Nada más pasar la puerta de la muerte, el alma se juzga a sí misma, en la presencia de Dios. Inmediatamente, con la velocidad del relámpago, ante nuestra conciencia pasa nuestra vida como se pasan a en un segundo todas las hojas de un libro. Instantánea pero total y sincera es esa visión. Todas nuestras palabras, obras y pensamientos; lo que hemos hecho bien y lo que hicimos mal, lo que teníamos que hacer, lo que no hicimos. Veremos hoja por hoja, línea por línea, palabra por palabra, letra a letra, cómo hemos escrito nuestra vida.
El día que llegamos a la existencia se nos dio a cada uno un libro, que lleva nuestro nombre, y en el que cada página es un día. Abierto por un día cualquiera se descubre en la página de la izquierda escrita lo que espera Dios para ese día. Dice un salmo: "Tus ojos contemplaron mis actos y fueron escritos todos en tu libro, y tasados mis días, antes de que saliera a la luz ni uno de ellos" (Sal 139,16). La página de la derecha está en blanco. Durante el día uno ha de ir escribiendo según lo que viene en la página de la izquierda, para cumplir la voluntad de Dios.
¿Qué es lo que se escribe? Pensamientos, palabras acciones que en sí mismos son buenos. Porque los hay que son malos desde el punto de vista de Dios, y eso no queda escrito. Mejor dicho, sí quedan reflejados en el libro, pero no son letras, sino borrones. Eso es lo que sucede con los pecados veniales, que son como letras defectuosamente escritas, manchas más o menos grandes. El pecado mortal, sin embargo, no es una mancha, es mucho más: es volcar el tintero inutilizando el libro. Hasta que no se arregle, no se puede volver a escribir. Todo lo que se hace en pecado mortal, no sirve para nada sobrenaturalmente.
Para que aparezcan palabras y frases inteligibles que se puedan leer cuando se abra el libro después de la muerte, hay que escribir en estado de gracia (sin pecado mortal) y de acuerdo con lo que viene en la página contigua; es decir, según el influjo de las gracias actuales por las que Dios nos hace ver su voluntad. En esta vida no estamos para hacer cosas, ni siquiera cosas buenas, sino para cumplir su voluntad. ¿Y cómo sabemos lo que Dios quiere? Importantísimo tema en el que hemos de poner mucho empeño, no sea que uno, con aparente buena voluntad, no haga lo que Dios desea; es decir, no tenga realmente buena voluntad, sino que desee hacer la suya propia. Para conocer la voluntad de Dios sobre uno mismo es preciso hacer oración, preguntar y obedecer a quienes ha puesto Dios como indicadores de su voluntad: el Magisterio de la Iglesia y el director espiritual.
La voluntad libre es la pluma con la que se escribe. Uno sabe en su conciencia cómo queda reflejado en el libro lo que hace. Uno se percata si obra moralmente bien o mal. Y sabe que hay Alguien más que lo sabe: Dios. "Él escudriña los corazones, porque Él sostiene tu alma y dará a cada uno según sus obras" (Pr 24,12). La conciencia advierte el bien y el mal, y la presencia de Dios que la ve. Uno en esta vida puede engañarse, auto convencerse de que Dios no ve; oscurecer la conciencia llamando al mal bien, para hacer lo que le gusta, no como quiere Dios, llegando a violentar la conciencia para que no le remuerda el mal cometido. Uno lo puede hacer, y creer que sigue escribiendo en el libro de su vida, cuando en realidad no lo está haciendo.
Es una gran necedad, una insensatez; pero es un peligro que nos acecha a todos, por la el veneno de la soberbia que nos sugiere el diablo: engañarnos a nosotros mismos y acabar creyendo el teorema de la rana. El teorema de la rana lo iba anotando un científico mientras lo iba practicando con un pequeño batracio, y dice así: "Si a una rana se le cortan los dedos de una pata y se le dice: Rana, salta: la rana salta. Si a una rana se le corta una pata entera y se le dice: Rana, salta, la rana salta. Y si a una rana se le cortan las dos patas y se le dice: Rana, salta: la rana no salta. Conclusión: cuando a una rana se le cortan las dos patas, se vuelve sorda".
Pues uno puede ir por la vida con esa lógica, engañándose; haciendo cosas que son malas y llegar a que no le remuerda la conciencia. La realidad es que el libro va quedando hecho una pena -y si se trata de pecados mortales, un auténtico desastre-, pero uno vive tan tranquilo, como si no pasara nada. "Total, si nadie me dice nada, no pasa nada". Pero sí pasa, porque Dios sí ve cada una de nuestras acciones y hasta los más ocultos pensamientos y repliegues del corazón. A Dios no se le puede engañar, y nosotros al final de nuestra vida no tendremos que dar cuenta de nuestras acciones a nuestra madre, ni a la sociedad, ni a nadie, sino sólo a Dios, que es quien nos ha dado la vida, el alma y con ella la libertad para obrar el bien.
Pasado el umbral de nuestra muerte no cabe el engaño, no se puede huir de la luz para no darnos cuenta de nuestras propias obras. Y con claridad meridiana se ve todo lo que hemos hecho según como lo veía Dios, como uno sabía en su conciencia cómo estaba escribiendo, y sabía si se alejaba de la verdad. Dios a cada uno va a juzgar por lo que veía en su conciencia que debía de hacer. Por lo que debía haber visto en su conciencia, según las posibilidades que tuvo de conocer la verdad. Porque tenemos obligación grave de buscarla en lo que Dios nos dice en los Mandamientos y por otros cauces, y al encontrarla, de vivir según esa verdad. Por eso, Jesús amonesta vivamente a no engañarnos a nosotros mismos, a no oscurecer voluntariamente la conciencia, porque el juicio tras la muerte es el juicio que uno hace ya en esta vida. "Y el juicio consiste en que vino la luz al mundo (el Hijo de Dios), y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Pero el que obra según la verdad viene a la luz para que sus obras sean manifiestas, pues están hechas en Dios" (Jn 3, 19-21).
Nada más morir uno se juzga a sí mismo, confronta su vida con la verdad de Dios, en su luz. Uno se reconoce inequívocamente protagonista de esas acciones que aparecen en el libro. Y se cierra el libro. Lo escrito, escrito está. Nada se puede modificar. Si se halló en gracia, el nombre de su libro se escribe en el Libro de la Vida de Dios, donde aparece la lista de los santos. Y uno mismo se va al lugar que le corresponde, porque cada uno hace lo que le da la gana. Y como el humo asciende y los cuerpos pesados caen hacia abajo, uno mismo se va al Cielo o al infierno; a lo que él ha escogido. Todo esto ha sucedido en un instante, en un abrir y cerrar de ojos.