¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


Índice



I. 
II. 
III. 
IV. 
V. 
VI. 
VII. 
VIII. 
IX. 
X. 
XI. 
XII. 
XIII. 
XIV. 
XV. 


XVI. 
XVII. 
XVIII. 
XIX. 
XX. 
XXI. 
XXII. 
XXIII. 
XIV. 
XXV. 
XXVI. 
XXVII. 
XXVIII. 
XXIX. 
XXX. 
XXXI. 









Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


Introducción


Todos cuantos conocieron a Jesús hace veinte siglos en Palestina se hacían la misma pregunta: ¿quién es este hombre?, ¿de dónde ha salido? La gente deseaba conocerle y cuantos le escuchaban quedaban admirados de su personalidad y de sus enseñanzas.

Hoy como ayer su figura sigue despertando interés y nadie que tiene noticia suya queda indiferente. A lo largo de los siglos a muchas personas les ha apasionado este hombre y su mensaje, hasta el punto de dar la vida por él, ¿por qué esto? ¿Y por qué se apasionan también los que afirman que está muerto? ¿Qué tenía aquel Jesús que murió hace tanto tiempo que tanto interés despierta? Es que no está muerto, está vivo.

En los últimos años se ha escrito mucho sobre Jesús y no pocas veces interpretando de una manera subjetiva -de forma novelesca e incluso grotesca- su vida y sus palabras. Quien lea esas publicaciones, aparte de otras consideraciones, tiene que saber que lo que está leyendo es fruto del ingenio del que escribe y, por tanto, no debe pensar que las cosas ocurrieron tal como las han imaginado esos novelistas.

Asimismo se siguen publicando libros en los que se critica la historicidad de los evangelios, alegando que no pudieron suceder así los acontecimientos y se ofrece al público «lo que deberían haber dicho los evangelistas».

Como es sabido, hasta el siglo XIX nadie había dudado del contenido de estos relatos, pero debido a la influencia del pensamiento ilustrado que puso en duda toda religión como si fuera algo supersticioso y mítico, la escuela «histórico-crítica» negó la veracidad de casi todos los episodios evangélicos y criticó todo lo que en ellos pudiera aparecer como sobrenatural, explicando cada hecho por otras categorías que habría que tener en cuenta según la mentalidad y los usos de la época. Concluían diciendo que Cristo fue un hombre normal, incluso un inconformista, al que la imaginación de los cristianos atribuyó ser el Mesías divino.

Como reacción, R. Bultmann, pastor protestante y acérrimo defensor de la fe fiducial, sostuvo hacia 1920 que lo importante en el cristianismo es conocer al «Cristo de la fe», lo que la fe enseña sobre Jesús, es decir, que es el salvador; lo demás -conocer su vida histórica- es una tarea inútil porque no sirve para la salvación y, además, una tarea imposible de realizar.

Explicaba que la investigación de la historia de Jesús es imposible de hecho, puesto que los evangelios no fueron escritos por testigos oculares sino que fue una elaboración de la comunidad creyente. Los evangelios -según él- no nos informan de la vida de Jesús, sino de un «kerigma», una profesión de fe que propone una visión de nuestra vida. Además, al descubrir que los evangelios no eran obras unitarias, sino un conjunto de piezas separadas (o «formas»), interpretó que eran unos cuentos o leyendas que se formaron en torno a Jesús. Por lo que concluía que es imposible saber nada de la vida y personalidad de aquel hombre, y lo que podemos conocer sólo es la fe de aquellas comunidades: el Jesús en el que creían.

La crítica a Bultmann la hizo en 1953 uno de sus discípulos, E. Käsemann, exponiendo que si no existe conexión alguna entre el Cristo de la fe y el Jesús de la historia, el cristianismo se convertiría en un mito; además, si la Iglesia primitiva no tenía ningún interés en conocer la historia de Jesús, no se explica por qué se escribieron los evangelios, pues bastaba con las cartas de Pablo; finalmente, la misma fe exige la certeza de la identidad entre el Jesús terreno y el Cristo glorificado, pues de lo contrario no será la fe trasmitida por los apóstoles.

En una excelente síntesis sobre la diversas corrientes de investigación de estos años en torno a los evangelios, R. Latourelle concluía en 1978 que «después de dos siglos de estudio, la crítica ha acabado mordiéndose la cola. Al final de la aventura nos encontramos con la misma afirmación inicial: por medio de los evangelios conocemos verdaderamente a Jesús de Nazaret. Las negaciones o las sospechas de la crítica han obligado a católicos y protestantes a escudriñar la historia de esos libritos en apariencia tan ingenuos y tan transparentes que son los evangelios. Después de varias décadas de estudio se nos ha hecho más familiar la historia de su formación. Por complejo que haya sido, el conocimiento de esta historia, lejos de darnos miedo, nos tranquiliza y nos afianza» (R. LATOURELLE, A Jesús el Cristo por los evangelios).

La exégesis ha enriquecido mucho nuestro conocimiento sobre los evangelios, como ha sido el profundizar en su proceso de formación (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 126), en lo que indudablemente Bultmann contribuyó. Por otros documentos antiguos y descubrimientos arqueológicos se han precisado muchos detalles. De todos es conocido, por ejemplo, que Jesús no vivió treinta y tres años como se venía pensando, sino más de treinta y cinco, pues Herodes el Grande (el que intentó matar a Jesús después de haber nacido) murió según datos de Flavio Josefo en la primavera del año 750 de la historia de Roma, por lo que Jesús no pudo nacer el año 754, fecha fijada por Dionisio el Exiguo como comienzo de la era cristiana. Jesús nació entre cuatro y siete años antes de lo que se creía.

Todo esto tiene su interés y la Iglesia Católica desea que se siga investigando en la historia de las formas (Formgeschichte) y en la historia de la redacción (Redaktionsgeschichte), pero rechazando los prejuicios racionalistas. Sería un gran error, por tanto, poner en tela de juicio los evangelios desautorizando a sus autores como si ellos hubieran conocido sólo de oídas lo que referían, hubieran puesto en boca de Jesús frases que no dijo, o hubiesen inventado personajes o situaciones: al menos Juan y Mateo fueron testigos oculares de muchas de las cosas que narran pues eran apóstoles, y Marcos y Lucas es probable que conocieran a Jesús, en todo caso fueron discípulos de Pedro y de Pablo respectivamente.

Como decíamos, la veracidad de los evangelios ha sido comprobada en el siglo XX. Pero no hay que olvidar que ya en el siglo I los mismos cristianos la habían comprobado, pues esos relatos se escribieron en el seno de la Tradición de la Iglesia y en ellos se hablaba de Jesús -objeto de la fe-, por lo que la primera interesada en que contuvieran palabras y hechos de Jesús ciertos era la misma Iglesia.

Si los cuatro evangelios gozaron desde un principio de autoridad en la comunidad de los creyentes y se tuvieron como revelados por Dios es porque narraban palabras y hechos verdaderos ya conocidos por aquellos primeros cristianos. De hecho, la Iglesia rechazó los evangelios apócrifos, otros relatos -unos escritos por gente piadosa y otros por gnósticos con el fin de confundir a los cristianos- que contaban cosas que no eran ciertas. Para los cristianos era muy importante conocer la vida y las enseñanzas de Jesús tal y como sucedieron y cuál era su sentido, porque eran el camino de salvación, es decir, lo que daba sentido a sus vidas y por lo que estaban dispuestos a morir.

Es verdad que con en los primeros siglos, al hacer a mano las copias, pudieron producirse interpolaciones o añadidos respecto a los textos originales, pero con los estudios de la exégesis bíblica de estos últimos años, y después de haber expurgado los versículos de dudosa procedencia, tenemos total seguridad de que los datos que dicen los evangelistas son ciertos y que los textos que hoy poseemos corresponden a los que escribieron sus autores porque a lo largo de los siglos la Iglesia los han conservado con sumo esmero.

Por eso podemos conocer quién era Jesús, lo que hizo y lo que enseñó, pues para eso se redactaron. El lector comprenderá, por tanto, que en este libro nos interese seguir fielmente los evangelios sin hacer interpretaciones personales, porque de no hacerlo así desfiguraríamos el personaje que deseamos conocer mejor. Y si en algún punto los evangelios no detallan algo, seguiremos lo que tradicionalmente se ha estimado como más probable, pues «in dubiis stat traditio», en la duda, se mantiene la tradición.

Tampoco nos detendremos en entrar en detalles que algunos cuestionan, porque no es la finalidad de este libro (tampoco los exegetas van demostrando la veracidad de cada pasaje cada vez que alguien critica un punto de los evangelios), puesto que hay muchos y buenos libros sobre Jesús que ofrecen suficiente información.

Lo que aquí interesa es que el lector, «metiéndose» en el ambiente en el que Jesús vivió, contemple como un espectador aquellos sucesos y aquellos diálogos para que, también él, quede sorprendido por aquel hombre único y saque consecuencias para su propia vida. Porque esto es lo que se preguntaban hace veinte siglos cuantos le conocían: Aquellos hombres, maravillados, decían: «¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mt 8,27). ¿Quién es éste? La gente deseaba ver a aquel hombre y, al escucharle o al observar los prodigios que realizaba, quedaban admirados.

En cierta ocasión Jesús preguntó a sus amigos qué pensaban los hombres acerca de Él. En las respuestas se comprobaba que la gente le atribuía el título más alto: decían que era un profeta enviado por Dios. Pero a Jesús no le interesaba tanto conocer las opiniones al respecto, cuanto que finalmente Pedro afirmara -movido por Dios- quién era Él en realidad para que lo supieran sus seguidores: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt, 16,16).

Lo que a nosotros hoy nos debería importar no es tener una «opinión» subjetiva sobre aquel hombre, sino saber quién era en verdad, pues sólo así entenderemos qué vino a hacer en este mundo y el influjo que ha ejercido sobre tantos millones de hombres y de mujeres. Este es el propósito de este libro: ayudar a conocer un poco más quién era Jesús.

A diferencia de otros libros que recorren toda su vida, aquí sólo analizaremos las apenas veinticuatro horas anteriores a su muerte y saber qué dijeron de Él antes y después de su resurrección. En esas horas se puso de manifiesto el «hombre» que era Jesús; a la vez se comprobará por los protagonistas de aquellos sucesos que era «alguien» más que un hombre, y, sobre todo, el lector podrá entender un poco más aquella gran verdad que Jesús reveló: que el mundo conozca que tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí (Jn 17,23).





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


I. Un hombre decidido


Era de noche cuando salió del cenáculo Jesús con los once apóstoles y caminaba delante de ellos, descendiendo por el empedrado. Los apóstoles iban detrás de Él en pequeños grupos por esa calle que recorría la ciudad descendiendo desde el oeste hacia el este. El pavimento de amplios espacios de piedras lisas se veía interrumpido cada dos o tres metros por unos escalones que rompían el ritmo de la zancada, pues esos largos escalones estaban pensados más bien como descanso del que subía que para comodidad del que bajaba.

Atrás quedaba el cenáculo, donde unas mujeres recogían los restos de la cena y fregaban, sumidas en recogimiento, gustando todavía en sus corazones las palabras y los gestos de Jesús, que también ellas habían presenciado.

Y con el regusto entrañable de ese rato de intimidad familiar -¡más, de confidencias divinas!- iban descendiendo los once, deprisa, como saltando sobre el empedrado, detrás de su Maestro. Él iba delante. Como buen maestro siempre había ido por delante al caminar y al proponerles ideales maravillosos para sus vidas. Jesús cautivaba con sus palabras, arrastraba con el empuje de su personalidad y sorprendía con los misterios de los que hablaba.

Por la calle en penumbra llegaron a la puerta de las Aguas, y al atravesar por ella la muralla se abrió ante sus ojos el amplio valle de Cedrón. Bajo la tenue luz de la luna se podía ver enfrente, recortada, la silueta del monte de los Olivos. Jesús seguía bajando resuelto, en silencio, y ellos le seguían.

Desde hacía tres años seguían a Jesús, porque realmente era un maestro que enseñaba a orientar la vida en la verdad y el bien. No era sólo la sublimidad de su doctrina, era también la fuerza de su personalidad lo que les arrastraba y entusiasmaba, porque vivía lo que predicaba.

La fuerza espiritual y religiosa que se desprendía de su persona y el atractivo irresistible de su figura conquistaba multitudes. En su figura había algo radiante que atraía irresistiblemente a toda persona de sentimientos delicados, especialmente a los niños y a las mujeres. La exclamación que un día brotó espontánea de los labios de una mujer del pueblo fue muy significativa: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron (Lc 11,27).

A sus discípulos les había llamado la atención la lucidez extraordinaria de su juicio y la inquebrantable firmeza de su voluntad. Era verdaderamente un hombre de una gran personalidad, que tenía muy claro el fin de su vida -realizar la voluntad de su Padre- y lo buscaba inflexiblemente y hasta el último extremo.

Ya su modo de hablar «Yo he venido, Yo no he venido» traslucían perfectamente la claridad que tenía de su misión: Yo... sé de dónde vengo y a dónde voy (Jn 8,14). He bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquél que me ha enviado (Jn 6,38). Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante (Jn 10,10). He venido a traer fuego a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda? (Lc 12,49). El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en redención por muchos (Mc 10,45). No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia (Lc 5,32). No he venido para condenar al mundo, sino para salvar al mundo (Jn 12,47). No he venido a traer paz a la tierra, sino la espada (Mt 10, 34).

Jesús sabía claramente qué debía hacer y qué no debía de hacer: tenía conciencia de la misión que el Padre le había encomendado. A diferencia de lo que sucede a cualquier persona, que hay momentos en los que no sabe qué debe hacer, Él sabía en toda circunstancia cuál era su sitio o su misión, sin tomarse tiempo para reflexionar en las respuestas. En este sentido, rechazó inmediatamente la propuesta de repartir una herencia, porque no era de su incumbencia (Lc 12,13), aunque a primera vista hubiera parecido que se trataba de una obra buena.

Jesús sabía lo que tenía que hacer y lo sabía desde el principio. Cuando a la edad de doce años sus padres le encontraron en el Templo, expresó claramente su norma de actuación: ¿No sabíais que debo emplearme en las cosas de mi Padre? (Lc 2,49). Años más tarde, al inicio de su vida pública, el tentador le propuso otros planes, y Él contestó: Apártate Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás (Mt 4,10); con gran claridad veía Jesús desde el principio de su vida pública el nuevo camino de su entrega y de sacrificio a la voluntad de su Padre y lo emprendió con resolución.

Algo semejante respondió con rapidez a Pedro cuando trató de apartarle de la cruz (Mt 16,23). Jesús le rechazó enérgicamente como a Satanás. Otra vez fueron muchos los discípulos que le abandonaron cuando habló de darles a comer su carne y beber su sangre. Pero Jesús estaba dispuesto a seguir su camino, aunque fuera solo, abandonado de todos. Ni la menor condescendencia para retener a sus discípulos, solamente esta concisa pregunta: Y vosotros, ¿también queréis marcharos? (Jn 6,68). Jesús aparecía siempre con una voluntad resuelta.

Jamás se le había visto en sus palabras o en su modo de obrar vacilar, permanecer indeciso, y menos volverse atrás. Y pedía esa misma voluntad firme e inflexible a sus discípulos cuando decía: Quien tiene la mano en el arado y mira atrás, no sirve para el Reino de Dios (Lc 9,62). Pero no era precipitado en sus decisiones, pues Él mismo había explicado que quien declara la guerra a un rey comienza por hacer recuento de sus tropas (Lc 14,31). Prudente, sí, pero de ninguna manera permitía la indecisión, las claudicaciones o las salidas de compromiso.

Todo su ser y su vida eran un «sí» o un «no». Jesús era siempre el mismo cuando hablaba y actuaba, y lo hacía con lucidez de conciencia y voluntad firme. Por eso Él podía pedir a los demás:
Que vuestra palabra sea sí, sí, no, no. Lo demás es un mal (Mt 5,37). Llamaba la atención que, aun ante las situaciones más comprometedoras o peligrosas, jamás había perdido la serenidad.

Su voz debía de ser poderosa y clara, como la del buen comunicador, para poder hacerse entender. A la vez, la sencillez en la exposición de sus enseñanzas manifestaban un gran orden y claridad de ideas.

Todo en Él era luz, verdad, unidad, coherencia. Hasta sus mismos enemigos lo reconocían: Maestro, sabemos que eres veraz y no haces acepción de personas (Mc 12,14). Los apóstoles se daban cuenta de que en esta unidad y pureza de todo su ser estaba la explicación de su lucha contra los fariseos, personificación de lo que había de falso y oscuro en la religión y en la vida. Desde este punto de vista, era coherente que su modo de actuar en la verdad y fidelidad al Padre le supusiera ser signo de contradicción, tener enemigos y que buscaran su muerte.

Jesús era la encarnación de la fidelidad hasta el heroísmo. Y a sus discípulos exigía esa disposición de entrega absoluta de su vida por la verdad. Jesús pedía heroísmo. Al joven rico le planteó dejar absolutamente todo, porque el verdadero discípulo debía posponer todo para seguirle a Él: padre, madre, mujer, hijos, hermanos y hasta la propia vida.

Sus palabras eran ciertamente exigentes, pero Jesús iba por delante, era el primero en vivir lo que proponía a sus seguidores. No era sólo la sublimidad de su doctrina y la coherencia de su vida, era también el temple y la exigencia personal lo que le daba una extraordinaria autoridad moral, y que hiciera que sus enemigos le temieran: nadie osó resistirse cuando expulsó por la fuerza a los vendedores del templo.

Todo ese modo de ser hacía que apareciera ante la gente, y también ante los suyos, como un jefe, como alguien que estaba por encima; de ahí su temor respetuoso a su Maestro. Los evangelistas señalan repetidas veces la extrañeza y aun el temor de los discípulos ante sus discursos y prodigios (Mc 9,6; 10,24), y su miedo a interrogarle. El temor se apoderaba también de las muchedumbres y les cautivaba (Mc 5,15), porque daba la impresión de poder, de superioridad. En él había algo dominante y arrollador. Por eso la gente, al preguntarse sobre quién era Jesús, se planteaba si no estarían delante de Elías, Jeremías o algún otro profeta.

Sus ojos debían ser muy expresivos, su mirada fascinante, capaz de excitar e inflamar en los demás los más altos ideales y de hacer sentir los reproches más emocionantes; en los evangelios se insiste a veces en esa mirada: Y mirándoles les dijo... Sin duda, de su mirada se podía advertir cómo era su corazón.

Las gentes le seguían no sólo por su autoridad moral, sino también por el inmenso cariño que les manifestaba. Querían a Jesús y a su vez se sentían queridos y protegidos por Él. Los niños gustaban acercarse a Él. Otros, sin embargo, no respondían con generosidad ante aquella mirada que interpelaba. ¿Por qué? Tal vez porque sea necesario un corazón recto para amar y dejarse amar, y sea éste el requisito para descubrir en un rostro aquello que ante los demás permanece encubierto.

Verdaderamente los apóstoles estaban entusiasmados con Jesús, y estaban dispuestos a ir con él a Jerusalén a morir con él si hacía falta; dispuestos a dar la vida por su Maestro porque nunca habían conocido un hombre igual.





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


II. ¿Qué le sucede a Jesús?


No le habían visto la cara desde que salieron del cenáculo. Llegaron hasta el torrente y lo cruzaron por un pequeño puente. Jesús seguía caminando y se dirigía hacia la finca llamada Getsemaní -«prensa de aceite»- situada en la falda del monte, lugar que se prestaba para el retiro y la oración, y desde el cual se veía el paño alargado del muro oriental del Templo. Parecía que iban a allí a rezar, como habían hecho otras veces.

Al llegar a la puerta de la tapia Jesús se detuvo y dijo que sólo le acompañaran Pedro, Juan y Santiago; y a los demás, que se quedaran allí rezando: - Quedaos aquí mientras yo voy a orar allí (Mt 26,36), y les aconsejó: Orad para que no entréis en tentación (Lc 22,40). A una indicación suya Pedro, Santiago y Juan se adentraron con Él entre los árboles. Eran los mismos que le habían visto transfigurarse en la cumbre del Tabor.

Mientras caminaban, se dieron cuenta de que a Jesús le estaba pasando algo raro pues su rostro mostraba temor y angustia. No se atrevían a preguntarle, pues ellos mismos estaban como contagiados por la tristeza de Jesús. Sorprendidos y mirándose entre sí, les costaba admitir que Jesús se pudiera encontrar en una situación anímica semejante. Ellos habían aprendido que estando junto a Él no les podía pasar nada; Él mismo les había repetido varias veces que no tuvieran miedo. Pero esta vez se asemejaba a quien tiene fiebre y se encuentra débil: a Jesús le pasaba algo.

Seguían caminando en silencio reverente, hasta que se detuvo y les hizo una confidencia: - Triste está mi alma hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo (Mt 26,38). Allí se quedaron mientras Jesús continuó andando como unos treinta metros. Se puso de rodillas y luego se postró rostro en tierra. Desde su sitio, los tres escuchaban sus gemidos entrecortados y alcanzaron a oír: - ¡Abbá, Padre!, todo es posible para ti. Aparta de mí este cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero sino lo que quieras tú (Mc 14,36).

Estaban anonadados. Nunca habían visto señales de tristeza o de temor en su Maestro, al contrario, y ahora en cambio era como un niño enfermo que necesitara del cuidado de su Padre. En otras ocasiones habían comentado entre sí que no acababan de entender algunas de sus palabras porque les hablaba de misterios que Él sabía y que ellos, por mucho que se los explicase, no acababan de entender. Entreveían la gran distancia entre ellos y la sabiduría de su Maestro. Jesús sabía mucho más.

Además, a pesar de su cercanía y de su amistad con ellos, Jesús tenía una relación muy especial con su Padre y, precisamente esa cercanía con el Padre, le hacía distante y lejano. A veces, después de despedir a las gentes, se iba Él sólo a orar y se pasaba la noche en oración (Mt 14,23). Yo no estoy solo (Jn 8,16) les había repetido en varias ocasiones: no estoy solo porque mi Padre está conmigo (Jn 16,32).

Se daban cuenta de que trataba con el Altísimo de una manera absolutamente distinta a como lo hacían los demás hombres. No sólo porque llamara a Dios su Padre y hablara con Él en cualquier momento y con gran confianza -Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra (Mt 11,25); Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas (Jn 11,41)- sino que pasaba largos ratos hablando a solas con Él. Jesús tenía un mundo interior tan íntimo y sagrado, como un «sancta sanctorum», al que no tenían acceso los demás sino sólo su Padre, que le hacía único y misterioso: Nadie conoce al Padre sino el Hijo (Mt 11,27). Su Padre era su mundo, su existencia, su vida.

Sin embargo los tres apóstoles que le veían ahora en el huerto hablar con su Padre advertían que el tono de su diálogo era distinto al de otras veces. Era una oración confiada como siempre, pero hablaba con un acento de tragedia de un cáliz que ellos no comprendían. El Maestro albergaba en su corazón algo que ellos no podían alcanzar, y advertían en Él algo distinto a todos los sentimientos que habían observado en otras ocasiones y que le oprimía el corazón. Estaban tristes porque nunca le habían visto así. Aquellos tres que habían sido testigos del prodigio de luz en el Tabor donde Jesús se transfiguró y parecía un ser divino, contemplaban al mismo Jesús ahora tirado en el suelo como en los estertores de la muerte. No podían entenderlo.

Jesús había aparecido ante la gente en esos cerca de cuarenta años de su vida como un verdadero hombre; un hombre con categoría y prestancia que provocaba la admiración de la gente, sí, pero un hombre. A excepción del momento de la Transfiguración, su naturaleza divina se había ocultado constantemente bajo el velo de su naturaleza humana. Pero ahora, en el momento de la desolación en Getsemaní, parecía como si esa majestad humana y esos destellos de su divinidad -al igual que sus amigos- le hubieran abandonado. Jesús estaba solo, abandonado, abatido, como metido en el fondo de un abismo, con la plena conciencia de que era Él quien lo había querido; y sabiendo lo que le aguardaba.

¿Pero qué era lo que le hacía sufrir tanto? Lo que Jesús contemplaba en aquellos momentos no era sólo el dolor que le producirían los azotes que rasgarían sus espaldas, piernas y brazos, ni los clavos atravesando sus muñecas y sus pies, sino sobre todo el pecado del mundo y la ingratitud de los hombres que rechazarían la misericordia del Padre.

Para la mayoría de los hombres el pecado es algo tan natural como el vestido que llevan o el agua que beben, para Jesús en cambio la sola cercanía de esa realidad era la más terrible de las agonías. Como el médico advierte el alcance de la enfermedad que padece el enfermo, la persona que está cerca de Dios comprende el horror que supone el pecado. Para Jesús el sólo contacto con el pecado le hacía sufrir hasta la agonía, porque el pecado es todo lo contrario a Dios, es el mal. Y el que peca no sólo se aleja de Dios, sino que se hace esclavo del pecado y se hace a sí mismo «malo»,.

Sólo quien amara al hombre de esa manera tan profunda, sufriría por el hombre pecador y trataría de poner remedio para sacarle de esa lamentable situación. Jesús había explicado que Dios es un Padre que espera la vuelta de su hijo perdido; pues bien, Dios mismo quiso hacerse hombre y, «abandonando la casa del Padre», quiso Él mismo ser el hijo pródigo que, desde las consecuencias del pecado -la soledad, el sufrimiento y la muerte- se acercara a pedir perdón y misericordia al Padre por sus hermanos los hombres.

Iba a cargar con los pecados de la humanidad entera, con los millones y millones de pecados que se cometieron y cometerían a lo largo de la historia de los hombres. A aquel que no conoció pecado, (Dios) le hizo pecado por nosotros (2 Co 5,21). Por eso estaba allí ahora sumido en el dolor. Él confiaba en su Padre celestial, pero la confianza amorosa no está reñida con el desfallecimiento físico y psíquico. Y como sale a borbotones el jugo de las uvas en la prensa del lagar, así salían por los poros de su frente gotas de sangre a causa de la malicia de los hombres.

Aquellos tres apóstoles no podían entender lo que aplastaba el alma de Jesús y le causaba el desfallecimiento. Una vez más Jesús les desconcertaba, llevaba un mundo interior desconocido para ellos y una misión de la que apenas se hacían cargo, aunque Él había tratado de hacerles partícipes. No se enteraban de los misterios que llevaba en su corazón, y la prueba es que se habían dormido mientras el Maestro sufría.

Por fin Jesús se levantó de la oración y, recobrando el ánimo de siempre, se dirigió a sus amigos diciéndoles: - ¡Dormid ya y descansad! ¡Basta! Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Mirad que está cerca el que me entrega (Mc 14, 41-42).





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
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III. Decepción y desconcierto


Era hacia la medianoche cuando Jesús retornaba con los tres a la entrada de la finca, donde se habían quedado los otros ocho. Un murmullo de voces resonaba en el valle y a la luz de la luna se distinguía un tropel de gentes con linternas encendidas, que parecían dirigirse al lugar donde se encontraban ellos. Los que iban en cabeza se detuvieron al ver a los doce que estaban -como esperándoles- junto a la cerca del huerto. Judas Iscariote avanzó y de dirigió hasta Jesús, y acercándose le besó en una mejilla, al tiempo que decía: - ¡Salve, Maestro! (Mt 26,49).

Los acompañantes de Jesús no entendían qué podía significar aquello, ni la malicia que podía encerrar aquel beso. Pero la respuesta de Jesús terminó por alertarles: - Amigo, ¡a lo que has venido! Esa frase sonó algo así como: Amigo, ¡hasta dónde has llegado!; Judas, ¡quién te ha visto y quién te ve! Era un suave reproche que no provenía del resentimiento, sino para que se diese cuenta de quién era él, Judas, todavía: un amigo. Con ello le recordaba la llamada que un día le hizo, lo que había vivido con su Maestro y la situación lamentable en la que se hallaba. Jesús le desvelaba que conocía lo que sucedía en su interior y le invitaba a la sinceridad, al cambio interior.

Siempre respetando la libertad de los hombres, siempre declarando la verdad pero nunca coaccionando, porque cada uno es quien debe decidir sobre sus acciones y sobre su vida. Sorprendido, Judas no respondió. Se había retirado un poco y estaba mirando fijamente a Jesús. Fueron unos segundos intensos para Judas. De lo que hiciera en ese momento dependían muchas cosas para él. Muchas más de las que podía prever. Y como no acababa de decir nada, el Maestro le lanzó un nuevo reproche: - Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? (Lc 22,48).

Pero tampoco éste conseguía reavivar su conciencia. Su corazón se había ido endureciendo y ahora la voz de Jesús -la voz de Dios- no le removía. Tenía la atención puesta en lo que había ido a hacer, en el beso convenido con el Sanedrín y en lo que le iban a dar en recompensa después de que los criados y los guardias del Templo le apresasen y le condujeran con suma cautela ante el sumo pontífice.

Es posible además que, en el fondo, Jesús le hubiera defraudado porque también él esperara un Mesías-rey e imaginara que él sería uno de sus ministros: lo que le interesaba era ser alguien en el mundo y disfrutar de una buena posición económica. Pero con el tiempo se fue dando cuenta de que Jesús no era la persona que se había imaginado y que con Él no iba a triunfar.

Es elocuente que, precisamente al día siguiente de que la muchedumbre intentara proclamarle rey después de multiplicar los panes, Jesús comentó que entre los Doce que había escogido había un diablo. Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote (Jn 6,71). ¿Qué había sucedido en el interior de Judas durante esas horas? ¿No le habrían agitado amargos pensamientos de humana desilusión? Asimismo, unos días antes Judas comprobó que el Maestro prefería las lágrimas y la conversión de una pecadora a un perfume carísimo. Jesús había defraudado sus esperanzas humanas y, al surgirle una oportunidad inmediata de riqueza -y a la vez de acercamiento al poder-, no la había desaprovechado. En el fondo, él no deseaba hacer daño a Jesús, lo que quería era su propio bien.

Judas no había entendido que a Jesús no le interesaba el dinero, ni el triunfo humano, ni la gloria de los hombres. Judas no había entendido quién era Jesús. Y en esos momentos no estaba en condiciones de entenderlo, porque para descubrir «quién es Jesús» es necesario tener el corazón limpio.

Acabaron de llegar todos los que venían a por Él, pero ninguno daba un paso para prenderle. Ninguno tiraba la primera piedra porque algo sabían del personaje que tenían delante y tenían noticia de los prodigios que se contaban sobre Él. Entonces Jesús se adelantó hacia ellos y les preguntó: - ¿A quién buscáis? (Jn 18,4). - A Jesús el Nazareno - contestaron con bravuconería. Y Él añadió: - Yo soy. Al oír esto, los que estaban más cerca retrocedieron y cayeron en tierra. ¿Qué significado y qué fuerza debían encerrar esas palabras para que sucediera eso? La majestad de Jesús, oculta en su oración en el huerto, volvía a aparecer; y manifestaba que si le iban a prender sería porque Él iba a dejar hacer.

Cuando se levantaron apenas repuestos del susto, Jesús les preguntó de nuevo que a quién buscaban. Esta vez respondieron con más modestia que a Jesús el Nazareno. Entonces les dijo que, si Él consentía en que le apresaran era con la condición de que sus discípulos fieles quedaran libres.

Uno de los once, al darse cuenta de que efectivamente el Maestro se disponía a dejarse detener, pidió permiso para defenderle: Señor, ¿acometemos con la espada? (Lc 22,49). Pero antes de que Jesús respondiera, Pedro -temperamental y expeditivo-, intuyendo la negativa no esperó la respuesta y, desenvainando una espada, dio un golpe en la cabeza al siervo del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Había dado su palabra de que daría la vida por su Maestro y no estaba dispuesto a echarse atrás.

Pero el Maestro hizo algo que le desconcertó sobremanera. Dijo: Dejad, basta ya (Lc 22,51), tomando la oreja curó a Malco y a continuación reprendió a quien había tratado de defenderle: - Vuelve tu espada a la vaina porque todo el que empuña espada a espada morirá. ¿Crees que no puedo yo invocar a mi Padre y al punto pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras según las cuales debe suceder así? (Mt 26, 52-54).

Cumplirse las Escrituras, ahí estaba la clave para entender por qué Jesús se iba a entregar e iba a dejar hacer a los hombres en toda la pasión: para que se cumpliera lo previsto por Dios, o lo que es lo mismo, que se cumpliera la voluntad de su Padre celestial sobre Él.

Entonces Jesús dirigiéndose a los que habían ido a por Él lo volvió a afirmar: - Habéis salido con espadas y palos para prenderme como a un ladrón. Diariamente estaba junto a vosotros enseñando en el Templo y no me detuvisteis. Pero es para que se cumplan las Escrituras (Mc 14, 48-49).

Pedro se había quedado desconcertado y como defraudado de que Él, el Maestro, el que salía airoso siempre y a quien nadie podía hacer nada, no quisiera defenderse. ¡El Mesías se «entregaba» como si estuviera derrotado! No le cuadraba esa reacción con la idea que se había forjado de Él. ¿No era el Mesías? Eso no podía ser.

Pensó que si Jesús se dejaba prender que lo hiciera, pero él, pudiendo escapar, se escapaba. Y los otros siguieron a Pedro. Desde su punto de vista humano no podía admitir el razonamiento de Jesús. Estaba sorprendido. Nadie había podido hacer nada al Maestro en esos tres años, ni en el plano de los debates dialécticos, ni habían podido prenderle físicamente. Y ahora era como si las fuerzas de Jesús se hubieran desvanecido y fuera un mero hombre incapaz de oponer resistencia.

Pedro no acababa de entender lo de las legiones de ángeles; lo que entendía era que allí estaban unos hombres armados y había que defenderse. No comprendía que Jesús rechazara la violencia y que la rechazara hasta tal punto; no entendía que se pudiera ser mártir. Ya el Maestro se lo había advertido en otra ocasión: no juzgas las cosas como Dios, sino como los hombres (Mt 16,23).

Verdaderamente le había parecido desconcertante otras veces, pero en ésta no le cabía en la cabeza su actitud. No se daba cuenta en ese momento de que a Jesús había que seguirle aunque no se Le entendiera humanamente, porque Él siempre sabía más y conocía qué debía de hacerse para llegar a la bienaventuranza eterna. Ya se lo había dicho antes, cuando le lavó los pies: Lo que yo hago, ya lo entenderás después. Pedro lo entenderá días más tarde cuando llegue el Espíritu Santo, y dará su vida pasados los años, crucificado también él, en la persecución de Nerón.

Pero ahora abandonaba al Maestro porque no entendía su comportamiento. Tampoco él había entendido a fondo quién era Jesús.





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


IV. ¿No íbamos a reinar?


¿Por qué hasta sus mismos discípulos no acababan de comprender a su Maestro? Para responder a esta pregunta es necesario conocer cuál era entonces la mentalidad que existía sobre el Mesías.

Los que pertenecían al pueblo de Israel estaban a la espera del Mesías prometido y, según la interpretación que se había hecho de los textos de la Biblia, se trataba de un rey de índole religiosa, a la vez que política, que convocaría a todo el Pueblo disperso por el orbe y le otorgaría la liberación total. Estaba profetizado y todo apuntaba a que el momento de su aparición sería por aquella época. De hecho ya había habido varios conatos en este sentido de hombres que arrastraron algunos cientos de personas, pero una vez desaparecidos los iniciadores, con ellos murió su aventura.

Cuando empezó a predicar Juan Bautista, la gente se preguntaba si no sería acaso él el Mesías, y de hecho le tenían por tal. Él lo negó rotundamente y señaló que venía detrás de él. Afirmó que Jesús era el Cordero de Dios que quitaba el pecado del mundo, que era el salvador prometido por Dios. Indudablemente Juan sabía que era Jesús era el Cristo, el que salvaría al pueblo, y que se trataba de una salvación religiosa, que afectaba al corazón. Seguramente había hablado muchas veces con Jesús, pues eran parientes y de la misma edad, además había escuchado la voz del cielo que había confirmado que era el Hijo amado de Dios y, sobre todo, Dios le había destinado para mostrar a los hombres que Jesús era el Mesías. Él tenía conciencia que su misión era preparar a la gente para que le reconocieran como tal, y que debía orientarles hacia Jesús.

Quizá fuera éste el motivo por el que, con un buen método pedagógico, envió a unos discípulos suyos a preguntar a Jesús si Él era el Mesías que había de venir, para que lo escucharan de sus propios labios. Él contestó a los enviados simplemente que contaran a Juan lo que habían visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados; y bienaventurado quien no se escandalice de mí (Lc 7, 22-23). Les mostraba con unos hechos que se referían a una profecía claramente mesiánica que estaba llegando el bien a las personas, su salvación, y de qué salvación se trataba.

Jesús explicó después muchas veces en qué consistía ese «Reino de Dios», el reino de los cielos, con su modo de enseñar tan ilustrativo y peculiar que eran las parábolas, aquellos ejemplos tomados de la vida ordinaria que encerraban una enseñanza moral y tenían un sentido escatológico sobre la salvación de las personas.

Muchos al ver sus prodigios y al escuchar sus palabras se dieron cuenta de que Jesús era un profeta, tal vez el que tenía que venir, y que por la autoridad que mostraba todo apuntaba a que sería él quien reuniría al pueblo de Israel. Y este concepto que tenían de Jesús lo expresaron a su manera. Las veces en que aparece en los evangelios que llaman a Jesús «Hijo de Dios» parece que tienen este sentido y no el de Hijo del Altísimo igual a Dios, pues no podían tener otro más profundo ya que era impensable para ellos que Jesús, aquel hombre que sonreía o se cansaba, pudiera ser el Dios eterno.

Por ejemplo, cuando Natanael -que sería luego apóstol- habló por primera vez con Jesús acabó diciendo: Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel (Jn 1,49). Es probable que tengan este mismo sentido las palabras del diablo tentador: Si tú eres el Hijo de Dios... (Mt 4,6), pues, como interpreta san Lucas en otro momento, esa expresión equivalía a la del Mesías: salían demonios de muchos gritando y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Pero él les increpaba y no les permitía hablar, porque sabían que él era el Cristo (Lc 4,45). Y quizá también haya que entender en este sentido las palabras de Marta antes de resucitar su hermano: Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo (Jn 11,27).

El Cristo, el Mesías prometido, el Hijo de Dios venía a significar lo mismo para aquellos hombres y mujeres. ¿Qué contenido encerraban esos modos de decir? ¿Qué idea tenían realmente los que le seguían?

Nos puede dar luz aquel pasaje en el que la mujer de Zebedeo -que le acompañaba habitualmente y sin duda gozaba de su confianza- solicitó que, cuando llegara a la gloria, concediera a sus dos hijos colocarse a su derecha y a su izquierda. Buenísima intención, pero sus palabras evidenciaban una gran una visión humana. En aquella ocasión, los otros diez apóstoles se indignaron, y entonces Jesús les explicó lo que significaba reinar con Él: quien quiera ser el mayor entre vosotros, que sea vuestro servidor..., pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en redención por muchos (Mc 10, 43-45).

Quizá el pasaje donde más claramente aparece lo que pensaban sobre Jesús sus amigos viene explicado -con un acento de desilusión- por uno de sus discípulos cuando iban de camino a Emaús: Lo de Jesús Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras... Nosotros esperábamos que sería él quien libraría a Israel (Lc 24, 21). En el fondo latía ese matiz de salvador humano, de rey que les libertaría del yugo de los romanos.

Es verdad que pensaban que sería «a la manera de Jesús», de un modo algo misterioso y por superación de las medidas y poderes humanos; pero también incluía la posibilidad de ser un rey libertador humano, ¿y por qué no? Alguno de los apóstoles pertenecía al partido -que hoy llamaríamos extremista- de los celotes, y por eso iba armado con espada; el mismo Pedro llevaba también una espada en el huerto de los Olivos.

Por eso Simón Pedro se quedó desconcertado cuando le prendieron en Getsemaní al comprobar que Jesús no oponía resistencia ante quienes le apresaban. Y eso que Pedro había escuchado muchas cosas y había visto muchos milagros. Amaba a Jesús y creía en Él, pero ya se ve que no le había entendido del todo.

Ya se había quedado desconcertado en otra ocasión cuando, después de confesar por inspiración divina en Cesarea de Filipo Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16), Jesús habló inmediatamente de subir a Jerusalén para padecer y morir. Ante ese planteamiento Pedro se opuso y contestó que él lo impediría. No sabía que la misión del Cristo consistía precisamente en eso. Solamente después de la revelación de la pasión, muerte y resurrección del Mesías entenderá correctamente su sentido y podrá proclamar públicamente en qué consistía que Jesús era el Mesías, el Salvador.





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


V. ¿Qué dice de mí la gente?


Después de haber huido los apóstoles, maniataron a Jesús y se dirigieron a la casa de Anás, suegro de Caifás. Después, en la casa de éste, ya reunidos los principales autoridades religiosas, allí le acusaron de amenazar con destruir el Templo. Pero no quedaba clara la acusación.

Caifás comprendió que lo mejor era que el reo hablara para ver si podía acusarle por sus propias palabras. Y en un tono aparentemente amable y conciliador le dijo: - ¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos atestiguan contra ti? Jesús contestó sencillamente: - Yo he hablado abiertamente ante todo el mundo. Siempre he enseñado en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos. Nada he dicho en secreto. ¿Por qué me preguntas? Interroga a los que han oído lo que les he hablado. Ellos saben lo que les he dicho (Jn 18, 20-21).

En su humildad, Jesús no pedía que se llamara a declarar a los mudos, paralíticos, ciegos y leprosos a los que había curado, sino a los que habían oído sus palabras. Era patente que Él había hablado en público, no en secreto, ¿qué era lo que atestiguaba la gente, esa gente que ellos despreciaban? Jesús apelaba al pueblo, al sentir común de la gente sencilla. ¿Alguien afirmaba que había enseñado algo malo? «Excusatio non petita, acusatio manifesta», no le tocaba a él defenderse si nadie le había acusado.

A pesar de que había respondido con buena lógica y sin altanería, un siervo cualquiera le dio una bofetada en pleno rostro adulando al pontífice, a la vez que reprochó: - ¿Así contestas al pontífice? Aquella acción era muy grave pues la Ley castigaba a quien golpeara en la cara a otro que estuviera maniatado. Caifás debía haber aplicado la Ley sin juicio previo pues el delito era flagrante. En un abrir y cerrar de ojos Jesús podía haber fulminado a su agresor arrojándole a la eternidad, pero no lo hizo. ¿Es que no le había herido en su amor propio? No, Jesús manifestaba que no era como los demás en este sentido.

Sin embargo, con su silencio Caifás aprobaba el procedimiento y hería al preso con la mano de su siervo. Ante este silencio Jesús dejó patente la injusticia y resistió al mal haciendo cara a una ofensa fingida. No es que no estuviera dispuesto a presentar la otra mejilla como había enseñado, pues no sólo la mejilla sino toda la cara y todo su cuerpo iba a mostrar para ser flagelado, pero allí había una grave injusticia que debía aclararse y por eso replicó con mansedumbre: - Si he hablado mal, pruébalo. Pero si bien, ¿por qué me hieres?

A la pregunta que le había hecho el sumo pontífice Jesús había contestado: Interroga a los que han oído lo que les he hablado. Ellos saben lo que les he dicho. Que hiciera una especie de encuesta entre la gente que le había conocido para averiguar quién era él y qué había enseñado. Con anterioridad Jesús había hecho esa pregunta a sus apóstoles: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos le dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas (Mt 16,13), es decir, le equiparaban con algunos de los grandes personajes enviados por Dios.

¿Qué afirmaba la gente? Cuando resucitó al hijo de la viuda de Naím, el pueblo entero exclamó: Un gran profeta ha aparecido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo (Lc 7,16). Cinco días antes, el domingo en que le recibieron con ramos, al entrar en Jerusalén, se conmovió toda la ciudad y se preguntaban: ¿Quién es éste? (la pregunta que todos se hacían). La multitud decía: Este es Jesús el profeta de Nazaret de Galilea (Mt, 21, 10-11).

Los mismos sacerdotes y escribas habían escuchado a la gente, y, al ver los milagros que hacía, y a los niños que aclamaban en el Templo diciendo: Hosanna al Hijo de David (Mt, 21,15), se irritaron. Les molestaba que hiciera milagros y que le tuvieran por un hombre de Dios.

La gente sencilla y normal no estaba molesta con Jesús, al contrario: estaba admirada y agradecida con aquel hombre cuyas palabras infundían paz en el alma y parecía que disfrutara haciendo el bien a los demás. Y si aportaran testigos podrían tener muchos más datos en concreto: la samaritana o cualquiera de los habitantes de su pueblo podría confirmarles que era el Mesías, lo mismo que sus amigos Marta, María y Lázaro. Pero, claro, no interesaba escuchar a esos testigos.

Quienes le conocían sabían que había vivido sus años mozos en un pueblo llamado Nazaret, en casa de José y de María, y después había viajado por los caminos para predicar. Familiarizado con los nidos de los pájaros, las cuevas de los zorros y los lirios del campo, amaba la naturaleza y le gustaba pasear particularmente por los montes y junto a los lagos. Aunque le gustaba la soledad, no era un hombre solitario o raro.

Ellos mismos podían comprobar que Jesús no llamaba la atención por extravagancias, ni en su modo de vestir ni a la hora de relacionarse con los demás. Asistía a banquetes, aunque vivía la austeridad; ayunaba y se iba en soledad al desierto, y al mismo tiempo no rechazaba a nadie. Especialmente se acercaba a los enfermos y quería que los niños estuvieran cerca de Él. Los niños en su ingenua sabiduría podían afirmar que Jesús era bueno.

Participaba en los oficios religiosos en la sinagoga y pagaba los impuestos. No iba contra el sistema de los judíos ni contra el orden político establecido; ellos le preguntaron si era lícito pagar el tributo al César y Jesús les respondió que sí. Nadie podía tener una queja en este sentido. Un día, después de una multiplicación de los panes, la multitud entusiasmada quiso hacerle rey, pero Jesús lo evitó. No, no quería ser un líder social.

Las mujeres podían advertir el modo exquisito de tratarlas, con un respeto y una finura desconocidos tanto entre los judíos como entre los demás pueblos, pues no se les reconocía la misma dignidad del varón. Por eso los apóstoles se asombraron en cierta ocasión de que hablara a solas con una mujer, no sólo porque era samaritana, sino porque «dialogaba» razonando con ella.

Jesús no discriminaba a nadie, ni por ser mujer ni por ser de otro pueblo; y tampoco a los pecadores, como sucedió cuando le presentaron una mujer sorprendida en pecado (posiblemente engañada a tal efecto): la delicadeza con que trató a aquella pobrecita y el respeto por su dignidad no podía ser pasado por alto por ninguna mujer que hubiera tenido noticia del suceso.

Esta manera elegante y caritativa de actuar de Jesús enervaba a los doctores de la Ley, pues suponía un contraste para su mentalidad legalista y dura con las personas. En cierta ocasión un fariseo no creía que Jesús fuera un «profeta» porque dejaba que le tocara -e incluso le besara los pies- una mujer de mala reputación. Jesús, que sabía quién era esa mujer y lo que pensaba Simón, le dijo a la mujer que le quedaban perdonados sus pecados (Lc 7,50).

Y no sólo las mujeres, también los hombres podían darse cuenta de que trataba a cada uno con gran deferencia y respeto, valorando lo que cada persona valía. En sus disputas verbales con los fariseos nunca atacó dialécticamente ni dejó en mal lugar a nadie; podría haberse ensañado con alguna persona o haber sido vengativo, y no fue así. Jesús no era así. El mismo que con su palabra secó una higuera en un instante y afirmó poder mover una montaña con sólo decirlo (Mt 21, 19-22), no actuaba así con las personas.

Cualquiera podía advertir que estaba por encima de todos y de todo; su gran libertad de espíritu se manifestaba en no estar atado ni por el dinero, ni por el poder, ni por el placer; y actuaba con gran soltura, elegancia y sencillez. Rara vez se airaba, y llamaba la atención su serenidad firme y suave. Su gran corazón le conducía a apiadarse del mal ajeno y a tener una paciencia infinita. Hasta tal punto era así, que pudo decir: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29).

¿Cómo llamaban a Jesús las gentes? La multitud que le escuchaba con gusto le denominaba «Rabbí» porque estaban admirados de sus palabras. Era verdaderamente un rabbí, un Maestro. Por esto los fariseos le tenían envidia, por el motivo que confesó uno de ellos: todos van detrás de él (Jn 12,19).

Además hablaba con seguridad y sacaba su autoridad de dentro de sí mismo, pues no lo había leído en ningún libro. Hasta los guardias que enviaron los sanedritas para prenderle se quedaron pasmados al oírle, y ante la pregunta de sus jefes de por qué no le habían detenido, contestaron que jamás habló así hombre alguno (Jn 8,46). Esa afirmación indicaba que las palabras de Jesús eran muy distintas de las enseñanzas de las autoridades religiosas de Israel. Algunos decían que hablaba con autoridad y no como los fariseos (Mt 7,28), porque a quien escucha le resulta diferente la doctrina cuando se nota que el que la expone la vive.

Sus palabras dejaban paz en el alma, ese era el sentir general. Sólo para aquellos que tuvieran alguna oscuridad en el corazón, como le sucedió a Judas al pasar el tiempo, sus enseñanzas resultaban molestas.

Sin embargo otras personas que le habían seguido tal vez podrían afirmar que les desconcertaba, porque lo que decía era increíble según sus parámetros. Por ejemplo, cuando prometió la Eucaristía y les dijo que tenían que comer su carne y beber su sangre muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no le acompañaron (Jn 6,60). Algunos le tomaban por loco (Mc 2,21), otros se preguntaban sorprendidos: ¿Quién es éste, que hasta perdona los pecados? (Lc 7,49).

Desde un punto de vista racional no era fácil aclararse con aquella persona; sólo los humildes de corazón le seguían de manera continuada, aunque no le entendieran del todo, porque sabían que era bueno y decía la verdad, y se percataban de que veía más allá que ellos.

Pero, ¿no era acaso, en el fondo, un idealista, un soñador que vivía al margen de la realidad? ¿No se le podía considerar, desde otro punto de vista, un hombre con una línea de conducta dura consigo mismo y con los demás, absoluto en sus afirmaciones del tipo: Si tu ojo te escandaliza, arráncalo (Mt 18,9), El que pierda su vida, la encontrará (Mt 10,29), Nadie puede servir a dos señores (Lc 16, 13)?

¿Qué podrían decir al respecto los que le habían conocido? Desde luego que no era un soñador, pues tenía un gran sentido de lo real y de la vida práctica como se manifestaba en sus parábolas: había hablado de pescadores, labradores y viñadores, de mercaderes de perlas, de jornaleros, constructores y hortelanos; del cortejo nupcial, del pobre pordiosero que está a la puerta, de la mujer que está buscando la moneda con una lámpara, del hombre rico que duerme plácidamente después de la cosecha, o de la mujer joven que olvida sus dolores al contemplar a su chiquitín. Jesús conocía muy bien el mundo en el que vivía y se había dirigido a cada uno con ejemplos que les eran familiares.

Y ante las cuestiones enrevesadas que le habían planteado los expertos en la Ley sobre lo que Moisés enseñó y sobre lo que son los hombres, su espíritu era claro, penetrante, independiente y libre, se elevaba por encima de todos los prejuicios erigidos en normas rígidas de vida y devolvía el sentido de lo que es el hombre y la religión a su pureza y sencillez, hacia el sentido moral sano y a la actitud ingenua, sencilla y sin malicia del niño.

Su mirada penetrante hasta la misma sustancia y núcleo de las cosas suponía un don de observación prodigiosamente afinado y una extraordinaria lucidez de espíritu, que se decidía por los ideales más elevados y más lejanos; y, a la vez, se inclinaba espontáneamente hacia las cosas más pequeñas e insignificantes de la vida. ¿Era un idealista? No, evidentemente no lo era.

¿Y por qué era tan rotundo ante las cosas de Dios, en la defensa de la verdad, en el rechazo de la insinceridad, de la deslealtad o la falta de decisión en la entrega para con Dios? Cualquier persona de bien podía entenderlo. Eso es lo que atraía a los humildes y, en cambio, provocaba el rechazo de los soberbios. No el rechazo de los pecadores que se arrepentían, sino el de los pecadores que no querían reconocer delante de Dios sus errores. Por eso, en su calidad de profeta, denunciaba de parte de Dios la doblez de conciencia y el engaño, y realizó como los Profetas antiguos señales llamativas con la finalidad de advertir del castigo para quien no se arrepintiera.

No era verdad lo que afirmaban algunos de que estaba loco, como si Jesús no fuera una persona psíquicamente equilibrada que tuviera la manía de echar broncas. ¿Por qué expulsó a los vendedores del Templo si prestaban un servicio para el culto religioso, y a los compradores si ellos pagaban lo que compraban? ¿Por qué la emprendió con un árbol que no podía dar fruto o envió cientos de cerdos al mar? Sin duda porque precisamente en estos gestos manifestaba su carácter mesiánico: era una manera auténticamente profética de anunciar, por actos y paradojas aparentemente absurdos lo que había de nuevo, de diferente y revolucionario en su mensaje. Con este modo de obrar, el profeta llamaba la atención sobre sí y sobre su misión reformadora.

Jesús enseñaba un nuevo modo de adorar a Dios, en espíritu y en verdad, y que sería destruido el Templo antiguo porque habría uno nuevo. El anatema que lanzó a la higuera que se hallaba camino de Jerusalén era un símbolo de lo que iba a suceder a la ciudad santa y a todo Israel: la catástrofe y la abolición de la antigua alianza por la muerte del Mesías. Quien no viera así esta forma de actuar, jamás entendería a Jesús como el Mesías, que no era sólo Salvador, sino reformador de todo lo que era caduco. Jesús quería ser reconocido como tal y, como en el caso de los antiguos profetas, manifestaba la cólera divina ante el pueblo que se había alejado de Dios (cf. K. ADAM, Jesucristo).

Esto no estaba en contradicción con que fuera a la vez dulce y amable. Pero cuando se trataba de dar testimonio de la verdad o de rechazar el mal era inflexible, no vacilaba ni tenía miedo, conservando, sin embargo, la serenidad. Su ira era siempre la expresión de la suprema libertad moral de quien se sabía defensor de la verdad. ¿Qué afirmaba la gente sobre Jesús? Afirmaba que era un hombre bueno, justo ante Dios y ante los hombres, que sólo hacía el bien y rechazaba el mal.





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


VI. El Hijo del hombre


Aquella bofetada del siervo supuso un giro respecto al tratamiento con el preso. Hasta ese momento nadie había osado ponerle la mano encima a Jesús. Porque una cosa es la discusión dialéctica y otra llegar a las manos. Sin duda todos se debieron sorprender de que, en ese tanteo con el personaje que en el fondo temían, Jesús no hubiera respondido. Como a un Sansón que hubiese perdido sus fuerzas, se le podía pegar sin que pasara nada. En el subconsciente de los presentes se abría una brecha a la vulnerabilidad del preso: el que había aparecido ante la gente como un «super-hombre» no era más que un hombre.

Sí, en cierto sentido Jesús era un hombre como los demás. Es más, al hablar de sí mismo había utilizado con frecuencia la expresión «Hijo del hombre»: unas veces la había empleado para referirse a la vida ordinaria que desarrollaba como cualquier otro hombre, otras para hablar del poder que tenía, en otro contexto había hablado de sí mismo como del Hijo del hombre al referirse a su misión salvadora a través de su muerte en la cruz y, finalmente, la utilizó al declarar que vendría como juez de todos al final de los tiempos.

Esta expresión es un semitismo, es decir, una traducción literal del original hebreo «ben-adam» y del arameo «bar-enas», que significa un «individuo de la especie humana» (en hebreo ádam es ser humano, y lo es tanto el varón -zakar- como la mujer -mekebat-). Es propio en estas lenguas designar que un individuo pertenece a una especie anteponiendo «hijo de» al nombre de la especie. Por tanto «Hijo del hombre» significaba simplemente «un hombre», cualquiera que perteneciera a la especie humana. Tal vez lo empleara Jesús para hacer ver que Él era eso, un hombre, no el mesías-héroe idealizado.

Esa expresión, que aparece en los evangelios numerosas veces, sólo la encontramos en las palabras de Jesús o en referencia a Él. Ciertamente ya no se empleaba en el uso corriente en aquel tiempo, aunque todos la entendían, y denotaba cierto énfasis o solemnidad pues evocaba a algunos personajes de siglos anteriores que también la utilizaron: Ezequiel y Daniel.

Ezequiel es llamado por la voz divina con la expresión hijo del hombre, y es utilizada más de noventa veces en ese libro de la Biblia. Ezequiel, hijo del hombre, tiene la misión de hacer ver a Israel sus pecados y anunciarles que por ellos iban a morir, pero Dios desea que se conviertan. La actividad de Ezequiel no se detiene en las cosas de este mundo sino que anuncia un orden nuevo, con un nuevo pastor, una nueva alianza, una nueva creación en la que los hombres tendrán paz.

Resulta significativo que Jesús utilizó muchas veces ese título de «Hijo del hombre» para hablar de sí mismo, y en cambio nadie le denominó así posteriormente, tampoco los cristianos, señal de que Él utilizó ese título y no es que se lo atribuyeran pasados los años al escribir los evangelios.

Los estudiosos han ido descubriendo posteriormente una gran riqueza en este apelativo tan afortunado: la idea que encierra es la de un hombre concreto, sustancialmente idéntico a cada uno de los demás hombres. No es una abstracción como era el vocablo griego «antropos» -de igual modo a como hoy se habla de «individuo», sujeto despersonalizado de la sociedad-, sino que se refiere a una persona concreta, real, hijo de Adán.

Más adelante san Pablo utilizaría una comparación para hablar de la vida nueva que da el resucitado: Adán es el primer hombre y Jesús es el nuevo Adán. Y si bien Cristo apareció en el tiempo después de Adán, en realidad es anterior a él, pues Cristo es «Primogénito de toda criatura» (Col 1,15); pero a la vez es el «segundo hombre» (1 Co 15,47), «el último Adán» (1 Co 15,45). Y es interesante notar la semejanza entre la afirmación de san Pablo el segundo hombre es del cielo (1 Co, 15,47) con la de Jesús recogida por Juan en su evangelio: nadie ha subido al cielo, si no es el que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre (Jn 3,13).

Sí, Jesús era un hijo de hombre, descendiente de Adán como los demás, pero con sus afirmaciones había dejado claro que tenía conciencia de su divinidad -de su otra procedencia-, y aunque había hablado de Sí mismo en un lenguaje inteligible para la gente que le escuchaba, sus palabras encerraban un contenido más profundo de lo que parecía; de hecho los príncipes de los judíos se dieron cuenta de que se identificaba con aquel «Hijo del hombre» del que hablaron los profetas, y por tanto se hacía igual a Dios.

Por eso Caifás no condenó al siervo que pegó a Jesús. Le interesaba ir demostrando a la concurrencia -y a sí mismo- que el detenido no era ese profeta «sobrehumano» que se creía la gente, sino un hombre tan vulnerable como los demás.





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


VII. ¿Eres el Hijo de Dios?


Sin embargo el prepotente jefe del partido saduceo se percataba de que no prosperaba la acusación, ni aun con testimonios falsos; es más el reo le había devuelto la pregunta, pues era más bien él, Caifás, quien debía explicarle por qué le habían detenido y aportar las pruebas. Advertía además que Jesús no iba a hablarle sobre su vida, su doctrina y milagros. De sobra estaba informado el pontífice.

No, Jesús no iba a exponerle su doctrina, no iba a actuar ante él como Maestro sino como Salvador. Además, cualquier exposición sobre su predicación y sus actividades se hallaba irremisiblemente abocada al fracaso, pues sus enemigos estaban resueltos a condenarle.

Los ojos de los sanedritas estaban puestos en Caifás. Para muchos era la oportunidad largamente esperada de conseguir su muerte. El pontífice se daba cuenta de que no debía fallar en sus preguntas y amenazas si quería lograr su intento de condenarle, pero no sabía cómo. La serenidad del reo parecía haber alterado al pontífice; era como si la mirada mansa de aquel hombre maniatado le hablara a él en su interior. La situación se había vuelto incómoda, sobre todo teniendo en cuenta que llevaban ya un rato largo y a ese paso habría que soltarle.

Por fin Caifás se decidió. Un gran silencio se hizo cuando el sumo pontífice se levantó del sitial, bajó del estrado e, indignado, se acercó a Jesús. Sabía de una pregunta clave para hacerle hablar. Tenía noticia de que era como una cuerda musical que siempre que se había pulsado Jesús había respondido en el mismo sentido.

En la sala se guardaba un religioso silencio. Todos intuían que Caifás iba a recurrir a la cuestión capital. El sumo sacerdote, a quien se veía alterado, reflexionaba si debía plantearla..., y decidió hacerlo, consciente plenamente de la gravedad de su pregunta. Y así, de pie, y acercando su cara amenazante a la de Jesús, con solemnidad máxima, inquirió del reo como príncipe de los sacerdotes: - Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios (Mt 26,63).

Un estremecimiento sacudió a cuantos se hallaban presentes. Algunos de ellos admiraban al rabbí Jesús pues lo que había enseñado era verdad y sus milagros habían sido patentes. A otros no les cabía en la cabeza que pudiera ser justo si contravenía la Ley, interpretándola de otra manera, y comía con pecadores y publicanos, los cuales estaban proscritos de la comunidad religiosa. Otros, finalmente, habían intentado perder a Jesús de Nazaret porque sus palabras delataban la falta de coherencia de sus vidas, y no estaban dispuestos a que alguien dejara en evidencia la podredumbre de sus corazones. Pero también estos advertían en él una presencia de Dios y no dejaban de preguntarse en su interior si no sería Él el enviado por Dios.

Caifás había lanzado solemnemente la pregunta sobre si era el Hijo de Dios, pero ¿qué significaba exactamente aquello?

En el Antiguo Testamento se puede leer que Dios llama hijo a su pueblo Israel y a los elegidos: Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo (2 S 7,14; cf. Ex 4,23, Sal 2,7). A nadie, sin embargo, se le ocurría tratar a Dios de esa manera, es más Yahvéh significaba «El que es» y ellos lo entendían como un impersonal. ¿Cómo iban a tratar a Dios como si fuera una persona con las categorías humanas? Yahvéh era el innombrable, cuyo nombre sea alabado, pero no se pronuncie su nombre.

Y Jesús afirmaba, contra la enseñanza oficial religiosa, que Dios era su Padre. Y no sólo eso, sino que daba a entender que era Hijo de Dios de una manera muy distinta y nueva, no metafórica o análoga, sino natural. Incluso dejaba claro que se trataba de una relación de filiación con el Padre exclusiva, distinta a la que tendrían sus seguidores, sus hermanos los cristianos: nunca dijo «nuestro Padre», siempre distinguía entre mi Padre y vuestro Padre. Esto resultaba una novedad auténticamente revolucionaria.

Es verdad que Jesús nunca había aseverado de manera explícita que Él era el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Eterno. Esa afirmación hubiera resultado demasiado chocante para la mentalidad de sus coetáneos, de igual modo que si hubiera dicho «escuchadme, yo soy Dios», pero de sus palabras se podía colegir con claridad porque:

- Afirmaba que era igual al Padre, el cual era Dios.

- Corregía el sentido de algunos pasajes de la Ley, manifestando su autoridad divina.

- Perdonaba los pecados en nombre propio, cosa que sólo puede hacer Dios.

- No rechazaba la adoración que se le hacía, cuando sólo se puede adorar a Dios.

- Realizaba prodigios en los que no cabía la menor duda de que no era un mero hombre, como sucedió cuando caminó sobre las aguas del lago de Genesaret, por lo que los apóstoles se postraron ante el Maestro diciendo: Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios (Mt 14,33).

Precisamente fueron algunas de las afirmaciones de Jesús en este sentido las que suscitaron contra Él la acusación de blasfemia por lo que los judíos buscaban... matarlo, pues no sólo quebrantaba el sábado, sino que decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios (Jn 5,18).

Eran conscientes de que ahí delante tenían a alguien que decía haber hablado de parte de Dios y lo había probado con prodigios. Ellos mismos habían visto los milagros. Intuían que ese hombre era un hombre de Dios, que podría ser el Mesías. Y se exponían -como diría unos días más tarde Gamaliel- a oponerse a Dios. Es más, consta que hubo un fariseo llamado Nicodemo que, hablando a solas con Jesús, confesó lo que pensaban de Él los doctores de la Ley: Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios enviado como maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él (Jn 3, 2).

Pero el conjunto de los principales no deseaba un Mesías así, que hablara de la verdad y del amor, sino otro más acorde con sus gustos y costumbres. Y después de tres años de predicación y de las preguntas insidiosas para atraparle en alguna palabra, le tenían allí maniatado. Lo que no podían alcanzar a entender aquellos hombres era que ése era el momento trascendental para la historia de Israel y para ellos mismos, pues estaban decidiendo si el pueblo de Israel aceptaba al Mesías enviado por Dios.

Era la noche avanzada del jueves al viernes, según parece del seis al siete de abril del año 30 de nuestra era, cuando el sumo sacerdote formuló aquella pregunta decisiva para la historia de la humanidad. Y Jesús, no menos solemnemente y consciente de la trascendencia de su respuesta, tanto para Él, como para el pueblo de Israel, como para la salvación de los hombres, le dio la respuesta sobre su verdadera identidad: - Yo soy. Y veréis al hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y venir entre las nubes del cielo (Mc 14,62).

Todos quedaron callados. ¿Cuál sería el tono de esa frase -Yo soy- en boca de Jesús que provocaba tan respetuoso temor en sus oyentes? ¿Qué significaba esa frase que pronunció Jesús repetidas veces para enseñar que Él era la Vid, la Luz, la Puerta, el Camino, la Verdad, la Vida?

Jesús había afirmado abiertamente ser el Hijo de Dios, es decir, que Él era como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Además había añadido un refuerzo a su afirmación evocando los textos del primer verso del Salmo 110 y la profecía de Daniel en su capítulo 7, conocidos por todos: Y he aquí que en las visiones del cielo venía como un Hijo del hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia; a él se le dio el poder, la majestad y el reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán; su poder es un poder eterno que no pasará, y su reino no será destruido.

Caifás sabía a qué se refería Jesús. Conocía las profecías y había captado las alusiones que había hecho de sí mismo en anteriores ocasiones citando los salmos. Cada vez que los había citado, Jesús había ido revelando en mensajes cifrados su identidad, y ahora le daba la llave para descifrarlos con claridad.

Todos los presentes también conocían la Escritura, y lo que Jesús había dicho de sí mismo podía perfectamente encajar con lo que estaba escrito en el libro sagrado. Debió de ser un momento de gran tensión, pues Dios les hablaba al corazón en ese instante trascendental en el que estaban decidiendo sobre la suerte de aquel Hombre. Porque hay momentos en la vida -como es la hora de la muerte- en que todas las teorías y todos los apasionamientos se remueven y quedan en duda ante el dilema fundamental de la vida, ante la decisión de obedecer a Dios o no.

Estaban callados, mirando a Jesús -a la Palabra de Dios- que acababa de hablar. ¿No era fácilmente reconocible por unos? Y para otros, ¿no era una posibilidad que había que examinar despacio? De alguna manera Caifás tuvo que hacer un gesto teatral que rompiera el encanto que habían dejado en los presentes las palabras de Jesús. Y de pie como estaba, rasgó sus vestiduras y exclamó triunfante: - ¡Ha blasfemado! Y sin dejar que le interrumpiera nadie, mientras escudriñaba lentamente a la concurrencia, añadió con una sonrisa sarcástica: - ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Vosotros habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece? (Mt 26, 65-66)

Roto el silencio, el lugar donde Dios habla al alma, y volviendo a su puesto de jueces que tenían que condenar, primero fueron unos, luego más los que repitieron a coro lo que su jefe deseaba que les pareciera, y el conjunto de la sala sentenció: - Reo es de muerte.

Fue muy hábil el sumo sacerdote urgiendo a que no se deliberara más, sin que cupiera opinión en contra, ni de presentes ni de ausentes, sino que les conminó a que dictaran sentencia de muerte. Él no la dictó, fueron los otros. Esta habilidad le mantendrá en el cargo no nueve años como Anás, sino el doble, dieciocho.

Como una jauría humana muchos de los que allí estaban se abalanzaron sobre el reo, no sólo siervos sino también doctores de la Ley que hacía tiempo tenían ganas de «ajustar cuentas» con aquel hombre. Bofetadas, golpes, insultos, esputos, sangre... Aquello ya no era un juicio, era un linchamiento. Para poder seguir golpeándole la cara sin mancharse las manos alguien le cubrió la cabeza. Incluso uno apostilló mofándose: - Adivínanos, Cristo, ¿quién te ha pegado? (Mt 26,68).

Para aquellos hombres, ese Jesús al que habían admirado y temido había perdido toda su autoridad moral, incluso su dignidad humana, y, aprovechando que no se defendía, descargaban su odio sobre el que había puesto en evidencia la malicia de sus corazones.

Llegó un momento en que alguien con autoridad dijo: ¡basta! Había que esperar a que se hiciera de día para poder celebrar el juicio en el que condenarle formalmente, pues entre los judíos la sentencia pronunciada en una sesión nocturna era considerada nula. Por otra parte la autoridad romana debía confirmarla y ejecutar la pena capital. Por tanto, había que guardar al preso en una mazmorra allí mismo en tanto que se hacía la luz del día.





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


VIII. No me vais a creer


Serían como las seis de la mañana de aquel día de primavera cuando sacaron a Jesús de la casa de Caifás. Debió ser en ese momento cuando Jesús, con la cara amoratada por los golpes, sin detenerse, miró hacia un lugar, hacia alguien, con una mirada de afecto, como a su mejor amigo. Nadie se fijó que a Pedro, que estaba allí, se le demudaba la cara y, en cuanto salió el gentío, también él abandonó el patio y lloró amargamente.

El Sanedrín tenía su lugar de reuniones, según dice la Misnáh o recopilación de leyes tradicionales del judaísmo, en el denominado «aposento de la piedra tallada» (o «piedra cuadrada»), lugar situado, al parecer, frente a la muralla occidental del Templo, a unos setecientos cincuenta metros de la casa de Caifás. Allí se dirigió el pleno del Sanedrín -príncipes de los sacerdotes, ancianos y escribas hasta un total de setenta y un miembros- con Jesús.

Al supremo tribunal le interesaba, y así lo habían convenido, que la vista se despachase con sumaria brevedad y que el interrogatorio al procesado se redujera al mínimo imprescindible. Una vez que el reo confesó ayer su delito, la causa no tenía que durar más que lo suficiente para confirmar la sentencia de la sesión nocturna. Alargarlo además podría ser peligroso.

Hicieron traer a Jesús ante la asamblea. Se le veía con señales claras de los malos tratos recibidos. No fue Caifás, que presidía el tribunal, sino otro quien hizo de fiscal, aunque más que preguntar le conminó a expresar claramente lo que afirmaba sobre sí mismo: - Si tú eres el Cristo, dínoslo.

No deseaban volver a escuchar las explicaciones del Nazareno de que antes que naciera Abraham Él ya existía; que las obras por Él realizadas atestiguaban que el Padre le había enviado y que ellos, aun viéndolas, permanecían ciegos; que Él era el pan vivo bajado el cielo, etc. Por eso les contestó: - Si os lo digo no me creeréis. Si os pregunto no me responderéis (Lc 22, 67-69).

No estaban dispuestos a creer. Para hacer un acto de fe en alguien no basta con escucharle y advertir su autoridad, se precisa además un acto de humildad: «es creíble, debe ser creído, debo creer, luego quiero creer y creo». Para eso había hecho Jesús los milagros, para que creyeran en Él. La gente sencilla se fiaba de sus palabras y en recompensa a su fe Jesús les hacía favores. Pero para creer no basta con conocer lo que se dice, ni siquiera basta ver milagros, hace falta humildad, porque quien no quiere creer se asemeja al peor de los ciegos, al que no quiere ver.

También los fariseos habían visto sus milagros, pero no estaban dispuestos a creerle. Por ejemplo, cuando Jesús resucitó a Lázaro fue increíble: no sólo decidieron acabar con Jesús, sino que «resolvieron matar a Lázaro» para que no quedara constancia del milagro. ¡He aquí la profundidad del corazón humano, su humildad para reconocer la verdad o su soberbia para resistirse ante las maravillas de Dios!

Jesús resultaba una persona molesta en aquel complicado sistema de preceptos morales fijado por los expertos en la Ley pues su doctrina, abierta a la libertad de espíritu y a la bondad del corazón más que al legalismo de las obras externas, era como una bofetada moral para su modo de enseñar y de vivir. Es más, Jesús había puesto al descubierto su corrupción interior al proferir aquellos ocho «¡Ay de vosotros fariseos...!», que eran como el reverso de las ocho bienaventuranzas por las que el hombre es grato a Dios y alcanza la bienaventuranza eterna.

Si se tiene en cuenta la mentalidad de los escribas y fariseos, intérpretes de la Ley moral trasmitida en la Toráh de Moisés, y se analizan las enseñanzas de Jesús se entiende que éstas aparecieran como una respuesta «contestataria» a aquel sistema de interpretación de la Ley de Dios. Era un escándalo ¡porque llamaba a Dios Padre suyo, y se relacionaba con publicanos y pecadores, y perdonaba pecados,...!

Pero al mismo tiempo no dejaba de sorprenderles que un hombre que no había estudiado con los maestros de Israel hiciera aquella interpretación de la Ley. Era como si conociera el sentido último de las enseñanzas que Dios había dado a Moisés, a la vez que las explicaba y aplicaba a la vida con una sencillez y profundidad pasmosas; y enseñaba con autoridad propia. Verdaderamente debió ser grande el impacto de su primer discurso donde expuso las Bienaventuranzas e interpretó algunos textos de la Ley sobre grandes temas morales (Capítulos 5 a 7 de Mateo). Aquello era «revolucionario» en el sentido de dar una nueva visión de Dios, del hombre y de las normas morales.

Lógicamente, si los juristas judíos hubieran sido amantes de la verdad, habrían tenido que dejarse vencer por la verdad, pero eso hubiera supuesto «convertirse» a esa nueva doctrina y cambiar su modo de vida, a lo cual no estaban dispuestos. Por eso llegó un momento en el que el choque fue inevitable y, con intercambio de palabras fuertes, Jesús puso de manifiesto que en sus corazones eran hijos del príncipe de la mentira por no querer reconocer las obras de Dios:

Yo sé que sois linaje de Abraham, pero intentáis matarme porque mi palabra no es acogida por vosotros. Yo hablo lo que he visto en mi Padre, y vosotros hacéis lo que habéis oído a vuestro padre. Le respondieron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, haríais las obras de Abraham. Sin embargo intentáis matarme porque os he dicho la verdad, la que oí de Dios (...).

¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis oír mi palabra. Vosotros tenéis por padre al Diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él era homicida desde el principio, y no se mantenía en la verdad, porque en él no hay verdad. Cuando dice la mentira habla de lo suyo, porque es mentiroso y príncipe de la mentira. Pero a mí, que os digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis? Quien es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios (Jn 8, 34-47).

Palabras duras, ciertamente, pero ellos comprendían que acertaban en la diana, pues eran como espada que llegaba hasta las junturas de los huesos y al hondón del alma. Indudablemente Jesús tenía que resultar un escándalo para aquellos hombres por la novedad de su mensaje -sobre todo porque para ellos el Eterno era sólo uno y Jesús afirmaba ser igual a Dios-, pero había dado suficientes muestras de que esa novedad venía de parte de Dios, y esto sí que lo entreveían; pero no querían ser sinceros consigo mismos y con Dios. Esta era la razón de fondo por la que le rechazaban.

¿Aquellos hombres letrados podían entender lo que Jesús explicaba a las gentes? Quizá no con total profundidad teológica, como tampoco lo entendían del todo los apóstoles. Por eso Jesús pedía un acto de fe en Él, y para eso hacía los milagros: si no me creéis a mí, creed al menos en las obras. Aunque fuera difícil de aceptar lo que predicaba -que no irracional- era necesario fiarse de Él y acoger sus enseñanzas, especialmente en lo referente a su identidad y en lo tocante a la misericordia con los más necesitados: los pobres y los pecadores.

No todos los fariseos tenían la misma actitud ante Jesús, puesto que algunos seguían preguntándose en su interior: ¿quién eres tú?. Pero la mayoría alejaban de sí esta cuestión con otra que venía a decir: «pero, tú ¿quién te has creído que eres?». No estaban dispuestos a creerle, por eso, ante la pregunta sobre si era el Cristo, les contestó: Si os lo digo no me creeréis.





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


IX. Creed en mí


Jesús había confirmado a la samaritana que Él era el Mesías, y tenía conciencia de su propia divinidad, pues se aplicaba a Sí mismo los atributos divinos, como son el poder de juzgar al final sobre las obras de todos los hombres, el poder de perdonar los pecados o el poder sobre la misma ley de Dios.

Eran modos de decir y de actuar que iban encaminados a que la gente entendiera Quién era Él. Y un día se lo dijo abiertamente a los judíos en la fiesta de la Dedicación: Yo y el Padre somos una misma cosa (Jn 10,30). Sin embargo, Jesús hablaba de Sí mismo como del «Hijo del hombre»; por una parte, para hacerles ver la unidad personal del hombre y de Dios en Él, y por otra, para seguir con su pedagogía de conducir gradualmente a sus discípulos a las alturas y profundidades misteriosas de su verdad. Pero les pedía una cosa: Creed en Dios, creed en mí (Jn 14,1).

En el transcurso de la última Cena, momento en que hizo grandes revelaciones a los discípulos, entre esas frases impresionantes les dijo: Creedme, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí; al menos, creedlo por las obras (Jn 14,11). Jesús sabía que quienes le escuchaban debían dar un salto en el asentimiento a lo que les decía, les pedía un acto de fe; sabía que no era fácil aceptar sus palabras, pero les pedía que le creyeran a Él.

En varias ocasiones reclamó a la gente que se fiara de su palabra. Una vez un hombre acudió a Él para que curara a su hijo epiléptico; Jesús le exigió como requisito que tuviera fe en Él, y a la respuesta de aquel hombre -¡Creo! Ayuda a mi incredulidad-, Jesús curó al niño (Mc 9,23). El mismo requisito exigió al ciego de nacimiento antes de darle la vista (Jn 9,35). Pero allí donde no encontraba confianza en Él, no realizaba milagros, como sucedió ante sus paisanos de Nazaret.

Porque para Jesús esto era algo fundamental: si no se creía en Él no había milagros, no había nada que hacer. Pero una vez que encontraba esa confianza, hacía el milagro y, entonces, al comprobar el hecho prodigioso, la gente estaba en condiciones de volver a fiarse de Él y ser capaz de dar el salto en su entendimiento y asentir a los misterios sobrenaturales de los que quería hablarles: que había que nacer de nuevo (el Bautismo) o que había que comer su carne (Eucaristía) o que su Padre y Él eran uno.

Después de realizar el primer milagro -cuando cambió el agua en vino en Caná- el evangelista concluye ese relato con estas palabras: los discípulos creyeron en él (Jn 2,11). Fue como el primer paso para que luego entendieran que sería capaz de cambiar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Sin embargo, como se comprobó, su fe sufrió vaivenes.

Fue una tarea de años para disponerles a dar ese cambio y acabaran aceptando los misterios divinos más elevados. Porque, repitámoslo, Jesús aparecía ante la gente como un hombre más; un hombre admirable, efectivamente, pero Jesús no era ese hombre que se imaginaban, es decir, no era un mero hombre, ni siquiera el hombre más perfecto que ha existido: era Dios-Hijo encarnado. Lo que Él decía eran sílabas en arameo y su sentido gramatical era el que la gente entendía, pero a la vez las suyas eran «palabras de Dios», válidas para cualquier hombre. A veces hablaba de misterios sobrenaturales que no se comprendían humanamente, y había que creerle porque hablaba de parte de Dios como nadie lo había hecho.

La doctrina cristiana es en algunas de sus afirmaciones humanamente increíble, pero el motivo de su aceptación no es la «razonabilidad» de esas verdades, sino la autoridad del que las dice, que es Dios. Quienes tienen únicamente una visión humana -es decir, quienes no tienen fe- no aceptarán el contenido de la fe o lo cambiarán «para que se pueda aceptar». Pero Jesús no adaptaba las verdades para que fueran «aceptables» por la razón.

Llama la atención comprobar cómo Jesús explicaba perfectamente y se hacía entender por todos en el sentido más directo de sus palabras, hasta por los más sencillos (aunque en ocasiones no captaran su significado más profundo). Jesús adaptaba su enseñanza a los interlocutores que le escuchaban; pero en cuanto a las verdades no admitía adaptación: o se tomaba o se dejaba, como quedó claro cuando prometió la Eucaristía o vaticinó su muerte y su resurrección.

Después, los que se habían fiado de Él entendieron que no se equivocaba nunca y que contaba cosas que sabía porque venía de parte de Dios, y que precisamente la fe en Dios consistía en esto. Quienes se fiaron de Él pudieron comprobar que lo que les había dicho no era absurdo, y por la fe acabaron dándose cuenta de que Dios les había comunicado unas verdades que sólo Él sabía y que las había dicho a los hombres para su salvación.

Pedro atinó con la respuesta adecuada aquella vez en la que, no entendiendo a qué se refería cuando les hablaba de que tenían que comer su cuerpo y beber su sangre, contestó: ¿A quién vamos a ir? -de quién nos vamos a fiar si no-, sólo tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios (Jn 6, 68-69).

Jesús era consciente de que lo que decía sobrepasaba la mente de los que le escuchaban. Los milagros y las profecías que hizo servían para demostrar que decía la verdad. Pero siempre pedía a cualquier persona que se fiara de Él, como había hecho Yahvéh con el Pueblo de Israel.

Al día siguiente de la entrada triunfal en Jerusalén, la multitud que había llegado para la celebración de la pascua discutía sobre la figura de Cristo y la mayoría no creía en él, aunque había hecho tan grandes milagros en medio de ellos (Jn 12,37). En un determinado momento Jesús, clamando, dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado, y el que me ve, ve al que me ha enviado (Jn 12,44). Más claro no se podía expresar: Dios hablaba por los labios de Jesús, porque Jesús era Dios.

Era notorio que exigía a la gente una fe en Él como la que se debe poner en Dios. Esto aparece con claridad en el diálogo con Marta ante el sepulcro de Lázaro: Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Sé que resucitará en la resurrección, en el último día. Díjole Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto? (¿Crees que yo vengo de Dios, que soy el Dios que da la vida?) Díjole ella (con los parámetros que ella podía tener): Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que ha venido a este mundo (Jn 11, 23-27). Y Jesús resucitó a Lázaro.

* * *

Ni Caifás ni los demás miembros del Sanedrín en general creían en Él. Por eso no deseaban investigar sus afirmaciones ni sus obras para saber «quién era Jesús». Él les había manifestado que era el Cristo y no deseaban mayores precisiones sobre el término (Ungido), les bastaba un sí para condenarle pues Cristo equivalía a Rey de Israel.

Por haber intentado abreviar, Caifás intentó concretar ese sentido, se precipitó y fue demasiado lejos. No conocía bien al reo si imaginaba que en asunto tan capital iba a callar o desmentirse. Le forzó a declarar algo que para ellos ni siquiera debía mencionarse: el santo nombre de Dios.

Sin embargo, a Jesús sí le interesaba que la triple igualdad Mesías-Hijo del hombre-Hijo de Dios, tal y como Pedro la declaró y Caifás la entendió y preguntó, quedase bien manifiesta ante los presentes. Jesús quería poner en claro el motivo por el que estaban procurando condenarle: no sólo porque se había hecho Hijo de David y heredero de su trono, no sólo porque confesara que era el Cristo, sino porque afirmaba que era el Cristo-Hijo de Dios, Hijo del Altísimo en sentido divino, igual a su Padre Dios. Y lo decía para que los sanedritas no sólo tuvieran claro el motivo de la acusación, sino para que los que le habían escuchado con gusto en otras ocasiones pudieran recapacitar.

Por lo que, tras una pausa, y para que los jueces pudieran hacer un juicio cierto en sus conciencias según lo que Él había enseñado y pudieran emitir un fallo acorde con la verdad, añadió: - Desde ahora el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del Poder de Dios.

¿Cómo se iba a resolver allí en un instante y sin libertad de espíritu en los jueces la cuestión trascendental sobre la personalidad de Jesús? Podría intentarse el diálogo, pero sería en vano repetir lo que en otras ocasiones había afirmado y probado de diversas maneras, pues no estaban en condiciones para aceptar la verdad en toda su riqueza y plenitud, ya que se obstinaban en no aceptar los razonamientos que les hacía. Y si Él les preguntara preferirían callar, como en otras ocasiones. Aunque Él estuviera allí maniatado y condenado, los que no eran libres eran ellos.

Pero una cosa quiso dejarles claro: volvió a aseverar con gravedad ante el pleno del Sanedrín que las profecías de David y de Daniel sobre el destino glorioso del Hijo del hombre se iban a verificar indefectiblemente y enseguida. El Salvador, por ser Hijo de Dios a la par que Hijo del hombre, en cuanto marchase a donde ellos no podían ir, estaría sentado a la diestra de Dios Todopoderoso.

Por última vez les ofreció la clave para interpretar el Salmo 110 y toda la Escritura en lo que ésta anticipaba del Mesías prometido: Éste, en cuanto nacido del Padre, es el Hijo de Dios y es igual a Yahvéh en poder y majestad. Todos pudieron captar el mensaje contenido en sus palabras y contestaron: - Entonces ¿eres tú el Hijo de Dios?

Por fin. Era esta la pregunta que pacientemente había estado esperando Jesús de aquel tribunal supremo. Los enemigos no advertían que, blandiéndola como arma, le deparaban una de las mejores ocasiones para dar testimonio en favor de la verdad, aquello para lo que había venido a la tierra: que Él, el Verbo, el Hijo eterno del Padre, se había hecho hombre para salvar, por amor, a toda criatura humana, hombre o mujer. Esa era la verdad de Cristo. Deseaban tener su asentimiento y lo tuvieron. Y como había declarado a Caifás de noche, de madrugada les dijo a ellos: - Vosotros lo decís: Yo soy. Ellos lo comprendieron perfectamente y concluyeron: - ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca (Lc 22,71).





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


X. Yo soy


Conviene detenerse en las últimas palabras de Jesús -Yo soy- porque no era un simple modo de confirmar lo que le preguntaban, sino una respuesta de índole teológica.

En los evangelios hay una serie de pasajes que se han dado en llamar pasajes «yoístas», en los que Jesús expresaba con esas palabras -Yo soy- su verdadera personalidad. Por ejemplo, en su diálogo con los fariseos, les dijo que antes que Abraham naciese, era Yo (Jn 8,58); si no creyereis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados (Jn 8,24); y también: Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces conoceréis que Yo soy (Jn 8,28); asimismo les dijo a los apóstoles: desde ahora os lo digo, antes de que suceda, para que cuando suceda, creáis que Yo soy (Jn 13,19).

Esa frase tan corta encerraba un contenido asombroso, porque hay que tener en cuenta que «Yo Soy» es el nombre que Dios se dio a sí mismo. Cuando Yahvéh encargó a Moisés que se dirigiera al Faraón para que dejara salir de Egipto a su pueblo, Moisés le preguntó quién le enviaba, es decir, le preguntó su nombre. Y Dios le dio este Nombre: Yo soy el que soy... Así responderás a los hijos de Israel: «Yo soy me manda a vosotros» (Ex 3,14).

Analizando estas palabras los teólogos han visto posteriormente en ellas el nombre propio de Dios: Dios es «El que es», el que no tiene su ser recibido de otro (no ha sido creado), sino que es el «Ser subsistente». Por eso existe desde siempre y para siempre: es el Eterno. Además, en Dios no se da la composición real entre «ser» y «esencia» (la esencia es el modo de ser, por ejemplo, ser hombre), sino que la esencia de Dios es Ser. Dios no es algo, «Dios es»; Dios es «El que Es». A la pregunta sobre si se consideraba igual al Dios Eterno (Luego, ¿eres tú el Hijo de Dios?), su respuesta lo decía todo: vosotros lo decís, yo soy (Lc 22,70), «Yo soy Dios».

En otros momentos Jesús afirmó de sí mismo una serie de perfecciones propias de Dios: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6); Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11,25); Yo soy la luz del mundo (Jn 8,12), Yo soy el buen pastor (Jn 10,11), etc. Quien dice estas cosas, o está loco o tiene que ser Dios. Porque nadie puede tener toda la verdad en este mundo, nadie es la objetividad, pues cada uno ve la realidad de las cosas desde su inteligencia limitada. Pero Jesús afirmaba que Él era la Verdad, toda la verdad. Y lo mismo se puede decir de las otras perfecciones que a Sí mismo se atribuía.

Verdaderamente tenían que estar asombrados quienes le escuchaban, porque, además, luego veían sus obras prodigiosas que venían a confirmar sus palabras. Porque es muy fácil decir que uno es la resurrección, pero lo asombroso es que quien dice eso, acto seguido resucite a Lázaro.

* * *

Jesús había confesado ser el Hijo de Dios Altísimo. Habían obtenido, por tanto, lo que deseaban. Algunos de los jueces no precisaban más para poder dar victoriosos su sentencia; otros, más que las palabras que acababan de escuchar, lo que les impulsaba a dar ese veredicto era la presión de otras personas allí presentes, quizá la mirada de Caifás. Pero en el comentario general del Sanedrín latía una sombra de temor humano y religioso. Las palabras que había dicho Jesús en esos años no eran desacertadas y las obras que realizó no eran dignas de castigo; al contrario.

Era evidente que tampoco se deseaba indagar más en el proceso, ni se pedían testimonios a favor o en contra. Para cualquier juez que no estuviera totalmente ofuscado o corrompido tenía que pesar la duda en su conciencia. Dada la gravedad de lo que el reo acababa de afirmar, sus palabras debieran haberse sometido a un minucioso examen.

Pero no se dio oportunidad a que alguien pudiera añadir algo más. Y sin más dilaciones condujeron a Jesús hacia la Torre Antonia. La vista había sido muy breve, por lo que serían cerca de las siete de la mañana.

En la calle ya circulaba el rumor de que iban a ajusticiar a Jesús. Del comentario en la calle saltaba la chispa de la noticia a las ventanas, y de las ventanas al interior de las casas y a otras ventanas; y como noticia aparecida en un diario de la mañana, no se hablaba de otra cosa a esas horas. La gente de Jerusalén empezó a acudir a la calle por donde llevaban a Jesús al Pretorio.

Quienes abarrotaban la calle contemplaban un hecho insólito: el que había entrado el domingo en Jerusalén aclamado por la multitud era llevado, con evidentes señales de malos tratos, atado por las manos y el cuello para ser juzgado, y todo apuntaba a su inminente condena.

Judas al ver lo que gritaba la gente y la dirección que llevaba la comitiva corrió hacia los que le habían pagado su traición. Es posible que Jesús ya no le viera, que ya no le volviera a ver jamás, porque cada uno tiene un momento en el que, ante la voz de Dios, ha de aclararse y decidir, pues no basta con posponer las decisiones de conversión y de entrega hacia un mañana que nunca llega. Jesús sabría cómo iban a tratar a Judas sus «confidentes benefactores» y cuál sería su final, y esto le dolería en extremo, pues Jesús seguía amando a Judas.





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


XI. Sí, soy rey


Poncio Pilato llevaba cuatro años como procurador romano en Judea. Roma era tolerante con las costumbres y la religión de los pueblos que dominaba. Mientras reconocieran la suprema autoridad del Emperador, se guardara el orden y se pagaran los impuestos, el Imperio era condescendiente y permitía que los pueblos mantuvieran sus costumbres.

Judea no era la región del imperio más deseable para ser procurador, pues el pueblo judío era extremadamente religioso, y a veces por el fanatismo religioso la autoridad imperial había tenido que intervenir duramente. Por eso estaba allí la Torre Antonia junto al Templo, para vigilar cualquier subversión. Ciertamente Pilato no tenía especial simpatía por ese pueblo.

Ya se escuchaba la algarabía a esas horas de la mañana desde los aposentos del procurador romano cuando le avisaron de que un gran gentío, con el Sanedrín a la cabeza, esperaba su comparecencia fuera del palacio. Según decían, no querían entrar en el lugar pues, al haber comenzado el día anterior la semana de fiesta de los panes ácimos no podían pisar en una casa donde hubiera pan fermentado si deseaban «comer la pascua» esa tarde. El procurador hubo de salir a recibirles.

Viendo preso a aquel hombre que habían puesto en primera fila, la pregunta era obvia: - ¿Qué acusación traéis contra este hombre? (Jn 28,29).

Era evidente que si el pleno de los principales estaba allí a esas horas para entregar a uno de los suyos debía de tratarse de algo muy grave. -Si éste no fuera malhechor, no te lo hubiéramos entregado.

Se habían dirigido a él pidiendo benevolencia, pero a la vez exigiendo. Por el modo cómo iba atado el reo era notorio que se trataba de alguien convicto y confeso, pero no descubría en él nada que delatara que fuera un facineroso o un malhechor vagabundo. No es que Pilato no fuera capaz de condenar al suplicio a uno o a varios judíos, lo que no estaba dispuesto era a condenar sin escuchar los cargos.

Por eso, como quien conoce el derecho procesal les respondió que, si deseaban condenarle sin previo proceso formal, acudieran a otro tribunal que tuviera esa costumbre, pero no al tribunal romano. Tal vez ellos, judíos creyentes y observantes de la Ley siguieran ese criterio, pero él, romano más o menos descreído, no actuaba así. Si en algo podía estar orgulloso cualquier ciudadano romano era de su Derecho. No, si no presentaban los cargos contra el reo, él no estaba dispuesto a ejecutar una pena capital acordada por ellos. Por eso les respondió displicente: - Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley. Ellos contestaron algo que ya conocía el juez romano: - No nos está permitido dar muerte a nadie.

Ambas partes sabían que Roma prohibía a los pueblos sometidos aplicar la pena capital, y era al gobernador romano a quien competía el «ius gladii», el poder de vida o muerte. Aunque no en todos los casos, pues si se trataba de blasfemia los judíos podían lapidar, como sucedió poco después con san Esteban. Por eso se cuidó mucho el Sanedrín de no declararle blasfemo, pues deseaban para el acusado la pena de los romanos, la cruz.

Era evidente por qué habían acudido a él: para que mandara crucificar a aquel hombre. Pero él no se consideraba obligado a firmar en blanco una sentencia de muerte. Como el procurador no cedía, ellos tuvieron que hacer lo que no deseaban: formular la acusación. Y allí delante del pretorio, Jesús escuchó los cargos que contra él exponían al juez. - Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar los tributos al César y diciendo que él es el Cristo Rey (Lc 23,2).

Ya se advertía que las dos primeras frases eran de relleno y que era la tercera por la que estaban allí, pues era ilógico que hubieran presentado a esas horas de la mañana a delatar a uno de los suyos por ser alborotador o estar en contra de Roma. Por esas razones tendrían que haber hecho comparecer a muchos otros judíos. Era la tercera cuestión, escondida en el paquete de acusaciones, la que parecía importarles en extremo. Cristo-Rey. Lógicamente se trataba de una acusación política y no religiosa, por eso acudían a él.

Es posible que Pilato tuviera alguna noticia sobre Jesús, pues era una persona famosa que había dado que hablar y había intervenido ostensiblemente alguna vez en el Templo. Quizá no supiera que Jesús no iba contra los romanos, pues había curado al siervo de un centurión, había sostenido la licitud de pagar el tributo al César y había rechazado a la gente cuando intentaron hacerle caudillo.

De lo que sí estaría informado era de que en los libros sagrados de Israel se hablaba de un libertador, un Mesías-rey descendiente del rey David que salvaría a su pueblo, y de que los judíos esperaban su cumplimiento por esas fechas. Y él, procurador romano, debía de velar por evitar cualquier insurrección contra la autoridad del César. Por eso él tenía que dilucidar esa tercera cuestión.

Como iba a ser imposible interrogar al acusado y conocer qué decía Él mismo en presencia de los acusadores y de la muchedumbre, Pilato entró en el Pretorio e hizo comparecer al reo ante él. Sin rodeos le preguntó: - ¿Eres tú el Rey de los judíos? Tú lo dices, contestó Jesús (Mt 27,11). Pero añadió una frase que advertía a Pilato si sabía de qué se reino se trataba y si tenía un criterio cierto sobre lo que iba a juzgar: - ¿Dices esto por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? (Jn 18,34).

Pilato se quedó desconcertado de la contra pregunta. Nunca un acusado le había respondido con tanto dominio de sí. Efectivamente el procurador tenía derecho a saber si Jesús era rey, tal como alegaban los judíos; por eso le contestaba. Pero deseaba aclararle que los judíos no le habían entregado por ser un rey de carácter político. Habiendo escuchado su predicación los príncipes de los sacerdotes habían concluido la relación entre el Mesías que afirmaba ser Jesús y la peculiar naturaleza del reino que proclamaba: se trataba del Reino de Dios, del Reino de los cielos, no de un reino temporal.

Pero a él, romano escéptico, no le iba a explicar si las profecías hebreas se cumplían en Él ni de los prodigios que había realizado que las certificaban. Simplemente le puntualizó si sabía de qué iba el asunto, «si sabía quién era la persona que tenía delante», si advertía la trascendencia de su pregunta y de lo que iba a escuchar en lo sucesivo de este rey.

El aplomo y la perspicacia del reo sorprendieron al juez. Pero le molestó que, de interrogador, pasara a ser interrogado, y con desdén replicó con otra pregunta: - ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los pontífices te han entregado a mí; ¿qué has hecho?

Pilato cambiaba de tema. Dejando de lado la cuestión sobre si era rey, pasaba a preguntar qué respondía a los cargos que traían contra él. El reo, por el contrario, continuó con la cuestión anterior. - Mi reino no es de este mundo, si de este mundo fuese mi reino, mis soldados lucharían para que yo no fuese entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí.

Jesús afirmaba que no era su gente la que le había entregado, sino otros. Y que si Él estaba allí era porque había consentido en ello. De no haberlo querido así, los suyos habrían peleado por Él y por su reino. Estas palabras tranquilizaron al procurador. Ni él ni el César Tiberio habían de temer de Jesús ni de su reino. Aunque no acababa de comprender por qué había dejado que le apresaran y estuvieran pidiendo su muerte habiendo podido evitarlo. A la vez, la seguridad y la majestad que irradiaba el acusado, aún estando maniatado, provocaba en Pilato admiración. Si el acusado estaba allí era porque así lo había deseado; algún motivo tendría, porque no parecía un loco. Sin embargo el reo no negaba que fuera rey, es más, lo reafirmaba. Consecuentemente, la acusación fundamental era cierta. - ¿Luego tú eres rey?

Las palabras que respondió Jesús le daban la clave para entender la naturaleza de su reino. Si quien miente es esclavo de la mentira, quien está en la verdad tiene señorío; y si testimoniar en favor de la verdad entraña una realeza, ésa era la realeza que vindicaba el reo. -Tu lo dices: yo soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz (Jn 18,37).

Jesús afirmaba que era un rey verdadero, no quimérico. Pero rey en el orden del espíritu, en aquello más íntimo de la persona: en el orden de los pensamientos, los afectos y los deseos. No explicitaba que es el modo de reinar cualquier persona que defienda la verdad, se halle encadenada o libre, es decir, el ámbito de la conciencia (y por tanto, el ámbito donde Dios reina), pero el romano lo podía entrever.

Lo que no podía entender era la suprema verdad del Hijo del hombre y su testimonio más importante: la del amor que Dios -Uno en Esencia y Trino en Personas- tiene a los hombres, y que para testificar esa verdad Jesús había sido enviado al mundo y había nacido.





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


XII. Mi reino


Ciertamente Jesús habló de un reino. Cómo hemos visto, los que le seguían entendieron más bien a medias su sentido. Realmente estaban desconcertados con Él, porque por un lado hablaba de cosas espirituales, y por otro de triunfar y de pertenecer a un reino, que sin duda necesitaría de ministros.

Para comprender de qué reino se trataba era necesario retrotraerse al inicio de su predicación. En aquel discurso de las Bienaventuranzas, en el que de alguna manera expuso su programa, ya se aportaban las claves para entenderlo; allí se contenía el sentido del reino que prometía: se trataba de un reino de paz, donde reinará la verdad, el amor, la justicia y, en definitiva, la felicidad.

Sin embargo a nadie se le escapa que estas palabras están en las bocas de todos los reyes humanos y en general de todos los líderes políticos. ¿En qué se distinguía su proyecto del de los demás? ¿Qué contenido profundo encerraban?

Su reino era en primer lugar el reino de la verdad, de los que aman la verdad, y en concreto la verdad del hombre. La paz y la justicia en el mundo serán consecuencia -además de la ayuda de la gracia- de entender correctamente lo que es la persona humana -de una correcta antropología, por tanto- y de que el hombre se comporte como debe según esa verdad -y eso es la moral-.

Jesús inició su predicación hablando de la felicidad, de aquello que toda persona desea. Y la felicidad, en el fondo, estriba en amar el bien verdadero y en ser amado. Pero ¿amar a quién?, ¿ser amado por quién? La persona humana tiene capacidades -la inteligencia y la voluntad- cuyo objeto de alguna manera es infinito. El hombre es limitado pero quien le ha creado ha puesto en él un deseo de felicidad completa. Por tanto, ¿qué «verdad» debe conocer y qué «bien» debe amar, para que ese deseo natural se colme, puesto que las verdades y los bienes limitados no le satisfacen?

La verdad más profunda de la persona humana es que tiene una relación con Dios. De ahí el primer mandamiento de la Ley de Moisés, y de ahí la primera Bienaventuranza: Bienaventurados los pobres de espíritu, aquellos que necesitan de Dios y lo ponen como coordenada principal de su existencia, porque de ellos es el reino de los Cielos (Mt 5,3).

La humildad, la capacidad de arrepentirse y necesitar del mensaje que venía a traer era la condición necesaria para entrar en este reino. Si Jesús se acercaba a los pobres no era tanto por el hecho de su lamentable situación sino porque tenían el alma más dispuesta que los ricos para escuchar el anuncio del reino; aunque esa disposición la pueden tener también los ricos (de hecho Jesús no hacía acepción de personas por los bienes que tuvieran). De igual modo, si se acercaba a los publicanos y pecadoras era para que se arrepintieran, porque no por el hecho de pecar precederían a los fariseos en el reino de los cielos.

Serán felices, por tanto, los que asienten su vida sobre esta verdad fundamental de poner a Dios como su mayor riqueza. Pero, además, tienen que:

- ser mansos, lo cual no significa ser débiles o resignados, sino enfrentarse a la vida con ese ánimo;

- llorar ante el mal, con la esperanza en el cielo;

- ser hambrientos y sedientos de justicia, es decir de santidad;

- ser limpios en cuanto a la castidad y a la rectitud de intención;

- dar la paz a su alrededor;

- si es preciso, padecer persecución por causa de ser buenos, justos y por decir la verdad;

- y la Ley que rige este Reino es la de la Caridad, para con Dios y para con los demás.

Jesús estableció todo un programa que chocaba con lo que «el mundo» -mejor dicho «lo mundano»- establecía y prometía para ser feliz aquí y ahora.

Pero la felicidad, la felicidad plena, no la prometía aquí en la tierra, sino que Jesús la remitía para cuando se llegue a la consumación de su reino, que es el Cielo. Efectivamente Jesús hablaba de triunfar, de recompensa, pero eso será después: El Padre que ve en lo oculto, te premiará (Mt 6,4), Tendrás un tesoro en los cielos (Mt 19,21).

¿Era fácil de entender este mensaje? Las palabras no dejaban lugar a dudas. Pero debido a la idea del Mesías que podría dar un premio ya aquí en la tierra, la mentalidad de aquellos hombres y mujeres -como a todo el mundo le hubiera sucedido- les impedía aceptar que ese mensaje implicara renuncia. Veían en Jesús a un hombre bueno, que hacía el bien a la gente y sus palabras eran bellas, pero la idea del martirio -de la Cruz- no entraba en sus cálculos.

Hasta después de la resurrección los discípulos no iban a entender en profundidad de qué se trataba: su Reino no llegaría a este mundo con espadas y argucias sino con la muerte de sí mismo, y ante todo con la muerte del Mesías. Entonces, sólo entonces, cuando el Espíritu Santo les abrió las inteligencias y cuando «vivieron» de esa manera nueva, que chocaba con «el reino de la mentira», fueron muy felices, aunque fueran martirizados.

Entonces «entendieron quién era Jesús», y de qué se trataba su reino: su doctrina no era sólo un conjunto de enseñanzas éticas ni su reino un grupo donde se viviría la justicia y la paz, sino el modo de vivir como Dios quiere, cumpliendo la voluntad del Padre.





Libro: ¿Quién es Jesús?
Jesús Martínez García
Ed. Palabra - Madrid, 2000


XIII. Yo para esto he nacido


Pilato había obtenido una revelación preciosísima sobre quién es Jesucristo: el que muestra la verdad. Esa afirmación complementaba a las anteriores hechas a Caifás y los sanedritas: Jesús era el Hijo de Dios, consubstancial al Padre, eterno como Él; que había venido a esta tierra para hablar de la verdad: sobre la verdad de Dios, la verdad del hombre y la verdad del mundo. Estas tres cuestiones fundamentales de las que se ocupan los filósofos ya están orientadas por Alguien que es la Verdad. Todo hombre de buena voluntad que busque la verdad -si de veras la busca- tendrá que ir a preguntar a quien vino de parte de Dios para mostrarla. La Filosofía siempre tendrá que acudir a la Teología como punto de referencia para no desorientarse.

Y otra cosa decían sus palabras: desde que Jesús había hablado como ningún otro hombre lo ha hecho y lo hará, no se le puede desoír. Cuantos amen la verdad objetiva e integral y se esfuercen en conformar sus mentes y sus vidas con ella, serán sus súbditos.

Pilato había formulado una pregunta y había obtenido la confesión del reo. Estaba admirado de su entereza y de sus palabras, sabía que Jesús era inocente y no mentía. Pero había entendido el razonamiento sobre la verdad y se percataba de que esa verdad le interpelaba a él: Si todo el que es de la verdad escucha mi voz, le había dicho Jesús, él tendría que estar dispuesto a escuchar la verdad, dispuesto a escucharle.

Por eso, -y para no acabar diciendo lo que el rey Agripa respondió a Pablo cuando le habló de la verdad de su vida: por poco me convences para que me haga cristiano (Hch 26,28)-, aparentando indiferencia y representando su papel, dijo como hablando al aire, mientras se daba la vuelta y se alejaba de Jesús: - ¿Qué es verdad?

No le dio a Jesús la oportunidad de responder. Es una lástima que fuera de ese tipo de personas que no quieren llegar hasta el final de los asuntos importantes de la vida, no fuera a ser que... Es imprevisible el derrotero que hubiera tenido la conversación y el desenlace del proceso de haber dirigido esa pregunta a Jesús.

¿Le habría revelado que la Verdad plena y Dios se identifican? ¿Le habría descubierto la gran verdad que Jesús vino a testimoniar al mundo, es decir el amor de Dios por los hombres? ¿Le hubiera revelado Jesús lo que había dicho a Tomás la tarde anterior, que Él no sólo era la Verdad, sino el Camino y la Vida? ¿Y que él -Pilato- podía pertenecer a ese reino?

El procurador fue muy afortunado al tener delante de sí la luz para entender la verdad, al menos la verdad sobre qué es el hombre, y qué hombre tenía a su lado. Pero para conocer la verdad no basta tenerla al alcance de los ojos, sino que hay que mirarla. Seguramente Pilato se percataba de que tenía allí a la persona que podía darle respuesta cumplida, pero no quiso oírla.

Porque una cosa era creer en dioses fingidos, y otra descender al orden de la verdad del Dios eterno y a las derivaciones dogmáticas, morales y cultuales del mundo de los hombres, creados por ese Dios. Una cosa era creer que existía un más allá que no afectaba a la propia existencia, y otra creer en un Dios Encarnado que testificaba contra la mentira, los vicios, las injusticias y falsas religiosidades que degradan a las personas y las sociedades. Admitir a ese Rey de la Verdad suponía ser radicalmente sincero consigo mismo: estar dispuesto a escuchar la verdad y a actuar en conformidad.

Para juzgar con justicia a ese Hombre que tenía delante, Pilato debería buscar de veras la verdad, con todas sus consecuencias. ¿Era mucho pedir a aquel hombre que no trascendía lo humano y no llegaba a lo divino? Tal vez. Pero no lo era pedirle que sentenciara según la verdad humana, según la justicia, conociendo todos los datos sobre aquél a quien estaba juzgando. No era pedirle demasiado que fuera sincero consigo mismo y fuera consecuente en sus decisiones con lo que creyera en conciencia. Y su conciencia le dictaba que Jesús era inocente.

* * *

Había pasado poco más de media hora desde que los judíos habían comparecido en el gran patio de armas de la fortaleza romana. Ya el sol iluminaba con su claridad el edificio de piedra y columnas del Pretorio, cuando apareció Pilato en ese lugar elevado y declaró ante los príncipes de los sacerdotes y la muchedumbre la inocencia del rey que le habían entregado. - Yo no encuentro en él ningún delito (Jn 18,38).

La mirada de los pontífices se dirigió con furia hacia aquél a quien habían colocado a cierta distancia del procurador, porque comprendían que el reo había convencido al romano. Arreciaron las acusaciones graves y calumniosas. El acusado las escuchaba sin abatimiento, mansamente y sin responder palabra.

Pilato miraba a Jesús y no salía de su asombro. El reo le había respondido a él sin temor, con serenidad y acierto, y ante las graves acusaciones de los otros oponía un respetuoso silencio. Admirado, le instó: - ¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan (Mc 15,4).

Para cualquier persona que hubiera seguido a Jesús en esos tres años y le hubiera visto actuar, habría sido un momento de perplejidad. El Maestro había dicho siempre la palabra acertada y profunda, ¿por qué no se defendía ahora?, ¿es que no sabía qué decir? Ciertamente que sí.

Más chocante aún resultaba ese hombre callado al haberle escuchado en otras ocasiones sus ¡ay de vosotros fariseos...!, o al haberle visto derribar las mesas de los cambistas y los asien