Hablemos de la Fe - Capítulo 1
Jesús Martínez García - Ed. Rialp. Madrid, 1992

CREER: FIARSE DE DIOS

 

Índice











Libro: Hablemos de la Fe
1. Creer: fiarse de Dios
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


1. Dios existe


Dice el agnóstico: «Puede que exista Dios, pero yo no lo sé, porque no Le he visto ni he tenido una experiencia de El. Si tuviera alguna prueba, entonces creería». Así piensan algunos, y viven como si Dios no existiera.

Los hombres tenemos el peligro de estar viendo y escuchando todo el día, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, cosas que hemos hecho los propios hombres: el asfalto de la calle, los periódicos que leemos, la televisión, los coches, los cigarrillos, los alimentos... Todo, todo lo ha elaborado algún hombre. Hasta los setos y los árboles de la ciudad están controlados. Hasta el melocotón que aparece en la mesa ha sufrido un control y un proceso por un hombre o una máquina. Tenemos un gran peligro: estar viendo un mundo creado por el hombre y para el hombre.

Necesitamos salir de ese mundo de cemento y plástico para contemplar la naturaleza como es en sí, sin manipulación, y poder asombrarnos. ¡Ah, el no asombrarse, gran atrofia del hombre moderno! Porque uno ya no se asombra de nada: ha recibido tantas noticias al cabo del día y tantos regalos ya desde pequeño que no se admira por nada. Gran servidumbre ésta, porque para preguntarnos por el porqué de las cosas hace falta admirarse. Por eso hay tantos que no se preguntan los últimos porqués, y se limitan a repetir frases hechas que dice todo el mundo...

Hemos de salir del pequeño horizonte creado por el hombre y admirarnos del mundo creado por Dios. Admirarnos, por ejemplo de la organización entre las abejas y sus sistemas de comunicación; de que una abeja dé 440 aleteos por segundo, o sea, más de 26.000 por minuto, y eso durante horas; asombrarnos de que haya golondrinas que recorren más de 15.000 kilómetros en sus migraciones, repitiendo cada año el mismo recorrido; que existan más de un millón de especies de plantas, quince mil de aves, más de un millón de especies de insectos; asombrarse de que una mariposa tenga veinte mil ojos-facetas, y que haya más de cien mil especies de mariposas; asombrarse de que en el cerebro humano haya ciento diez mil millones de células; que uniendo los hilos nerviosos de un hombre se llegaría a cubrir una distancia muy superior a lo que dista la Tierra de la Luna...

Y hemos de levantar nuestros ojos y contemplar el espacio sideral. ¿Qué es un hombre en el planeta Tierra visto por un astronauta desde la Luna? No se le ve. Pues la Tierra es 1.303.800 veces más pequeña que el Sol. ¿Y el Sol? No es de las estrellas más grandes. La estrella Antares es un sol inmenso; su diámetro de cuatrocientos millones de kilómetros englobaría a una buena parte de nuestro sistema solar; la órbita de la Tierra quedaría toda inmersa en la masa de Antares. Haría falta un rosario de trescientos soles como el nuestro, puestos en fila, para abarcar el diámetro de Antares. Si redujéramos la Tierra al tamaño de un perdigón de escopeta, el Sol sería como un balón de fútbol y Antares superaría con creces la cúpula de San Pedro del Vaticano (cfr. J. L. Comellas, Guía del firmamento,).

Pero hemos de admirarnos más; sólo en nuestra galaxia -la Vía Láctea- hay más de 400.000 millones de estrellas. Y de estas galaxias -grandes islas del espacio formadas por millones de estrellas- se han descubierto más de quinientas (J. L. Comellas, o. c.).

¿Quién ha puesto ahí todos los astros con sus leyes inexorables, quién ha hecho los ojos de las moscas o el complicadísimo ojo humano? ¿La casualidad?

Subían unos señores por un camino de montaña, en el Pirineo. Uno llevaba a su hija pequeña de seis años. Comenzaron a divisar cada poco trecho unos montoncitos de piedras sobrepuestas sin cemento. Pasados varios de esos rústicos mojones, la niña preguntó a su padre: «Papá, ¿por qué has puesto estas piedras aquí?» Y antes de que su padre le respondiera, uno de los acompañantes le dijo: «No ha sido tu papá, niña. ¿Sabes qué pasó? Un día hubo una gran tempestad de lluvia, granizo, viento; y comenzaron a rodar piedras de la montaña y algunas se fueron colocando así como las ves». La niña no respondió; pero volvió la cara hacia su padre casi espantada, con unos ojazos como diciendo: ¿Estará loco este señor?

Pues sólo faltaría que uno siguiera un camino señalizado por la casualidad, por alguien no inteligente. Y si por cinco piedras juntas sabemos con certeza que alguien las ha puesto inteligentemente, ¿qué no sucederá con el universo entero? El mundo reclama la existencia de un Hacedor. Es más, «el cielo proclama la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal 18, 1). Ahí tiene el agnóstico la prueba que busca, «porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos a través de las obras que fueron hechas» (Rm 1,20). Por eso es inexcusable no creer que Dios existe. Lo que hace falta es mirar el mundo para descubrir al Creador. Ese Alguien inteligente que ha puesto en el universo y que no se confunde con él es Dios.






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1. Creer: fiarse de Dios
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2. Dios revela verdades


Si Dios existe, es posible que se haya relacionado con los hombres, con los seres inteligentes que hay en el mundo, para revelarles verdades. El término revelar significa, en general, desvelar, quitar el velo para ver algo que hay escondido. En este sentido se utiliza, por ejemplo, en fotografía. Cuando decimos que Dios revela verdades a los hombres nos referimos a la manifestación que hace a los hombres de verdades que les estaban escondidas; sean verdades que se refieren a Dios mismo, o sean referidas a cosas creadas, por ejemplo, sobre el origen y el fin del mundo.

Dios revela a los hombres verdades por dos caminos: a través de las cosas que ha creado, y a través de manifestaciones hechas de palabra o por acontecimientos a algunos hombres.

Al crear las cosas, Dios ha dejado como una huella. Las cosas son vestigios de Dios; el hombre tiene incluso espíritu. A través de las cosas y del hombre podemos conocer algo sobre Dios, sobre su Hacedor: su existencia y sus atributos de bondad, unidad, simplicidad, sabiduría, omnipotencia, etc.; porque están reflejados, aunque imperfectamente, en ellos. Cualquier persona que no haya sufrido presiones deformadoras en su inteligencia y tenga las disposiciones morales adecuadas puede llegar a este conocimiento natural de Dios.

Dios se ha revelado de esta manera a todos los hombres de todos los tiempos, porque Dios ama a todos los hombres que ha creado, y desea que todos Le reconozcan y Le amen. Esta revelación natural a través de las criaturas está en la base de lo que comúnmente se llama religión natural, que consiste en la aceptación por parte del hombre de que hay Dios, que hay un solo Dios, que es remunerador, que el hombre debe obedecerle y manifestarle respeto reconociéndole como su Creador, y ha de hacerlo interna y externamente, individual y colectivamente. Estos principios, traducidos luego en una doctrina, una moral y un culto, están mejor o peor conseguidos en las religiones naturales, verdaderas religiones (no religiones verdaderas, que sólo hay una).

Junto a esta revelación natural, Dios ha podido hacer -y ha hecho- una revelación sobrenatural. Una vez creadas las cosas ha querido realizar una intervención nueva, tanto para comunicar a los hombres verdades naturales que podrían conocer por la sola luz de la razón -por ejemplo, la inmortalidad del alma o el hecho de la creación-, como para comunicarles verdades estrictamente sobrenaturales que exceden la posibilidad de ser alcanzadas, sin una intervención divina, por cualquier inteligencia creada, como que hay tres Personas en Dios, que Jesucristo es Dios, que los sacramentos causan la gracia, etcétera.

Dios puede revelar verdades estrictamente sobrenaturales a los hombres porque es Dios. Pero ¿puede nuestra inteligencia conocer esas verdades si son misterios? Claro que sí, porque el objeto de nuestro conocimiento es la verdad, la veamos inmediatamente o no. La verdad es el objeto adecuado a nuestra inteligencia, y aunque no la captemos en todos sus detalles o en toda su amplitud, no repugna a nuestro modo de conocer.

Iba un muchacho leyendo en el tren, cuando le dijo un señor:

-¿Qué lees con tanta atención?

-Una historia interesantísima de un musulmán que abrazó la fe católica y recibió el bautismo y la sagrada comunión.

-¿Pero tú crees en la comunión y en semejantes misterios?

-Sí; yo creo todo lo que Dios ha revelado y la Iglesia me enseña.

-¡Qué Dios ni qué Iglesia! Yo, que he estudiado la naturaleza, nunca he encontrado la huella de Dios...

-Entonces usted no la ha querido encontrar, porque cada flor, cada hilo de hierba, ponen de manifiesto la sabiduría y la omnipotencia de Dios. Este mundo, ¿se ha hecho por sí solo?

-¡Ah! ¿vienes tú a enseñarme a mí? -interrumpió el señor-. Eres un chiquillo. Tú crees lo absurdo; yo sólo creo lo que veo.

-Dispense: ¿ha visto alguna vez su inteligencia?

-Eso es imposible.

-Pues bien, usted debe decir que no la tiene. El sabio naturalista calló, mientras que los demás viajeros sonreían y celebraban tan curiosa discusión.






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3. Para fiarse: tener motivos de credibilidad


En todo conocimiento se produce un sometimiento de la inteligencia a la verdad. No sólo porque para conocer hace falta que la voluntad quiera conocer, sino porque la razón acepta esas cosas que conoce. Hasta que la inteligencia no ve la verdad, no asiente. La evidencia hace que el intelecto se someta. Esta evidencia puede provenir de lo que captan los sentidos: al comprobar, por ejemplo, que no se puede atravesar la pared que se tiene delante. La evidencia también puede provenir de la lógica o de la matemática. Es aplastante para la inteligencia comprobar una vez y otra que el triángulo tiene a la vez tres lados. La verdad se impone.

Y hay otro modo de captar la verdad: saberla porque nos la dicen. En este caso el contenido de lo que nos cuentan puede no ser evidente para nosotros, pero podemos tener certeza, y certeza absoluta, por otra evidencia: que quien nos lo dice es evidente que dice la verdad. Este es el conocimiento que tenemos por fe: uno se fía de alguien que tiene autoridad en ese tema. Este tipo de adquisición de conocimientos lo utilizamos con muchísima frecuencia: cuando nos dicen que la comida está servida o cuando nos fiamos de los carteles indicadores de las carreteras. Sin embargo, siempre en estos casos, como un acto reflejo, uno se cerciora de quién dice eso o quién ha colocado el letrero, no sea que el cartel de la carretera sea de cartón, pintado por unos chiquillos. Queremos comprobar la autoridad del que lo dice, y si esa autoridad nos merece confianza, nos lo creemos; decimos: eso es así.

Pues suponiendo que Dios haya revelado verdades de orden sobrenatural a los hombres -que sí lo ha hecho-, hemos de estar dispuestos a creerlas porque Dios no puede engañarnos si es Dios. Ahora bien, ¿cómo saber que esas verdades vienen de Dios?, o lo que es lo mismo, ¿cómo saber cuál es la religión verdadera a través de la cual Dios ha querido revelar verdades? Esto no lo podemos saber investigando únicamente en el contenido de las verdades que se nos presentan, ya que esas verdades no son evidentes para nosotros, y además en todas las religiones hay una parte de misterio. Hace falta tener unas garantías distintas a los contenidos de la fe que nos indiquen que esas proposiciones vienen de Dios. De lo contrario, si no está probado esto, no es razonable creer con la seguridad absoluta que requiere la fe; lo razonable sería creer en la medida que parecen coherentes esas verdades o en la medida que inspire confianza la sabiduría o buena fe del que lo dice. Lo razonable en estos casos es creer sólo hasta cierto punto. Tiene que haber, por tanto, unos testimonios exteriores que certifiquen los contenidos de la fe como venidos de Dios.

En cierta ocasión decía un caballero alejado de los principios religiosos a una hermana suya que se había tomado en serio el cristianismo:

-No me explico tu modo de vivir; no comprendo el porqué de tantas privaciones y sacrificios. ¿Qué te propones con ello?

-Me propongo ganar el cielo, respondió ella.

-¿Y cómo sabes que vas a lograrlo con estos medios?

-Así me lo enseña el Evangelio.

-¿Y quién te ha dicho que el Evangelio dice la verdad? ¿No pueden ser falsos sus consejos?

-Dime tú, ¿cómo sabes que en tu oficina de Hacienda una orden viene del Ministerio?

-Pues averiguando la firma y el sello del ministro. ¿Por qué lo dices?

-Pues porque eso he hecho yo también; he averiguado que el Evangelio lleva el sello de Dios.

-¿Y cuál es el sello de las obras de Dios?

-El milagro y la profecía.

Los milagros y las profecías son esos testimonios externos al contenido mismo de la doctrina que muestran que esa doctrina ha sido dicha por Dios. Los milagros son hechos extraordinarios y observables que se realizan al margen de las leyes de la naturaleza. Por ejemplo, que resucite un muerto o que el agua, sin más, se convierta en vino. En ellos se refleja la omnipotencia divina, pues al no haber sido producidos por una causa natural, sólo pueden tener como causa inmediata a Dios mismo, autor de las leyes de la naturaleza. Sólo sirven como criterio de credibilidad los milagros sensibles, observables, y que no puedan atribuirse a ninguna causa natural, ni terrena ni extraterrena (los ángeles o los demonios). La profecía es una predicción infalible de un futuro contingente, que sólo se puede prever con certeza por una iluminación sobrenatural. Los milagros y las profecías cumplidas nos atestiguan claramente que nos encontramos ante verdades reveladas por Dios, es decir, ante la religión verdadera.






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4. Dios ha hablado a su Pueblo


Las religiones naturales que se encuentran por todo el mundo se esfuerzan por responder de varias maneras a la inquietud del corazón humano, proponiendo caminos, es decir, doctrinas, normas de vida y ritos sagrados, que orientan a los hombres para liberarse de las angustias de la condición terrena, y poner su refugio en Dios (hinduismo, budismo); incluso algunos (los musulmanes) adoran al único Dios, viviente y subsistente, Creador, que habló con los hombres (cfr. Concilio Vaticano II, Decl. Nostra aetate, n. 2 y 3). Sin embargo, en ninguna religión ha podido probar nadie con profecías cumplidas y milagros que las verdades de su doctrina tenían a Dios por autor. Nadie salvo algunas personas pertenecientes al pueblo judío.

En cierta ocasión quiso informarse Holofernes, general supremo del ejército asirio, sobre quién era ese pueblo que habitaba en las montañas, porque sólo él había despreciado a su ejército. Entonces, uno de sus jefes, Aquior, le habló del pueblo de Israel y que tuviera cuidado en atacarle porque Dios estaba con él: «Ese pueblo desciende de los caldeos... Abandonando, pues, las ceremonias de sus padres, que adoraban muchos dioses, dieron culto al solo Dios del cielo; el cual les mandó salir de allí (de Mesopotamia) y pasar a vivir a Canaán. Mas como después sobreviniese una gran carestía en todo aquel país, bajaron a Egipto...; tratándolos con dureza al rey de Egipto... clamaron a su Señor, el cual hirió con varias plagas a toda la tierra de Egipto...; ellos huyeron, y el Dios del cielo les abrió el mar... y de este modo caminando a pie enjuto atravesaron el fondo del mar... Salidos del mar Rojo, hicieron alto en el desierto del monte Sinaí... allí las fuentes amargas se les convirtieron en dulces, a fin de que pudiesen beber, y por espacio de cuarenta años recibieron el alimento del cielo. Doquiera que pusieron el pie, sin arco ni flecha, sin escudo ni espada, peleó por ellos su Dios, y fue vencedor. Ni hubo quien pudiese hacer daño a este pueblo, sino cuando él se desvió del culto del Señor su Dios» (Jdt 5, 6-17).

La Biblia nos relata la existencia de un pueblo al que Dios reveló una serie de verdades, y para probar que estaba con ellos les otorgó su favor. Basta leer los pasajes de la Biblia para darse cuenta de que no son invenciones de una o varias personas, sino que durante generaciones, muchísimos hijos de Israel y de los pueblos vecinos vieron con sus ojos los portentos que Dios hizo con ellos. Ni siquiera la Biblia la ha escrito un solo hombre; son muchos los que dan fe de los milagros y del cumplimiento de las profecías que hicieron tantos hombres en nombre del Señor.

Este pueblo escogido por Dios, y a través del cual Dios quiso revelar a los hombres verdades en orden a la salvación, cumplió su misión hasta la llegada al mundo de Jesucristo, verdadero Hombre y verdadero Dios, que completó la revelación divina y estableció una Nueva Alianza, creando el nuevo Pueblo de Dios, que es la Iglesia. Jesucristo es Dios, y lo demostró a las autoridades principales de los judíos de su tiempo: en El se cumplían las profecías, se fueron cumpliendo las que El profetizó y realizó admirables milagros, observados por miles de personas, sobre todo el milagro de su propia Resurrección.

Jesucristo predicó una doctrina y fundó una Iglesia. Desde entonces, «a la Iglesia Católica sola pertenecen todas aquellas cosas, tantas y tan maravillosas, que han sido divinamente dispuestas para la evidente credibilidad de la fe cristiana. Es más, la Iglesia por sí misma, es decir, por su admirable propagación, eximia santidad e inexhausta fecundidad, es un grande y perpetuo motivo de credibilidad, y testimonio irrefragable de su divina legación» (Concilio Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, cap. 3)

La admirable vida de la Iglesia es lo que llevó a convertirse al catolicismo en julio de 1922 al gran escritor G. K. Chesterton. Empezó a considerar que podía ser injusta la sentencia de muerte que habían dictado contra la fe cristiana. Repasó los argumentos con que se atacaba la religión, y le sorprendió que fueran tantos y tan contradictorios. Vio la Iglesia como un auténtico milagro. Era la única institución sobre la tierra que, pretendiendo ser divina, había sabido mantener un balance misterioso entre mil posibilidades distintas durante casi veinte siglos. Vio a la Iglesia como la única persona sana en medio de una muchedumbre que se había vuelto loca. Vio la fe católica siempre joven y aún más joven, mientras que todo a su alrededor crecía en decrepitud y pesimismo (cfr. T. Toth, Creo en Dios).

Una vez que se cree que el cristianismo es la religión revelada por Dios, se comprueba que es la religión que colma las mejores aspiraciones humanas: el deseo de plenitud personal, de equilibrio, de bondad, de liberación de las imperfecciones morales y del pecado; la aspiración a una vida de paz y de amor; el ansia de entender y explicar el mundo que nos rodea y, particularmente, el dolor y la muerte. Analizando la doctrina cristiana se comprueba que es sublime e internamente armónica, con una perfecta adecuación entre doctrina y vida, entre lo corporal y lo espiritual, lo natural y lo sobrenatural, lo personal y lo social.

Cualquier persona que no sepa cuál es la religión verdadera y tenga buena voluntad por encontrarla, si lee la vida y las enseñanzas de Jesucristo se asombrará como se maravillaban de su doctrina quienes Le escuchaban en Palestina (cfr. Mt 7,28), de tal manera que algunos decían: «jamás hombre alguno habló como éste» (Jn 7,46). Nadie que tenga buenas disposiciones deja de asombrarse ante esta admirable doctrina y no puede por menos de interrogarse si no está en ella la verdad revelada por Dios.






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5. Historicidad de los evangelios


Tenía el gran emperador Carlomagno una nietecita a quien quería mucho, Imelda. Como era muy curiosa, siempre estaba acosando a su augusto abuelo con preguntas sobre el porqué de las cosas. En su honor fundó Carlomagno la primera escuela en Aquisgrán. Cuando sus ocupaciones le dejaban libre, se personaba en la clase y él mismo hacía de profesor. A esta clase jamás faltaba Imelda. Un día el ilustre maestro anunció a sus alumnos que iban a traer los tres libros más bellos que en el mundo existen. Al día siguiente clavaron en él sus miradas desbordantes de curiosidad, sobre todo Imelda. El emperador sólo llevaba un libro y les dijo: «Aquí tenemos tres libros que nos hablan de Dios. El primer libro es el cielo, el segundo es la conciencia, y el tercer libro es éste: el Evangelio».

Aparte de los escritos del nuevo Testamento y de los evangelios apócrifos, hablan de Jesucristo y sus discípulos Plinio el Joven en una carta escrita hacia el año 112 dirigida a su tío el emperador Trajano; Tácito en sus Anales, escritos hacia el año 115; Suetonio, secretario de Adriano en sus Vidas de los Césares, hacia el año 120; Flavio Josefo, conocido historiador judío, en sus Antigüedades judías, del año 94, y el mismo Talmud de los judíos.

Pero sobre todo existen cuatro biografías de Jesús donde se narran su vida y sus milagros. Son los cuatro Evangelios que, si bien cada autor (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) lo escribió cada uno por su cuenta, narran la vida del mismo hombre y entre ellos no existe ninguna contradicción. Estos testimonios son de una importancia capital, por lo que hemos de saber con seguridad si verdaderamente son libros históricos, si relatan hechos que realmente ocurrieron o si acaso su pretendido fondo histórico está oscurecido por leyendas o adiciones. Veamos.

Un libro histórico merece fe cuando es auténtico, íntegro y verídico; es decir, cuando el autor del libro no sólo conoció los sucesos que refiere y no quiere engañar a sus lectores (libro verídico), sino que el libro fue escrito en la época y por el autor que se le atribuye (libro auténtico, no apócrifo), y ha llegado hasta nosotros sin alteración sustancial (libro íntegro). Pues bien, los cuatro Evangelios reúnen estas tres cualidades.

Son auténticos, en primer lugar, porque sólo un autor judío contemporáneo de Jesucristo o discípulo suyo inmediato pudo escribirlos, ya que Jerusalén fue destruida el año 70 y desterrada en masa la nación judía. Un escritor posterior no habría podido describir bien los lugares ni lo que sucedió. Los cuatro autores conocen muy bien los edificios y lugares de Jerusalén. La lengua original en que fueron escritos fue el griego vulgar, (no el griego clásico) abundante en hebraísmos, y escritos por un judío del siglo I. Sólo el primero de ellos fue escrito en otro idioma, en siro-arameo. Las descripciones históricas, geográficas y sobre los usos de los judíos, anteriores a la destrucción del templo de Jerusalén, coinciden con las de otros autores de aquel tiempo.

San Ireneo, nacido en Asia Menor y obispo de Lyon, testigo por tanto de la tradición de los cristianos de Oriente y Occidente, escribe a finales del siglo II: «Mateo publicó la escritura del Evangelio para los hebreos y en su lengua, mientras Pedro y Pablo evangelizaban y fundaban la Iglesia Romana. Después de su muerte, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, nos comunicó, él también por escrito, las cosas que habían sido anunciadas por Pedro. Y Lucas, discípulo de Pablo, escribió en un libro el Evangelio que predicaba su maestro. Finalmente Juan, discípulo del Señor, el que se recostó sobre su pecho, él también, viviendo en Éfeso, publicó su Evangelio. No hay, pues, ni más ni menos que estos cuatro Evangelios. Como el mundo tiene cuatro partes, y son cuatro los vientos principales, así la Iglesia, esparcida por toda la tierra y que tiene por columna y apoyo el Evangelio y el espíritu de vida, se levanta sobre cuatro columnas incorruptibles que vivifican a los hombres. Es por tanto manifiesto que el Verbo nos ha dado el Evangelio cuádruple, que está dominado por un sólo espíritu (San Ireneo, Adversus haereses).

San Justino, en el siglo II, dirigiéndose al Emperador de Roma, menciona los Evangelios, que llama Memorias «escritas por sus apóstoles (del Señor) y por sus discípulos» (Diálogo con Trifón, 163), y al Senado romano le dice que estos Evangelios son leídos el domingo en las asambleas de los fieles, juntamente con los escritos de los profetas (Apología, I, 77).

También hace referencia a ellos el fragmento de un documento de la Iglesia Romana, hallado por Muratori en 1740 (Canon Muratoriano) en la biblioteca ambrosiana de Milán, datado entre los años 170 y 200. La pieza, mutilada, comienza por unas palabras que parecen referirse a San Marcos: «... a los cuales sucesos él asistió y después los escribió. En tercer lugar, el Evangelio según Lucas, médico y compañero de Pablo... En cuarto lugar del Evangelio de Juan de entre los discípulos».

Hay muchos otros testimonios sobre los Evangelios y sus autores (la Didajé, san Clemente Romano, san Policarpo, Papías, obispo de Hierápolis, etc.). Es imposible atribuir a otros autores los cuatro Evangelios, pues si hubiese habido engaño en vida de los Apóstoles, éstos hubieran reclamado, y si hubiese sido después de su muerte, se habrían opuesto los Obispos, atentos a conservar la pureza de la fe; se habrían opuesto asimismo los judíos convertidos, pues veían los Evangelios igualados en dignidad al Antiguo Testamento; y los gentiles convertidos, que debían observar una vida de abnegación fundada en esos libros, y los paganos, que así habrían desenmascarado el cristianismo. No lo hicieron con los cuatro Evangelios; en cambio, desautorizaron los Evangelios apócrifos.

Los Evangelios son íntegros. Los textos originales de ellos y de los demás libros del Nuevo Testamento estaban escritos en papiro, es decir, en materia frágil, por eso los manuscritos han desaparecido. No quedan actualmente sino copias del texto original. Estas copias están hechas en pergamino o en papiro. Los ejemplares en pergamino o códices tienen generalmente la forma de nuestros libros actuales. Los descubiertos hasta hoy pasan de 2.300, de los que muchos de ellos se remontan hasta el siglo v y dos hasta el siglo Iv. Los dos códices más antiguos son el Vaticano, conservado en la Biblioteca Vaticana, y el Sinaítico, hallado por Tischendorf en el Monasterio Griego del monte Sinaí y conservado en San Petersburgo. Los ejemplares que se conservan en papiro pasan de 10.000 y no contienen más que fragmentos del texto original.

Comparado con cualquier autor antiguo, profano o sagrado, el texto griego actual del Nuevo Testamento goza de una situación privilegiada. «En el campo de la literatura clásica, observa Streeter, la principal dificultad del crítico estriba en lo raro y moderno de los manuscritos, exceptuados unos pocos autores sumamente populares. Así, ninguna parte de Tácito ha llegado hasta nosotros, a través de la Edad Media, en más de un manuscrito; escasamente media docena de manuscritos es el número mayor que han logrado las obras más famosas. Fuera de pequeños fragmentos de los manuscritos griegos clásicos no hay uno solo anterior al siglo XII. En cambio, en los Evangelios el trabajo para el crítico está del lado opuesto. Poseemos más de 2.300 manuscritos griegos, de los cuales más de 40 alcanzan sobre mil años de existencia, hay además más de 1.500 leccionarios, que contienen la mayor parte del texto de los Evangelios, distribuido en lecciones para todo el año. Existen quince versiones en idiomas antiguos, que dan fe del texto griego que tuvieron a la vista los traductores. Añadamos las citas de los Padres antiguos, que son fragmentos de otros manuscritos antiguos perdidos para nosotros. La masa de trabajo es abrumadora. Síguense, pues, dos conclusiones: por un lado es muy grande a primera vista la certeza que tenemos de que el texto primitivo nos ha sido trasmitido correctamente en sus principales líneas; por otro lado, es muy complejo el trabajo de determinar los detalles minuciosos que interesan a los críticos» (B. H. Streeter, The Four Gospels).

¿Se han introducido adiciones o supresiones con el paso del tiempo? Hort, uno de los más seguros críticos del siglo xix, resumía así la labor investigadora llevada a cabo por él y por su colega Wescott durante veinticinco años: «Siete octavas partes de las palabras del nuevo Testamento están fuera de duda. La octava parte restante la forman principalmente cambios en la colocación de las palabras o diferencias insignificantes. De hecho, las variaciones sustanciales son muy pocas y pueden calcularse en menos de la milésima parte del texto» (Hort, The New Testament in the original Greek). Por lo que «podemos abrigar una confianza firme, fundada científicamente, de que, a despecho de todas las vicisitudes de trasmisión, poseemos fielmente, en sustancia, en nuestros textos impresos actualmente el mismo texto que los Evangelistas entregaron al mundo hace diecinueve siglos en rollos de papiro (cfr. H. Cladder, Unsere Evangelien).

Hay que decir, además, que fue imposible toda alteración sustancial de los Evangelios, pues eran leídos por todos y custodiados con veneración; muchos cristianos murieron antes que entregarlos a los infieles. Si alguien los hubiera alterado hubieran protestado no sólo los obispos, sino todos los fieles.

Los Evangelios son verídicos, Libro verídico es aquel que dice la verdad, que no contiene error alguno en lo que refiere. Para ello es necesario que el autor sea competente, es decir, que no se engañe acerca de los sucesos narrados, y que sea veraz, que no engañe. Pues bien, los evangelistas son competentes, pues dos de ellos, Mateo y Juan, son testigos oculares, siendo San Juan especialmente íntimo de Jesús, quien le confía su Madre. Los otros dos son discípulos inmediatos de los Apóstoles, que fueron testigos oculares. San Marcos «acompañaba a San Pedro y se sabía de memoria lo que el Apóstol repetía, y eso es lo que puso por escrito» (así lo cuenta San Clemente de Alejandría, citado por Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica). San Lucas, discípulo de San Pablo, declara en el principio de su Evangelio, dirigido a Teófilo, que ya que varios habían intentado escribir la historia de las cosas que habían pasado, conforme a las enseñanzas de aquellos que desde el principio lo vieron por sus ojos y eran ministros de la palabra, él quiere hacer lo mismo para que Teófilo conozca la verdad de las cosas que le han enseñado. Así Teófilo puede comprobar la verdad de lo que escribe San Lucas, ya preguntando a los testigos oculares y ministros de la palabra, ya consultando las otras narraciones escritas.

Los hechos que refieren los cuatro evangelistas eran recientes y realizados a la vista de todos, por lo que si se hubieran engañado a sí mismos los habrían desacreditado los cristianos y los judíos por contar errores. Tampoco pretendieron engañar, pues eran hombres sencillos, irreprochables. Puntualizan hechos, lugares, testigos y no callan sus propios defectos ni las reprensiones recibidas del divino Maestro. Los relatos evangélicos son de una gran sobriedad: nada de exageraciones fantaseadoras, nada de apreciaciones personales; cuentan lo que saben y nada más. Además no tenían ningún interés en engañar; lejos de perseguir ventajas humanas, sólo consiguieron en el mundo menosprecios, persecuciones y el martirio. Y como decía Pascal, «creo con más facilidad las historias cuyos testigos se dejan degollar en comprobación de su testimonio» (Pascal, Pensamientos).

Si la verdad central contenida en los Evangelios es que Cristo es Dios, y por tanto toda su vida y sus enseñanzas son revelación de Dios a los hombres, no es de extrañar que quienes pretendan rebajar la doctrina cristiana a una religión más, negando su carácter divino, afirmen que esas cuatro biografías de Jesucristo son fruto de alucinaciones, fruto de la idealización de Jesús de Nazaret, a Quien sus seguidores atribuyeron unos prodigios y unas palabras que ni dijo ni realizó. Para ello han distinguido el Cristo histórico, Jesús de Nazaret, que realmente vivió y murió en Jerusalén, del Cristo de la fe, el inventado, que sólo existe en la fe, en la imaginación de los primeros cristianos y en las de todos los tiempos; un Cristo al que se le atribuyen milagros tales como el de su resurrección. Sin embargo, esta distinción contraría los datos de la crítica histórica, que muestra claramente que hay que atribuir las profecías y milagros a aquel Jesús que vivió hace dos mil años.






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6. Jesucristo: sus milagros y profecía


«Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo» (Hb 1, 1-2). Con estas palabras, el autor de la Carta a los Hebreos indica al mismo tiempo la unidad esencial del Antiguo y del Nuevo Testamento, que tienen igualmente a Dios por autor, y la diferencia de calidad en los transmisores de la palabra divina: los Profetas antes, y ahora su mismo Hijo.

El Antiguo Testamento era la preparación para esta revelación última; todos los hijos de Israel esperaban al Profeta que había de venir y contar todas las cosas de parte de Dios: el Mesías prometido. Pues bien, Jesucristo afirmó que era el Mesías, y no sólo eso, sino que demostró que era el mismo Dios.

Por un lado, afirmó haber sido enviado por Dios y demostró a los judíos que era el Mesías que esperaban. Preguntado por los discípulos de San Juan Bautista si El era el verdadero Mesías o debían esperar a otro, Jesús realizó varios milagros en la presencia de ellos y añadió: «Id y anunciad a Juan lo que habéis oído y visto. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados» (Mt 11, 4-5). Y cuando los judíos le preguntaron si era el Mesías, les respondió: «Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí» (Jn 10, 25). Nicodemo, al ver los milagros de Jesús, confesó al instante su mesianidad: «Rabbí, sabemos que has venido como maestro de parte de Dios, pues nadie puede hacer esos milagros que tú haces si Dios no está con él» (Jn 3, 2). Y San Pedro, cuando habló por primera vez a los judíos, les recuerda: «Jesús de Nazaret, varón probado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por El en medio de vosotros, corno vosotros mismos sabéis...» (Hch 2, 22). Muchos de los milagros los hizo públicamente y los vieron tanto sus discípulos, que luego los contaron, como sus enemigos, de tal manera que llegaron a decir: «¿Qué hacemos, pues este hombre hace muchos milagros? Si le dejamos así, todos creerán en El» (Jn 11, 47-48).

También confirmó que era el Mesías prometido porque en El se cumplieron las profecías mesiánicas, y las profecías que hizo se cumplieron.

Después de su Resurrección enseñó esto a los discípulos que iban a Emaús: «Y El les dijo: ¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas! ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria? Y comenzando por Moisés y por todos los profetas, les fue declarando cuanto a El se refería en todas las Escrituras» (Lc 24, 25-27). Y también se lo señaló a los doctores de la Ley: «Escudriñad las Escrituras, ya que en ellas creéis tener la vida eterna, pues ellas dan testimonio de mí» (Jn,5, 39).

Efectivamente en El se cumplía que el Mesías sería de la descendencia de Abrahán, Isaac y Jacob; de la tribu de Judá y de la familia de David; que nacería en Belén de Judá, de una Virgen; etc.

Y se cumplieron las profecías que hizo: acerca de su Pasión, Muerte y Resurrección (cfr. Mt 16, 20-23); acerca de sus discípulos (que huirían, la triple negación de San Pedro, la traición de Judas, las persecuciones que sufrirían los Apóstoles, etc.); acerca de la Iglesia (que recibirían el Espíritu Santo, que se propagaría por toda la tierra y para siempre), y acerca de la destrucción de Jerusalén y dispersión del pueblo judío antes de que pasase esa generación (Mt 24, 34).






Libro: Hablemos de la Fe
1. Creer: fiarse de Dios
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


7. Jesucristo es Dios


En ninguna parte del Evangelio leemos en boca de Jesús una afirmación terminante como ésta: Yo soy Dios, consustancial a mi Padre. Semejante aseveración en un ambiente judaico, que ignoraba el misterio de la Trinidad y era rigurosamente monoteísta, hubiera provocado el escándalo entre sus oyentes. Por eso Jesús les descubre a sus discípulos paulatinamente y bajo parábolas su divinidad. Más tarde, y por la acción del Espíritu Santo, irían entendiendo las cosas. Y así les dijo en la noche de la última cena: «Muchas cosas tengo aún que deciros, mas no podéis entenderlas ahora; pero cuando viniere Aquél, el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad completa» (Jn 16, 12-13).

El título preferido por Jesús al hablar de Sí mismo es el de el Hijo del hombre. Aparece muchas veces en los Evangelios (unas setenta veces en los sinópticos y unas diez en el evangelio de San Juan), en cambio apenas es empleado en los demás libros del Nuevo Testamento. Es una prueba de que lo usó Jesús y de que no es que se lo atribuyan los evangelistas, que escribían cuando ya no se usaba. Este título mesiánico antiguo permitía enlazar con su contenido mesiánico sin evocar las interpretaciones contemporáneas sobre el Mesías. Al Hijo del hombre le corresponden a la vez gran autoridad y dignidad (es señor del sábado, quien lo confiese ante los hombres alcanzará la salvación, vendrá en su día a juzgar a vivos y muertos) y es el siervo de Yahvé que se ofrece en expiación por nuestros pecados.

Pero aunque no dijera terminantemente que era Dios, sin embargo implícitamente lo afirmó. Por un lado, reivindicó para sí atribuciones propias solamente de Dios: hace milagros en nombre propio, no como los Apóstoles, que los hacían en nombre de Jesucristo (cfr. Hch 3,6; 9,32); enseña como Dios, esto es, con suprema autoridad: El interpreta y perfecciona la ley mosaica dada por Dios, se llama Señor del sábado y lo prueba con milagros, prohíbe el divorcio y el juramento innecesario. Perdona los pecados con propia autoridad (¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?, se preguntan los fariseos, y Jesús contesta con la curación del paralítico, probando que tiene tal poder). Se coloca por encima de los profetas, de los más ilustres personajes y hasta por encima de los ángeles. Pone la fe en El y el amor a su persona como condiciones necesarias para alcanzar la salvación. Promete a sus discípulos su presencia y asistencia perpetuas. Permite que algunas personas le adoren. Manda sobre las fuerzas naturales, las enfermedades y la misma muerte.

Todos estos hechos inducían a pensar a los que le conocieron que se hacía igual a Dios. Precisamente por eso sus enemigos querían matarle, «porque no sólo violaba el sábado, sino porque llamaba a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios» (Jn 5,18). En cierta ocasión les dijo a los judíos: «Yo y el Padre somos una sola cosa. De nuevo los judíos trajeron piedras para apedrearle. Jesús les respondió: Muchas obras os he mostrado de parte de mi Padre, ¿por cuál de ellas me apedreáis? Respondieron los judíos: Por ninguna obra buena te apedreamos, sino por la blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios» (Jn 10, 30-33).

Es verdad que Jesús quería que todos sus discípulos tratasen a Dios como Padre, pero mientras enseñó que todos habríamos de decir Padre nuestro, El nunca lo dirá así en nombre propio, sino Padre mío, y en sus discursos siempre distingue Mi Padre y vuestro Padre (Jn 20,17), evitando así que pudieran entenderse en un plano de igualdad, esos dos modos de paternidad y filiación, porque El es el Hijo de Dios por naturaleza, consustancial al padre, y nosotros lo somos por adopción.

Hay textos en los Evangelios en los que no queda duda de que hace alusión a su filiación divina en sentido natural y propio. Uno de ellos fue en el templo, donde enseñó: «¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? David mismo, inspirado por el Espíritu Santo, ha dicho: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. El mismo David le llama Señor, ¿de dónde, pues, viene que sea hijo suyo?» (Mc 12, 35-37). La pregunta no fue contestada, pero era evidente que si Cristo, descendiente de David, es también su Señor, sentado a la diestra de Dios Padre, es que es Dios mismo. Otro texto es aquel en el que les cuenta a los fariseos y saduceos la parábola de los viñadores: un hombre plantó una viña y la arrendó a unos viñadores, sucesivamente les envió siervos para percibir por ellos la parte de los frutos que le correspondían, pero ellos les hirieron o mataron. «Le quedaba todavía uno, un hijo amado, y se lo envió también el último, diciéndose: A mi hijo le respetarán» (Mc 12, 6), pero también lo mataron. Los fariseos y saduceos se dieron cuenta con claridad de que se refería a Él -el Hijo amado del Padre- y a ellos. Un tercer texto donde queda claro que es el Hijo de Dios es en el proceso de su Pasión. Le preguntaron: «¿Luego eres tú el Hijo de Dios? El les dijo: Vosotros lo decís, yo soy» (Lc 22, 70). Y por eso le condenaron a muerte, por decir que era Hijo de Dios.






Libro: Hablemos de la Fe
1. Creer: fiarse de Dios
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


8. La prueba definitiva: la Resurrección


Los príncipes de los judíos condenaron a Jesús en un proceso religioso. El motivo: hacerse igual a Dios. Y lo enviaron a los romanos para que lo ejecutaran. Pilato, aun sabiendo que era inocente y que se lo habían entregado por envidia, lo condenó en el proceso civil. El motivo: hacerse rey, amotinador de las gentes.

Los romanos lo ejecutaron colgándole de una cruz. Si ahí terminaba todo, Jesús, humillado hasta el extremo, habría pasado a la posteridad como un impostor, como un loco.

«Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en El. Ha puesto su confianza en Dios; que El le libre ahora, si es que le quiere, puesto que ha dicho: Soy el Hijo de Dios» (Mt 27, 42-43). Ellos pedían una prueba humana, prueba que ya habían tenido repetidas veces, pues habían visto muchos milagros, y no habían querido creer. Pero Jesús no bajó de la cruz, igual que no eludió los tormentos, porque «mi reino no es de este mundo» (Jn 18, 36), porque estaba realizando la salvación del género humano, la salvación sobrenatural, invisible a los ojos humanos. Y Dios estaba con El, porque El es el Hijo amado del Padre eterno.

Humanamente sus enemigos habían triunfado, pero quedaba un detalle cuando le descolgaron y pusieron su cuerpo exánime en el sepulcro: que podía resucitar. Los príncipes de los judíos, a pesar de ver el cuerpo destrozado de Jesús, empapado de sangre seca, desfigurado por los golpes, tensos los músculos por las tres horas del cruel suplicio..., a pesar de todo temían. Temían porque Le habían visto hacer milagros. Era imposible que Jesús, una vez muerto, pudiera hacer milagros, pero temían porque había predicho que resucitaría. Y por eso mandaron poner guardias armados y sellar la lápida del sepulcro.

Sí, Jesús lo había predicho, al igual que había profetizado su Pasión y Muerte: «Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten y le crucifiquen, pero al tercer día resucitará» (Mt 20, 18-19). Y no sólo a sus discípulos, sino también a los fariseos y escribas cuando le pidieron una señal: «Como estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra» (Mt 12, 40). «Destruid este templo, les anunció, hablando de su cuerpo, y en tres días lo reedificaré» (Jn 2,19). Ellos recordaron el anuncio y dijeron a Pilato: «Señor, recordamos que ese impostor, vivo aún, dijo: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, guardar el sepulcro hasta el día tercero, no sea que vengan sus discípulos, le roben y digan al pueblo: Ha resucitado de entre los muertos. Y será la última impostura peor que la primera. Les dijo Pilato: Ahí tenéis la guardia; id y preparadlo como vosotros sabéis. Ellos fueron y pusieron guardia al sepulcro después de haber sellado la piedra» (Mt 27, 63-66).

Ellos mismos, al tomar estas precauciones, testimoniaron la resurrección de Jesús, pues el caso es que los guardias corrieron a comunicar el tercer día que resucitó. Los príncipes de los judíos «tomaron bastante dinero y se lo dieron a los soldados, diciéndoles: Decid que, "viniendo los discípulos de noche, le robaron mientras nosotros dormíamos"» (Mt 28, 12-13). Los Apóstoles, que nada sabían de esto, Le vieron vivo, como cuenta San Pablo: «(Cristo) que resucitó al tercer día, según las Escrituras, y que se apareció a Cefas, luego a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos, de los cuales muchos permanecen todavía, y algunos durmieron; luego se apareció a Santiago, luego a todos los Apóstoles; y después de todos, como a un aborto, se me apareció también a mí» (1 Co 15, 3-8).

Para los racionalistas, es decir, para aquellos que no creen en lo sobrenatural sino que sólo aceptan lo que se comprueba con los sentidos y la razón, toda la fe de la Iglesia es una creencia ciega de personas poco maduras, infantiles. Para ellos la fe no tiene sentido. Los judíos de aquellos tiempos se comportaron en este punto de un modo racionalista, negando la evidencia de la Resurrección y diciendo que los Apóstoles habían robado el cuerpo de Jesús: ¡Los Apóstoles, que estaban llenos de miedo, que ni se creían que resucitaría, que temían a los príncipes triunfadores y vengativos...! Ellos, ¿haber luchado contra los guardias?

Modernamente los racionalistas piensan que hoy, para el hombre moderno, una resurrección verdadera, la vuelta a la vida orgánica de un cuerpo realmente muerto, es el imposible de los imposibles, y estiman que la alucinación sufrida por los Apóstoles les indujo a pensar que Cristo había resucitado, porque eran unos ilusos (cfr. Loisy, Strauss, Harnack, Mayer, etc.).

El hecho de que el sepulcro donde fue puesto el Cuerpo del Señor estuviera vacío fue comprobado por los guardias romanos, que no tenían interés ninguno ni en defender la resurrección ni lo contrario; y comprobado -es de suponer- por los judíos, que irían al instante a verlo. ¿Y qué es lo que debieron ver? Verían lo que vieron Pedro y Juan: los lienzos caídos, como un globo perfectamente envuelto por las vendas pero deshinchado, sin cuerpo dentro. Es imposible volver a envolver a la perfección las cintas de la mortaja sin un bulto dentro. Los lienzos formaban como un capullo de seda aplastado, pero sin agujero por donde hubiera salido el cuerpo. Por eso dieron dinero a los soldados, porque de no haberlo comprobado, no se lo hubieran dado. Como veían esa evidencia, les dieron mucho dinero y les indicaron que no dijeran nada; que si se llegaba a saber, ellos cuidarían de que no les pasara nada. O sea, que los príncipes de los judíos sabían que habían robado el Cuerpo de Jesús por unos testigos que estaban dormidos... No, más bien estaban despiertos y afirmaban la Resurrección. Y bien despiertos que estaban, pues la Pasión y Muerte del Señor había sido el acontecimiento extraordinario de la gran Pascua y todos los ojos estaban pendientes de ese sepulcro, ¡como para dormirse!

Los Apóstoles no sufrieron ninguna alucinación, pues Le vieron vivo varias veces y tocaron su cuerpo. Es más, no estaban predispuestos a creer que hubiera resucitado, y cuando María Magdalena les explica cómo Le ha visto, no se lo creen. Tuvieron que tener el testimonio de varias personas, y entonces se produjo en ellos un cambio rotundo. A partir de ahí, de ser personas temerosas de los principales de la sinagoga, se lanzan a predicar, sufriendo persecuciones, calumnias, cárcel, y hasta la muerte. Porque una vez comprobado que Jesús ha resucitado no pueden menos de exclamar como hizo Santo Tomás: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28) y predicar lo que han visto y oído (Hch 4, 20). Porque «si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación -dirá San Pablo-, vana también nuestra fe» (1 Co 15, 14), pero si ha resucitado, todo lo que ha dicho Jesucristo es verdad, la verdad. Por eso, la Resurrección es la clave de bóveda de nuestra fe, y va a ser el tema central de la predicación de los Apóstoles. Es la demostración rotunda de que la doctrina cristiana viene de Dios, y que el mismo Jesús es Dios: porque nadie puede hacer milagros si Dios no está con él, y mucho menos el milagro de darse uno a sí mismo la vida.

En el siglo III moría en Antioquía la mártir cristiana Santa Margarita. Fue interpelada burlonamente por el cruel prefecto Olibrio: -Es estúpido adorar como Dios a un hombre, el cual, además, murió en el más vil de los patíbulos. A lo que respondió la mártir: -Recuerdas sólo su crucifixión. ¿Por qué no también su resurrección gloriosa? Aquello te probará que es hombre; esto te demostrará que es verdadero Dios.






Libro: Hablemos de la Fe
1. Creer: fiarse de Dios
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


9. Jesucristo es la Verdad


Cuantas personas de buena voluntad buscan la verdad y conocen verdaderamente la doctrina de Jesucristo no pueden por menos que reconocer que en El nos ha revelado Dios la verdad. Jesús ya lo dijo claramente: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Por eso, quienes conociendo su doctrina no quieren seguirla, la mentira anida en sus corazones.

Jesucristo echó en cara a los fariseos que no buscasen la verdad, porque habiendo conocido su vida y su doctrina no quisieron escucharle: «¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis oír mi palabra. Vosotros tenéis por padre al diablo... El es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él... Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios oye las palabras de Dios; por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios» (Jn 8, 43-47). No basta una aparente buena voluntad, hace falta querer creer, y admitir la verdad cuando se tiene delante; si no, es que falta buena voluntad. Cualquier persona que busca de verdad a Dios, descubre que la doctrina de Jesucristo viene de Dios.

Comentando el pasaje de la Carta a los Hebreos en que dice que Muchas veces y en muchas maneras habló Dios..., San Juan de la Cruz explica: «Y es como si dijera: lo que antiguamente habló Dios en los Profetas a nuestros padres de muchos modos y de muchas maneras, ahora a la postre, en estos días nos lo ha hablado en el Hijo todo de una vez. En lo cual da a entender el Apóstol, que Dios ha quedado como mudo, y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los Profetas ya lo ha hablado en Él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiere preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo: Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo Yo ahora responder, o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en El, porque en El te lo tengo dicho todo y revelado» (San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo).

El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Dei Verbum nos habla de la revelación que Dios ha hecho a los hombres, y dice que Dios «envió a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios. Jesucristo, Palabra hecha carne, hombre enviado a los hombres, habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. Quien ve a Jesucristo, ve al Padre; El, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa Resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna» (Concilio Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, n. 4).

Con la muerte del último Apóstol, san Juan, la revelación divina ha terminado, ya es definitiva, y no «hay que esperar otra revelación pública, antes de la gloriosa manifestación de Cristo nuestro Señor» (ibídem, n. 4).






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1. Creer: fiarse de Dios
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


10. El "depósito" de la Fe y el Magisterio


«Dios quiso que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos se conservara íntegro y fuera transmitido a todas las edades. Por eso Cristo nuestro Señor, plenitud de la revelación, mandó a los Apóstoles predicar a todo el mundo el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos; el Evangelio prometido por los profetas, que El mismo cumplió y promulgó con su boca. Este mandato se cumplió fielmente, pues los Apóstoles con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó; además, los mismos Apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito al mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo» (Const. dogm. Dei Verbum, n. 7).

Los Apóstoles y los demás discípulos pusieron una exquisita atención en la custodia y trasmisión de la doctrina que recibieron de Jesús. Desde el primer momento aparece la Tradición e inmediatamente o un poco más tarde, una parte de lo revelado se recogió en libros escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, y que por esta razón reciben también el nombre de Sagrada Escritura. La parte de lo revelado no recogido por escrito seguía viva también en el seno del pueblo cristiano y fue entregada asimismo de una generación a la siguiente, por eso se le suele denominar como Tradición (de traditio, entrega). La Sagrada Tradición nos transmite, entre otras cosas, la relación de los libros inspirados por el Espíritu Santo. Por eso no basta el criterio protestante de la sola Escritura, pues por ella sola no podríamos saber cuál es la relación de libros inspirados.

Sagrada Escritura y Tradición forman como un depósito, algo que se ha recibido y que hay que guardar sin cambiar nada. Con palabras del Concilio Vaticano 1, «la doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como un hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada» (Concilio Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, cap. 3).

«Pero ¿qué es un depósito?, se preguntaba San Vicente de Lerins. El depósito es lo que te ha sido confiado, no encontrado por ti; tú lo has recibido, no lo has excogitado con tus propias fuerzas. No es el fruto de tu ingenio personal, sino de la doctrina; no está reservado para un uso privado, sino que pertenece a una tradición pública. No salió de ti, sino que a ti vino: a su respecto tú no puedes comportarte como si fueras su autor, sino como su simple custodio» (Conmonitorio, n. 22).

La fe que profesamos los católicos hoy día es exactamente la misma que predicó Nuestro Señor Jesucristo y transmitieron sus Apóstoles. Por eso, nadie en la tierra, ni aun invocando una pretendida asistencia personal de Dios a él, puede cambiar lo que se ha creído siempre y en todas partes por los católicos. Si alguien, aunque fueran muchos, en razón de una interpretación personal, cambiara los contenidos de la Fe, ya no profesaría la verdad de Jesucristo. Es importante darnos cuenta de que «las verdades de fe y de moral no se determinan por mayoría de votos» (San Josemaría, Hom. El fin sobrenatural de la Iglesia).

Al Magisterio de la Iglesia compete una función muy especial en la conservación y transmisión del depósito de la revelación. «El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al magisterio de la Iglesia, que lo ejercita en nombre de Jesucristo. Pero el magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente y de este depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído» (Const. dogm. Dei Verbum, n. 10).

Por tanto, Tradición, Escritura y Magisterio están estrechamente unidos. El mismo Autor de los contenidos de la fe, Dios, es Quien ha inspirado los libros sagrados y Quien ha dado y da a los Apóstoles y sus sucesores -el Papa y los Obispos- una asistencia especial para que el Evangelio se conserve siempre vivo y entero en la Iglesia.

El Magisterio de la Iglesia puede ser ordinario: el que ejercitan los Obispos en sus diócesis al enseñar con unanimidad moral unas mismas doctrinas, y el que ejercita el Papa para toda la Iglesia. Puede ser también extraordinario o solemne: cuando el Papa habla ex cathedra, así como el magisterio emanado de un Concilio ecuménico. El carisma de la infalibilidad está presente con certeza en las decisiones del Concilio ecuménico verdadero, es decir, convocado o recibido por el Papa y aprobadas sus conclusiones por El. También gozan de la infalibilidad las actuaciones ex cathedra del Sumo Pontífice, es decir, cuando habla como Pastor de la Iglesia universal sobre cuestiones de fe o costumbres, y con ánimo de enseñar oficialmente una determinada verdad con objeto de que sea creída por todos los cristianos.

La promulgación de los dogmas garantiza que una determinada verdad de la fe, que ya se creía, es verdad revelada y, por tanto, debe ser creída por todos. No quiere decir que a partir de su promulgación haya que empezar a creer esa verdad (muchos dogmas han sido definidos al cabo de siglos), porque los contenidos de la fe nos los entregó en su totalidad el Señor. No cabe aumentar el depósito de la fe, lo que sí cabe es la llamada evolución homogénea del dogma católico, una mejor explicitación y comprensión de lo que ya se cree.

Toca a cada cristiano aprender bien la doctrina cristiana. Es muy importante la catequesis, en la cual se aprende primaria y fundamentalmente el catecismo, el resumen de todas las verdades reveladas.

En cierta ocasión fue un hombre a una casa para hacer unos días de retiro. Se presentó al sacerdote y éste lo primero que hizo fue darle un catecismo para que fuera leyendo. El otro casi se ofendió, y dijo: -¿Cómo? Padre, ¿quiere usted ponerme en el abecé? Cuando tenía diez años sabía de memoria todo el catecismo, de cabo a rabo.

Y el sacerdote le contestó: -Precisamente por eso: porque hace mucho tiempo que usted no lo ha visto, es necesario que lo repase.

Preguntado sobre algún punto del sencillo catecismo, aquel señor no sólo se vio en un aprieto en las contestaciones, sino que salió con tales despropósitos contra la fe como para dejarle a uno pasmado.

Es necesario recibir catequesis durante toda la vida para ir profundizando en aquello que se cree, para vivirlo, y para dar a conocer a otras personas el mismo mensaje que recibimos de los Apóstoles.






Libro: Hablemos de la Fe
1. Creer: fiarse de Dios
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


11. La infalibilidad en la Iglesia


Hemos hablado de la infalibilidad, pero, ¿qué es y quién tiene la infalibilidad en la Iglesia? La infalibilidad es la preservación del error, fruto de la asistencia divina, por la que alguien propone sin error, o cree sin error la Palabra de Dios contenida en la Revelación. El fundamento de ella es la asistencia de Dios. En Dios se encuentra toda la verdad, y Dios no miente (cfr. Nm, 23,19; Rm 3,4), y El ha querido dar a su Iglesia este don de permanecer en la verdad.

La Iglesia Universal es infalible al creer la Revelación predicada por el Magisterio y el Magisterio eclesiástico es infalible al enseñar la revelación: el Papa, como Cabeza de la Iglesia y del Colegio Episcopal, y el Colegio de los Obispos con el Papa. Estos tres elementos -todos los fieles, el Papa y los Obispos- están trabados entre sí.

Por un lado, «la universalidad de los fieles, que tiene la unción del Santo (cfr. 1 Jn 2, 20-27), no puede equivocarse al creer: in credendo falli nequit, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando, desde los obispos hasta los últimos fieles laicos, presta su consentimiento universal en materia de fe y costumbres» (Lumen gentium, n. 12), porque al adherirse y dejarse guiar «por el Sagrado Magisterio, sometiéndose al cual no acepta ya una palabra de hombres, sino la verdadera palabra de Dios» (ibídem).

A la vez, está dado por Dios el carisma de la infalibilidad a los que tienen en la Iglesia la función de enseñar: los Obispos. «Los Obispos son los maestros auténticos, es decir, dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y aplicada a la vida, y la ilustran bajo la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación cosas nuevas y viejas, la hacen fructificar y, con vigilancia, apartan de su grey los errores que la amenazan» (Lumen gentium, n. 25/a)

En el seno de ese magisterio de los obispos destaca, de manera eminente el del Obispo de Roma, porque Jesús, Fundador de la Iglesia, dijo a Pedro y sólo a Él: «yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32). La predicación del Papa tiene como objeto confirmar en la fe a sus hermanos, a todos los cristianos y de un modo especial a los demás Obispos; su Magisterio es el punto de referencia y de unidad para todo el magisterio que ejercen los demás pastores en sus iglesias particulares. Por eso, «aunque cada uno de los obispos no posea la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, si todos ellos, aun estando dispersos por el mundo, pero manteniendo el vínculo entre sí y con el Sucesor de Pedro, se ponen de acuerdo en que una determinada doctrina es definitivamente vinculante, entonces anuncian infaliblemente la doctrina de Cristo. Esto se realiza con mayor claridad cuando, reunidos en Concilio Ecuménico, se constituyen ante la Iglesia Universal en maestros y jueces de la fe y costumbres, a cuyas definiciones hay que someterse con el obsequium fidei, con la sumisión propia de la fe» (Lumen gentium, n. 25). Conviene tener en cuenta que «la infalibilidad prometida a la Iglesia reside en el Cuerpo de los Obispos, cuando ejerce el supremo magisterio con el Sucesor de Pedro» (ibídem).

Los Concilios Ecuménicos celebrados hasta hoy son : Niceno I (325), Constantinopolitano I (381), Efesino (431), Calcedonense (451), Constantinopolitano II (553), Constantinopolitano III (680-681), Niceno II (787), Constantinopolitano IV (869-870), Lateranense I (1123), Lateranense II (1139), Lateranense III (1179-1180), Lateranense IV (1215), Lugdunense I (1245), Lugdunense II (1274), Viennense (1311-1312), Constanza (1414-1418), Florentino (1439-1445), Lateranense V (1512-1517), Tridentino (1545-1563), Vaticano I (1869-1870) y Vaticano II (1963-1965).

En cuanto al Magisterio del Papa, ¿cuándo goza del carisma de la infalibilidad? El Concilio Vaticano I hizo la siguiente definición dogmática: «Enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado que el Romano Pontífice cuando habla ex cathedra -esto es, cuando, cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y las costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal-, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatema» (Concilio Vaticano I, Const. dogm. Pastor Aeternus, cap. IV).

Desde aquella definición que hizo el Concilio Vaticano I el 18 de julio de 1870 hasta nuestros días, el Papa solamente ha hablado una vez ex cathedra: cuando en 1950 el Papa Pío XII definió la Asunción a los cielos de Nuestra Señora.

Respecto al Magisterio ordinario del Romano Pontífice -cuando no habla ex cátedra-, no goza propiamente del carisma de la infalibilidad, pero si la comunión con el Magisterio solemne es la piedra de toque para la adhesión al Magisterio de los Obispos, esa adhesión se debe de manera singular y directa al Magisterio del mismo Papa. «Este respeto religioso de la voluntad y del entendimiento ha de ser prestado de manera particular al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al criterio por él expresado, según la mente y la voluntad que él mismo manifiesta, lo cual se deduce, sobre todo, de la índole de los documentos, o de la frecuencia con que propone la misma doctrina, o de la forma de decirla» (Cons. dogm. Lumen gentium, n. 25). Porque, aun no hablando ex cathedra, puede enseñar una verdad que ha de ser admitida por todos, y si esa verdad (por ejemplo, en el modo de enfocar un nuevo problema) es enseñanza repetida por varios sucesores de Pedro, no estamos ante una opinión teológica de un Santo Padre, sino ante la doctrina de la Iglesia. Así, por ejemplo, la doctrina sobre la regulación de la natalidad y la castidad en el matrimonio, expuesta en la Encíclica Humanae vitae por Pablo VI recogiendo el Magisterio ordinario de Papas anteriores, y repetida por Juan Pablo II, aunque no esté definida en un dogma, esa enseñanza goza de la infalibilidad porque no es la opinión de un Papa, sino una verdad del Magisterio universal y constante de la Iglesia.

En este sentido podemos recordar un famoso suceso. Eutiques fue abad de un monasterio de Constantinopla. Hacia el año 448 dijo que Cristo poseía una sola naturaleza, la divina, porque la humana se había disuelto en ella como una gota de agua en un vaso de vino. Por esta razón los seguidores de esta herejía fueron llamados monofisitas. San León Magno, que era el Papa entonces, dirigió a Flaviano, Obispo de Constantinopla, una carta en la que demostraba claramente la existencia en Cristo de dos naturalezas, la divina y la humana. Esta carta se leyó en el concilio de Calcedonia del año 451 y los seiscientos obispos reunidos exclamaron: «Pedro ha hablado por León. Que sea excluido de la Iglesia quien profese otra fe».






Libro: Hablemos de la Fe
1. Creer: fiarse de Dios
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


12. Querer creer


Dios nos ha mostrado en su Hijo Jesucristo una serie de verdades sobrenaturales en orden a la salvación. Como estas verdades no son evidentes para la razón humana, se precisa una ayuda de Dios para creerlas -para tener fe- y, de otro lado, una buena voluntad por parte de cada persona.

El hombre por sí mismo no puede tener la virtud sobrenatural de la fe porque la fe es un don de Dios. «Es una virtud sobrenatural por la que, con inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por El ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede ni engañarse ni engañarnos» (Concilio Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, cap. 3). Como la fe es el principio de la humana salvación, es decir, que «sin la fe es imposible agradar a Dios» (Hb 11, 6), y «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4), Dios está dispuesto a dar a todos y cada uno de los hombres este don, para darles la oportunidad de salvarse. Pero es preciso en cada persona una buena disposición para poder recibir este don: la humildad. La fe, la esperanza y la caridad llegan al alma con la gracia, y Dios da su gracia a los humildes, en cambio, a los soberbios los resiste (cfr. Pr 3, 34).

Dios nos da su gracia para que queramos creer, y nos ha dado, junto a la doctrina, la demostración de que lo que nos ha revelado es creíble, es más, que debe ser creído, porque ha demostrado su autoridad con milagros y profecías. Es razonable para una persona que tiene buena voluntad creer lo que Dios nos revela y la Iglesia nos enseña. Lo ilógico es no fiarse de Dios cuando se aprecia que los motivos de credibilidad son auténticos. Sin embargo, como los motivos de credibilidad no nos dan una evidencia sino una certeza moral, no mueven necesariamente nuestra inteligencia a asentir, por eso uno puede rechazar la revelación de Dios, y por eso también el acto de fe es siempre un acto libre, y por eso meritorio: para el acto de fe se requiere siempre un acto de la voluntad, querer creer.

Cuando se ha conocido la doctrina cristiana y no se cree, y en los casos de una fe adormecida, suele haber una mala disposición en la persona; no sólo una mala disposición en su inteligencia, sino en todo el hombre. Para reconocer los motivos de credibilidad y para otorgar el asentimiento de la fe hacen falta unas disposiciones morales: vida honesta, actitud de búsqueda de la verdad, sentido de responsabilidad, disposición a comprometerse y mantener las decisiones, etc. Cuando preguntaron a un convertido de muy santa vida, el célebre cardenal Newman, cómo había podido llegar a su situación estando anteriormente tan lejos de la Iglesia Católica, contestó: «No he pecado jamás contra la luz».

Para poder ver hace falta que haya luz y tener el sentido de la vista, pero además es precisó querer ver. También para reconocer la verdad divina es preciso querer creer, y para esto, tener una disposición buena de la voluntad para admitir la verdad divina y lo que ella lleva consigo. No se quiere creer cuando no se está dispuesto a vivir conforme a la doctrina cristiana. Porque el mensaje de Cristo no es simplemente un conjunto de verdades para saber, sino para practicar en la vida diaria siempre. El mensaje cristiano abarca la totalidad de la persona, en todos los momentos y dimensiones de su existencia. Cuando Cristo hablaba de la gente les hablaba de compromiso: de llevar una vida honesta, viviendo todas las virtudes; de amar a todos, también a los enemigos; de hablar con Dios a todas horas sin desfallecer; de vivir, en definitiva, como El vivió. Y esto cuesta. Aceptar lo que Dios nos revela implica reconocer a Dios como Señor de nuestra existencia.

Dios ha dejado a nuestra libre decisión nuestro sometimiento a El. Por eso, porque el acto de fe es libre, una vida vivida según las exigencias de la fe lleva al cielo. Es el camino para ir allí. Pero uno puede rechazar lo que Dios nos propone; rechazarlo y creer en otras cosas, en otras autoridades, como hacen algunos. Es llamativo observar cómo los que se empeñan en negar las verdades que la Iglesia propone se afanan en buscar en religiones naturales y en sistemas filosóficos teorías en las que lograr dar explicación a su increencia y fundamentar el sentido de su existencia; es decir, se afanan en hacerse su religión, porque sin religión no se puede vivir.

Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe, aceptar todo lo que nos dice, porque es Dios y tiene derecho a organizar nuestras vidas. Dios no se impone, sugiere. A nosotros nos toca hacernos niños: «Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3), nos advirtió el Señor. Obedecer a Dios y servirle es emplear bien la libertad; es más, es el único modo de lograr la verdadera libertad, «la libertad de la gloria de los hijos de Dios» (Rm 8, 21), porque es estar en la verdad, en la verdad de lo que es y ha de ser el hombre, y la verdad libera. Cuando se emplea bien la libertad -ese gran don que Dios da a cada hombre- en servir a Dios, se entiende que la fe es el mayor don que Dios puede hacer a una persona, pues con ella se puede alcanzar la felicidad eterna y la relativa felicidad de esta vida. En cambio, cuando uno no se fía de Dios, acaba esclavo de las tonterías de este mundo. Cuando no se cree en Dios, se acaba creyendo siempre en tonterías:

Una señora fue a un hotel y, antes de acostarse, pidió un vaso de agua caliente para tomar una pastilla. Lo colocó sobre la mesilla y se puso a leer un libro sobre espiritismo y fuerzas paranormales. Al poco tiempo sonó un clic y vio con sorpresa que se había desprendido del vaso una franja circular de cristal de un centímetro de ancho. Tocó el timbre y pidió otro vaso. A los pocos minutos oía otro clic y observaba con temor el mismo fenómeno. Pidió otro y al poco tiempo: otro clic con la rotura misteriosa. Horrorizada, la señora no sabía si invocar a un espíritu o marcharse del hotel. Optó por lo segundo. Durante años creyó en los fenómenos paranormales, hasta que un día en su casa apareció la sirvienta. Ella dio un respingo al verla con un vaso como la otra vez. La sirvienta le pidió excusas: se le había roto un vaso con un corte de casi dos centímetros paralelo al borde, pues al fregar no se había quitado la sortija, lo había rayado por dentro y al meterlo en agua caliente había saltado el trozo.






Libro: Hablemos de la Fe
1. Creer: fiarse de Dios
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


13. Dios existe: yo lo encontré


Dios nos ha hablado por medio de Jesucristo, y es a Él a Quien hay que escuchar y seguir. Pero como a veces el proceso para la fe comienza al tener noticia de algún testimonio espectacular de alguien que se convirtió, vamos a resumir uno que ha sucedido no hace muchos años, la conversión del periodista francés André Frossard. La cuenta él mismo en su libro Dios existe, yo me lo encontré. Su padre era ateo y él fue educado en un ateísmo absoluto, «aquel en el que la existencia de Dios ni siquiera se plantea». Pero a los veinte años encontró bruscamente la verdad cristiana, «en una dulce y silenciosa explosión de luz». Fue en una capilla de París. Entró allí para buscar a un amigo y se encontró a Jesucristo expuesto solemnemente en una Custodia para recibir la adoración y el desagravio de los fieles. El dice que entró en el templo «mayor» y que salió hecho un «niño perdonado, que se despierta para saber que todo es regalo».

Al salir a la calle su amigo Willemin le encuentra algo raro y le pregunta: «¿Pero qué te pasa?» Y contesta André: «Soy católico». «Y como si tuviera miedo de no ser bastante explícito, añadí: "apostólico y romano", para que mi confesión fuese completa.» El amigo le dice: «Tienes los ojos desorbitados», y responde Frossard: «Dios existe, y todo es verdad».

Y nos sigue contando: «Yo era una lechuza que hace al mediodía la experiencia del sol. Cinco minutos más tarde, en la terraza de un café de la plaza Saint-André-des-Arts, contaba todo a mi compañero... Los escombros de mis construcciones interiores cubrían el suelo. Observaba a los viandantes que caminaban sin ver y pensaba en su maravilloso asombro cuando a su vez hicieran el hallazgo que acababa de hacer. Seguro que la misma aventura les sucedería pronto o tarde, me divertía anticipadamente con la sorpresa de los incrédulos y de los que dudaban sin dudar... Dios estaba, e incluso estaba allí, revelado y oculto por esa embajada de luz que, sin discursos ni figuras, hacía comprenderlo todo, amarlo todo. Me doy cuenta de lo que tales alegaciones pueden tener de excesivas, ¿pero qué puedo hacer yo, si el cristianismo es verdadero, si hay una verdad, si esa verdad es una persona que no quiere ser incognoscible?... La enseñanza de la Iglesia era cierta hasta la última coma, y yo tomaba parte en cada línea con un redoble de aclamaciones, como se saluda una diana en el blanco» (A. Frossard, Dios existe, yo me lo encontré).

Hasta aquí este testimonio de un encuentro con Dios. Y no hay que pensar que sean casos aislados. Hay muchas, muchísimas personas que se han encontrado con Dios. Ahí están todas las vidas de los santos, aunque muchos de ellos no tuvieran una conversión espectacular. Aunque otros sí, por ejemplo San Pablo.

En los Hechos de los Apóstoles se cuenta tres veces en boca de San Pablo el relato de su conversión. Camino de Damasco se encuentra con Cristo y se queda sin vista corporal y ciego el entendimiento por el choque intelectual que le supuso: él trataba de aniquilar la doctrina cristiana movido por los príncipes de los judíos, llevaba al martirio a los cristianos, que creían -según él pensaba- en Jesús muerto. Y resultó que Lo encontró vivo. Cristo había resucitado y estaba vivo. Y vivo en cada uno de los cristianos, otros Cristos. Y él estaba engañado. Desde entonces dedicó su vida a predicar al Reino de Cristo, y sufrió persecuciones, muriendo decapitado en Roma.

Dios existe, los santos Le han encontrado y han seguido la obediencia de la fe. Quizá algunos que no creen esperan, para creer, a tener un testimonio espectacular, esperan ver un milagro o encontrarse con alguien que les deslumbre con sus palabras. Todos necesitamos un testimonio de otro que nos merezca confianza, cuya autoridad sea segura. ¿Qué hacer? Ir a los Evangelios, conocer la vida y la doctrina de Jesucristo porque ahí encontraremos toda la verdad y, «si aceptamos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios, que ha testificado de su Hijo» (1 Jn 5, 9).