud de la luz divina y de las gracias» (Pío IX, Enc. Quanto conficiamur moerore). Se puede decir que una persona en esas circunstancias tendría el deseo implícito de recibir el bautismo y, aunque separado del cuerpo de la Iglesia, estaría unido al alma de ella y, por consiguiente, en camino de salvación. El Concilio Vaticano II lo expone diciendo que, «quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sin-cero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios» (Lumen gentium, n. 16).

Dios ve el fondo del corazón y da su gracia a quienes Le buscan y no ponen obstáculos por su parte. Sin embargo, no podemos caer en la ingenuidad de creer que les sea fácil la salvación, pues no es fácil reunir todas las condiciones que la Iglesia señala para esas personas: vida honesta, guardar la ley natural, etc. Y, si los cristianos, que contamos con la ayuda de los sacramentos y de la Comunión de los Santos, encontramos tanta dificultad para seguir la Ley de Dios (por la herida del pecado original y los pecados personales), cuánto no les costará a los no católicos. Por eso, la Iglesia enseña que, «con mucha frecuencia los hombres, engañados por el maligno, se hicieron necios en sus razonamientos y trocaron la verdad de Dios por la mentira sirviendo a la criatura en lugar de al Creador (cfr. Rm 1, 21), o viviendo y muriendo sin Dios en este mundo están expuestos a la desesperación eterna» (Lumen gentium, n. 16).

Los católicos tenemos una obligación grave: la de evangelizar. ¡Ay de mí si no evangelizare!, exclama el Apóstol (1 Co 9, 16), porque hemos de ayudar a los no bautizados, a los bautizados no católicos, y a los católicos que ignoran su fe para que conozcan la verdad enseñada por Jesucristo y puedan participar de su vida divina (cfr. Pablo VI, Exh. apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975).






Libro: Hablemos de la Fe
2. Pertenecer a la Iglesia
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


9. Alma sacerdotal de todos los fieles


Un niño chino acude al catecismo de la misión, ignorante de que el sacerdote ha sido detenido. Unos agentes comunistas le salen al paso y le preguntan: ¿Adónde vas?

- A la catequesis.

- Ya no hay catequesis.

- Entonces voy a ver al sacerdote.

- Ya no hay sacerdote.

- Entonces voy a la Iglesia.

- Ya no hay Iglesia.

Y el niño chino contesta: Yo estoy bautizado... Yo soy la Iglesia.

La Iglesia no la forma únicamente la Jerarquía, sino la comunidad de todos los bautizados. Ya Pío XII decía que los laicos «deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia» (Pío XII, Discurso 20-11-1946).

Pertenecer a la Iglesia no puede significar simple-mente una situación pasiva en Ella (estar sujeto al Derecho Canónico), ni tampoco una posición en el mundo, el mero hecho de llamarse católico. Pertenecer a la Iglesia ha de suponer una actitud activa del corazón por tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo en el Suyo: una permanente actividad de oración y de mortificación, por Dios y por los demás hombres.

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, ejerció su misión sacerdotal durante todo su andar por esta tierra: estaba uniendo, con sacrificio, lo terreno con Dios, y traía Dios a los hombres. Y consumó su misión sacerdotal en el sacrificio de la Cruz. El ha querido que los cristianos seamos eso, otro Cristo en cada época de la historia y en cada lugar de la tierra. Para ello ha querido que tres de sus Sacramentos (el Bautismo, la Confirmación y el Orden) confieran el carácter. El carácter es una señal indeleble que se imprime en el alma de quien lo recibe, que confiere una participación en el sacerdocio de Cristo.

El sacramento del orden da una configuración tal con Cristo Sacerdote que habilita para realizar in persona Christi, siendo el mismo Cristo, el sacramento de la Eucaristía y el perdón de los pecados, y ejercitar el ministerio de adoctrinar a las gentes en aquellas cosas que se refieren a Dios.

Pero no sólo el sacerdote, que ha recibido el sacramento del orden, tiene la misión de ser intermediario entre las cosas del cielo y las de la tierra. Por la gracia y la dignidad recibida en el bautismo «los fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo (...). Incorporados a Jesucristo, los bautizados están unidos a El y a su sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades (cfr. Rm 12, 1-2)» (Juan Pablo II, Exh. apost. Christifideles laici). El Santo Padre Juan Pablo II, en su Exhortación apostólica sobre la vocación y misión de los laicos añadía unas palabras del Concilio Vaticano II sobre este punto:

«Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso espiritual y corporal, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo (cfr. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor. De este modo también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran a Dios el mundo mismo» (Lumen gentium, n. 34).

El sacerdocio común de los fieles, diverso por la esencia y no sólo por el grado, del sacerdocio ministerial o jerárquico (cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 10), es una participación en el sacerdocio de Cristo distinta de la participación que poseen quienes han recibido el sacramento del orden. El cristiano que se toma en serio el cristianismo no es una especie de clérigo que todavía no ha llegado al sacerdocio, pero que puede realizar alguna actividad en una función litúrgica. Aunque esta participación (leer las lecturas en la Misa o el ejercicio de los demás ministerios laicales) y la colaboración en las instituciones eclesiásticas es importante, los laicos ejercen la función sacerdotal (su participación en el sacerdocio de Cristo) en el mundo. Allí son llamados, y el mundo es el ámbito y el medio donde han de ejercer su vocación (cfr. Juan Pablo II, o.c., n. 15). Ahí es donde ejercen su oficio profético, el apostolado, y su oficio real o regio, la lucha interior para que Cristo reine en ellos y en los demás.

Si considerásemos la vida corriente de un fiel laico en todas sus facetas (el trabajo, las relaciones familiares y sociales, etc.) como la materia, como el cuerpo, habríamos de decir que el espíritu cristiano que ha de vivificar todas esas relaciones y actividades orientándolas hacia Dios, ha de ser como el alma; el alma sacerdotal del cristiano. Alma sacerdotal que han de tener también, porque están bautizados y para cumplir su misión específica, quienes han recibido el sacramento del Orden.

Cada uno según sus circunstancias, el sacerdote como sacerdote, y los laicos como laicos, sin pensar que para alcanzar la santidad han de ejercer funciones propias de clérigos. El modelo para todos es Cristo,,y cada uno ha de procurar empeñarse en vivir como El vivió. Esto supone, ante todo, una actividad interior, un esfuerzo por estar personalmente muy cerca de Cristo. Es fundamental tener esa vida interior, tejida de oración, sacrificio y preocupación por los demás.

El cristiano está llamado, por el hecho del Bautismo, a ejercer el apostolado entre las personas que conoce, sin esperar a que nadie se lo encargue. Cuan-do se tiene vida interior, el apostolado surge espontáneamente. Por el contrario, cuando no se hace apostolado, es señal cierta de que falta vida interior. Es como un termómetro que mide el grado de nuestro amor a Dios y a los demás. «Con la maravillosa normalidad de lo divino, el alma contemplativa se desborda en afán apostólico: me ardía el corazón dentro del pecho, se encendía el fuego en mi meditación (Sal 38, 4). ¿Qué fuego es ése sino el mismo del que habla Cristo: fuego he venido a traer a la tierra y qué he de querer sino que arda? (Lc 12, 49). Fuego de apostolado que se robustece en la oración» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 120).

Cuando hay vida interior las necesidades materiales y espirituales de los demás dejan de resbalarnos y las hacemos nuestras. El cristiano, entonces, ve a los demás con los ojos de Dios, porque se sabe otro Cristo. Entonces se procura poner remedio a esas necesidades, no por filantropía o por compasión ante las desgracias ajenas, sino por amor. Además, hay unas necesidades de los demás que sólo se ven cuando se vive la vida de Cristo: la pobreza espiritual de los otros: que no están en gracia de Dios y necesitan confesar sus pecados, que les falta conocer la doctrina del Señor, que desconocen las virtudes cristianas, que desconocen el fin de su vida, etc.

¡Qué importante es que cada uno de los fieles, los laicos también, tengan vida interior! Cada uno puede ser, de esta manera, como un motor con el que cuente la Iglesia para evangelizar. Por este motivo se extendió tan rápidamente el cristianismo durante los primeros siglos, porque todos hablaban de lo que llevaban dentro. Sería un error dejar el apostolado sólo para unos especialistas en evangelización, reduciendo el apostolado de los laicos a la mera colaboración con uno de esos especialistas.

Un universitario que preparaba su tesis doctoral encontró en unos antiguos documentos un ejemplo de las muchas actividades que pueden realizar los cristianos con su iniciativa. Su tesis versaba sobre la evangelización de Hispanoamérica por los españoles en el siglo xvi. Se cuenta en los legajos que llegó en barco una expedición a una de las costas. Desembarcaron y se introdujeron tierra adentro por la selva. Iban soldados armados y algunos religiosos misioneros, uno de los cuales portaba una gran cruz. Avanzaban entre los árboles y el follaje por temor al ata-que de los indígenas. En un momento dado se abrió la espesura y encontraron de frente un nutrido grupo de indios que, ante su asombro, corearon al unísono: ¡Alabado sea Jesucristo, Molina, Molina! Frase que volvieron a repetir. Los españoles no salían de su asombro. Una vez que lograron entenderse con ellos, les explicaron que hacía tiempo había llegado otro barco, que se fue a pique en esas costas. Sólo pudieron salvar a uno con vida. Se llamaba Molina. Este les enseñó muchas cosas; por ejemplo, había puesto en el poblado una gran cruz y les había dado clases de catecismo. Todos los días comenzaba la clase con las palabras «Alabado sea Jesucristo», y todos los indios coreaban: «Alabado sea Jesucristo, Molina, Molina». Este hombre era un soldado. Ya había muerto, pero el camino para la posterior evangelización estaba abierto.

El soldado en su lugar de trabajo, el ingeniero en el suyo, y el médico, y el albañil, y la cocinera, y la azafata... No es preciso ir a países lejanos para evangelizar, para hacer apostolado; ni hace falta recibir un encargo de la Jerarquía para cristianizar la propia familia, el barrio, a los colegas de trabajo o a quienes uno encuentre cuando hace deporte. El panorama apostólico de los cristianos es vastísimo: el mundo de los ordenadores, el mundo de la moda, el mundo de los andamios, de las peluquerías, de la prensa... ¡el mundo!

Cuando murió Edison, inventor de la bombilla eléctrica, alguien dijo una hermosa alabanza suya en el momento de su despedida: «Si alguno hubiese observado la tierra desde un lejano planeta cuando nació Edison y la volviese a contemplar ahora que Edison ha muerto, subiría de categoría la tierra en la clasificación de las estrellas, porque ha aumentado su luz gracias a las innumerables bombillas eléctricas». Esto es una frase bonita. Jesucristo, en cambio, es verdaderamente la luz del mundo (Jn 8, 12) que vino a la tierra a traer el sentido divino a los hombres, dándonos los medios de salvación. Y Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14); cuenta con cada cristiano para que, con sus vidas y sus palabras, reconduzcan a todos los hombres y todas las cosas de la tierra a su verdadero fin, a Dios.